viernes, febrero 02, 2007

Perdido en la traducción

El edificio Chrysler, en Nueva York, 405 Avenida Lexington y Calle 42
La primera vez que estuve en “la ciudad” fue en 1997. Nueva York se encontraba entre su importante estío y preparándose para su blanco invierno, cuando un españolito más entró a él, saliendo por las puertas del JFK. Allí, entre las muchas cosas que pueden llamar la atención a un joven europeo que visita su primera megalópolis, se encontraban unos rótulos en anuncios publicitarios, camiones, vallas y demás. Internet, en módem para la red telefónica básica a 56 baudios, ya era conocida en España, pero nuestras empresas no tenían dominios en ella y, por tanto, no los publicitaban. Hace nueve años, una modesta lavandería neoyorquina ya daba a conocer sus “tres uves dobles” en su camión, al igual que los mensajeros de UPS –omnipresentes en Manhattan- servían de anuncios móviles con sus vehículos. No era si no un adelanto de lo que vendría poco después a nuestro país.

Hoy hablamos de cultura y lengua latina e hispana, contrapuesta a la dominante en Occidente, la anglosajona. La película del año 2003, “Lost in translation”, de Sofía Coppola, hace referencia en su título a aquellos matices que perdemos, traduciendo, pasando de un idioma a otro. Siempre e irremediablemente se perderán las gracias hechas, en una película o un libro traducido, sobre un político americano desconocido aquí, aunque se cambien por el nombre de su aproximado equivalente español (práctica en doblaje que, personal y generalmente, aborrezco). Si dejamos el nombre original, como espectadores, podemos no coger la gracia y quedarnos como las vacas mirando al tren. Si se cambia una gracia sobre Jay Leno por la misma sobre Andreu Buenafuente, dentro de un argumento en ambiente americano, la chabacanería está conseguida. La otra posibilidad, en lingüística, directamente, aterra: cuando no existe palabra o expresión sin circunloquio en castellano para designar el original y lo maltraducimos (“maximizar” por “maximize” en informática) o, directamente, no lo traducimos.

Fue poco después de llegar a la capital del mundo cuando caí en la cuenta de que me había enamorado de ella. Calculado fríamente, tal aglomeración de gente, aparatos y… todo, debería dar muchos más problemas, debería estar mucho más sucia (de lo que está) y debería ser más fea y decadente de lo que es la Gran Manzana (aunque probablemente nunca lograría tener el firme de las carreteras en peor estado, eso es cierto). Pero no es oro todo lo que reluce (aunque sí reluce todo lo que es oro). Siempre mantendré que pocas maneras más efectivas y rápidas hay de conocer la cultura, costumbres y gustos de un país, que acercarse a uno de sus supermercados. En aquel establecimiento de Nueva York descubrí una sorprendente variedad de artículos que ya conocía, productos que no había aquí pero que ya han llegado, y género que aún hoy me pregunto lo que era. Lo que no sabía era lo bien que iba a llegar a conocer a una sociedad anglosajona al salir de allí.

Era un crío de unos tres años, el que, de pie junto a una estantería, intentaba alcanzar no recuerdo qué cosa, con evidente peligro para sí mismo. Fui hacia él y se lo impedí, haciéndole una carantoña. No fueron ni dos segundos lo que, mi mentor en aquellos lugares, mi querido Tomás, tardó en reconvenirme: la madre, por los alrededores, podría ponerse a chillar, diciendo que yo había pegado al niño. Las cámaras de seguridad me mostrarían yendo hacia el pequeño rápidamente y, quizá, si estuviese dándolas la espalda, yo mismo taparía la acción que la madre se encargaría de asegurar, llorando delante de un jurado, para sacar una buena tajada. Lo normal allí, por si acaso, es dejar que el niño coja lo que sea y se le caiga encima. Tratando de evitar aluviones de demandas judiciales en el país de las mismas, hace mucho que las empresas de limpieza comenzaron a colocar en los suelos de tránsito público mojados por ellos, pequeños carteles que se sostienen de pie, y levantan unos 70 centímetros del suelo, con la leyenda “wet floor” (“suelo mojado”), como este:
La idea es que si demandan a la empresa por resbalar y romperse el coxis, ésta puede alegar que lo advirtió suficiente y responsablemente mediante la señal. Como las direcciones de Internet en los anuncios de empresas, como aquellos raros artículos solo vistos antes en los supermercados americanos, como los personajes famosos “domésticos” de los Estados Unidos antes sólo conocidos allí… esas advertencias amarillas para evitar demandas han llegado a España. Conocedor de nuestra cultura, uno pensaría que la fuerza de intentar evitar las demandas se equipara con la preocupación por quien pasa por el suelo que la empresa está limpiando. Quien crea que el modo de pensar anglosajón se impone y que aquí sólo hay una cuestión práctica, y no moral, por intentar evitar demandas, que siga leyendo.

El otro día, al entrar en un hospital (de aquí, español), me encontré con una de esas advertencias en el suelo. El problema fue que pronto me di cuenta de que se trataba de una auténtica “pérdida en la traducción”… porque no había traducción. El cartel, en España, Europa, seguramente fabricado en Estados Unidos, rezaba: “wet floor”, sin mayor aclaración. No voy a negar que estuve tentado de hacerme el resbalado y demandar a la empresa por una pasta, alegando que no tengo ni pajolera idea del idioma inglés. Para la empresa de limpieza: no hay problema conmigo, lo aseguro, pero cuídense y no se preocupen, ¡hombre!, que no se pierde nada por traducir como “suelo mojado”… Meses después, un rayo de esperanza.

2 comentarios:

La navaja en el ojo dijo...

Qué interesante. Sobre el tema, visita también: http://traduccionydoblaje.blogspot.com/index.html

Fran J. Girao dijo...

Muchas gracias, amigo. En efecto el blog que recomiendas merece una visita...

Un saludo.