viernes, marzo 17, 2006

"Violencia..."

Si hay un tema que última y realmente trae de cabeza a los lingüistas, expertos y aficionados a la lengua castellana, ése es el de la mal llamada violencia de género. La Real Academia, integrada por gente que, generalmente, sabe mucho del tema, se ha hartado de publicar que, en español, el concepto al que se refiere esa mala y pervertida expresión, no se puede designar así.

Género, en español, jamás nombra y/o se refiere a personas. El género puede ser desde un tipo de mercancía a –materia de la confusión- una característica gramatical para designar la distinta condición de cosas o seres. Jamás ha de confundirse con el sexo humano. Un bumerán es de género masculino; un hombre, es de sexo masculino (y, sólo gramaticalmente, “de género masculino”). Un bumerán golpeando a un hombre es... una faena para el hombre. Es parecida la burrada de llamar “patas” a las piernas de un ser humano, con una diferencia: poéticamente, estilísticamente, si alguien es un poco asilvestrado, maleducado o garrulo, podemos tomarnos la licencia. En el caso del género-sexo, es una incorrección semántica de proporciones trascendentales.

Más allá de la justicia o injusticia de limitar toda la dimensión de un grave problema social sólo al paréntesis del despreciable machismo, no se puede llamar “violencia de género” a “algo” que se quiere definir como “agresiones basadas o referidas a/en la condición sexual de los intervinientes”. Según eso, son las palabras las que se maltratan entre ellas; es el mazo el que machaca a la flor; no Manuel a Lola.

Llamadlo “violencia de sexo”, que es la traducción al español de lo que intentáis utilizar; haced como en la mayor parte de Sudamérica, que dicen principalmente “violencia intrafamiliar”. Esa expresión, junto con otra de mis “alternativas favoritas”: “violencia doméstica”, no sólo dan una definición más lingüísticamente aceptable (y por lo tanto cultural, etimológica y lógicamente), sino que, además, extienden la descripción del problema social real a un ámbito más extenso y auténtico: el conjunto de la casa, en la que un miembro de la familia se cree con derecho de uso de la violencia física –por razones a explicar- sobre los otros.

Decimos “de género” por contaminación anglicista: en inglés, gender, ha venido a denominar el sexo de las personas (en este idioma sí). A pesar del origen latino e unívoco del vocablo (gender), varios expertos coinciden en que fue el comportamiento “purista” de ciertos sectores anglosajones los que convirtieron en tabú la palabra sex, sustituyéndola por su, en cierta rebuscada forma, equivalente gramatical. De ahí al cambio en el español actual… sólo un paso.

La errónea expresión ha saltado a la comidilla del foro público por -además de la actualidad informativa- la aprobación de un nuevo proyecto legislativo. ¿Y por qué el Gobierno del 14-M de 2004 mantiene la denominación de la ley, a pesar de la recomendación de la RAE de cambiarla por Ley integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo?. Para mi, la evidencia de una expresión muy radicada, bastante usada, por muy incorrecta e ilógica que sea, da la clave: el Gobierno, hoy actual, precisa de publicidad de su labor legislativa; necesita que su trabajo se conozca, y más en lo que se refiere a materias sociales o populares. Si la gente ya ha asociado la “violencia de género” a la tan en boga de defender “causa feminista”, se supone que la partida política está ganada. Grave error (de los votantes, no de los gobernantes que bien saben lo que hacen) el obviar a los niños y personas que quedan fuera de esa incorrecta e injustamente limitada definición del problema social real.

El género es sólo una categoría gramatical y si los gobernantes no lo dejan claro a su pueblo es porque prefieren unos votantes sin lenguaje; sin la perfección de un heredero del latín. La importancia que tiene en el pensamiento la perfección de un sistema lingüístico y la desidia en el uso y planes de estudio con evidentes y premeditadas carencias en el latín, nos darán la clave del éxito de determinadas políticas descerebradas del futuro.