viernes, diciembre 15, 2006

Animaladas (+audio)

Vamos a intentar ahora algo distinto. Sea porque los críos están de vacaciones por las fechas, porque veo el tema curioso y poco tratado, o… por lo que sea, vamos a hablar, en forma de narración breve, de los distintos nombres que reciben las acciones de los sonidos de varios animales. ¿Se acuerdan del típico “el perro ladra, el gato maúlla…”? Esto será igual pero con verbos… algo más desconocidos. Además, lo completamos con su versión sonora para poder escuchar a los animales de la historia… ¿vamos a ello?

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Todo el grupo estaba alerta; la frondosidad del bosque dificultaba en mucho su labor pero nadie se daba por vencido. Era su trabajo y lo iban a acabar, bajo cualquier circunstancia. El problema no eran solo los árboles y su espesura, si no la enorme cantidad de pájaros que habitaban allí, que formaban parte de la colección del zoo y que, aunque estando en su sitio, no les dejaban oír en condiciones lo que les interesaba. De todas las especies escapadas sólo habían recuperado a tres, pero el sistema que seguían, gracias a Tobías, era infalible. Por mucho tiempo que les llevase, acabarían encontrando a todos los animales y devolviéndolos a sus jaulas. Salva, el encargado del equipo informático, recibía y localizaba las señales acústicas más lejanas y, de manera inalámbrica, se las transmitía a Tobías, amplificadas. Así, el grupo comandado por el experimentado Javier había capturado ya a las grullas –gracias a que las oyeron gruir-, a la perdiz –cuando captaron su cuchichiar primero, titear después para llamar a sus polluelos y ajear o serrar al fin cuando se vio acosada- y a la pareja de gamos –siguiéndoles por su roncar, pues oyeron al macho llamar a la hembra, y luego balar o gamitar-.

El zoo era la única colección animal urbana del mundo que tenía tal extensión de bosque en su interior, capricho de su fundador, que había hecho que llamasen al equipo de Javier tras la acción de los vándalos que permitieron a los pobres bichos escaparse la noche anterior. El experimentado aventurero contaba en su equipo con cinco personas más –aparte de los básicos Tobías y Salva- que se encargaban de la neutralización de los animales (bien con dardos, a la fuerza, redes, trampas y demás artilugios, diseñados todos para infligir el mínimo daño a las especies, bien con Tor, el listísimo pastor alemán). No hizo falta ninguna tecnología, ni ningún sistema de captura complicado cuando escucharon, a menos de cien metros, lo que Tobías identificó, tras su amplificación, como el roznido del asno, o lo que en Galicia, León y Zamora llaman también ornear. Poco después, gracias a los aparatos y la pericia de Salva, pudieron dar con el cuervo, siguiendo su grajear, crascitar, croajar o urajear.

Era cerca del mediodía y el grupo paró junto al lago para descansar cinco minutos. La disciplina era férrea y todos la seguían a rajatabla. Se diría que, desmontando mochilas y posando herramientas no hicieron ni un solo ruido. En el silencio del bosque, roto solo por el ruido del agua, Tor empezó a latir. Detectó un sonido que Salva pudo amplificar para Tobías. Era la cigüeña, crotorando con su pico. En siete minutos fue localizada, neutralizada y enviada al centro receptor provisional. Javier, haciendo gala de su fama de serio y firme, ganada a pulso, presionó con un par de charlas personales a sus hombres –una de ellas con Salva, al que le pidió “el 110%”-. Pero el equipo, por orgullo y lealtad con Javier, sólo pudo capturar cuatro especies más antes del anochecer. Al pato lo siguieron por su parpar, a los loros por su garrir y a los tres pavos cuando uno de ellos titó, llamando a los otros dos. La vaca y el ternero fueron fáciles, Salva los detectó a tres kilómetros de su posición, ambos remudiaban constantemente para encontrarse, entre árboles, completamente fuera de su hábitat natural. Y así, sin descanso en su labor… llegó la noche.

Si no fuese porque sólo quedaban tres animales y porque estaban absolutamente metidos y comprometidos en su trabajo, a ninguno de los ocho hombres les hubiese extrañado el siguiente sonido. Y no les hubiese extrañado porque acaso pareciera sacado de la mente de cualquier escritor o novelista amigo de tópicos e imágenes comunes: a pesar de la luna llena, a lo lejos, encima de una pequeña colina, quizá su figura no se distinguía bien a simple vista, pero antes de que los sistemas de amplificación de imagen del equipo entrasen en juego, Tobías emitía el juicio:

-En efecto, dos de los machos de la manada de lobos, otilando.

Lo que era lo mismo que “aullando” o guarreando (verbo que se puede usar también para el gruñido del jabalí o el grito de cualquier otro animal, según dijo, en menos palabras, Tobías). Los datos eran claros, la manada la componían siete lobos. Era una de las presas más difíciles y aunque solo hacía un día que no comían –que supieran- y no eran del todo salvajes –todos salvo dos habían nacido en cautividad-, con los lobos uno nunca ha de fiarse. Quizá por eso Javier asignó a aquella colina, en previsión también de lo que faltaba por capturar, tres hombres. Los cinco restantes irían en dirección contraria, por donde Salva acababa de informar que le había parecido captar algo.

Diez minutos más tarde, el animal que tenían todos en mente en el grupo principal, el que Salva había declarado, con el apoyo de Tobías, haber escuchado, les hacía abrir los ojos, si cabe, el doble. Sólo faltaba resolver su asunto con los lobos, una pareja sobre la que ya creían estar y otro bicho más… ¿se podrían ir a la cama esa misma noche?. Javier, preocupado por sus hombres, iba a iniciar una silenciosa comunicación por texto con el subgrupo de los lobos, para preguntarles por su evolución cuando, elevando la cabeza que había bajado para rebuscar en el bolsillo delantero su intercomunicador, fue a dar con los ojos, abiertos como platos, mezcla de ilusión y temor, de Salva. Vio como éste, eléctricamente, apretaba el botón que le transmitía el sonido a Tobías, quien, sin poder remediarlo, gritó:

-¡La pareja de elefantes! Es el barrito de uno, sin duda. ¡Creo que está asustado…!
-¡A tres kilómetros y medio, y avanza rápidamente en dirección contraria a nosotros! -completó Salva
-¡Está huyendo, tras él! –gritó Javier
-¡Espera! –cortó Salva- Detecto otra forma en nuestras inmediaciones, posición sureste a un kilometro… movimiento… contrario al del primero… ¿qué hacemos?
-¡Eduardo, John, sois los más ligeros, tras el primero!¡Salva, apóyalos en el rastreo!¡Nosotros, Tobías, con Tor, a por la pareja!¡Vamos! –ordenó enérgicamente Javier.

Tres de los hombres salieron rápidamente en la dirección detectada. En ese preciso instante Javier recibió una relajante comunicación del subgrupo de los lobos:

“Todos los otilantes animalitos durmiendo y empaquetados para el centro, sin bajas ni heridos, hombres o bichos”.

La respuesta ordenó dejar a los lobos en el lugar previsto y volver cuanto antes a apoyar al recién creado subgrupo de Javier y Tobías que, según les decía, perseguían a uno de los elefantes.

Ahora les faltaba Salva, pero según él, el elefante al que perseguían estaba más cerca. Tor era más útil en la pelea que en el rastreo, aún así olisqueaba todo junto a lo que pasaban. Quince minutos después la selva había vuelto a quedarse en su particular silencio nocturno –que no es sino el sonido de la jungla de noche-. El subgrupo de los lobos, según el mapa digital de Javier, estaba ya a unos tres minutos de camino. Uno de ellos tenía una herramienta similar a la de Salva, de menor potencia, con la que podrían buscar al elefante que les burlaba. Fue entonces cuando Javier volvió a recibir otro mensaje de texto, siguiendo su protocolo, esta vez, de Salva:

“Según avanzamos hacia nuestro elefante descubrimos por el norte otra forma. Era su pareja. No huía de nosotros, iba a encontrase con ella. Ambos están a buen recaudo, hemos pedido transporte. No hay bajas ni lesiones, ni bichos ni hombres”.

Pero, entonces ¿qué había en sus inmediaciones?, el animal que Tobías y él estaban buscando a solas ¿no sería… el último, no sería… la pantera?. Javier y Tobías levantaron a la vez la cabeza del intercomunicador, tras leer el mensaje, mientras, sin quererlo, escucharon el sonido. Tobías confirmó:

-Quieto… Sí, es ella, la hemos escuchado himplar. Javier… ¿sabes que está detrás de nosotros, verdad?

El subgrupo de los lobos apretó la marcha, habían escuchado gritos y peticiones de paso ligero de su jefe. Cuando llegaron la sorpresa fue mayúscula. A la vista de Tobías, Javier, Tor, la pantera y lo que allí había sucedido, dos cayeron al suelo y el tercero gritó. Todo había acabado. Por fin podrían descansar. La pantera había saltado a por ellos. Tor, Javier y Tobías habían reaccionado de manera rápida e instintiva: el primero mordió y tiró de una de las patas traseras, impidiendo crucialmente el ataque del felino; Javier no llegó a evitar a Tor un zarpazo de la pantera (que, si bien no le hizo soltar a su presa, si que le hizo gañir, al pobre perro) pero sí, tras eso, a inmovilizar la cabeza del felino con sus brazos, mientras Tobías le había hincado un dardo sedante manual en la tripa, todo de manera simultánea.

Ninguna baja. Ningún herido. Bicho o humano.