viernes, julio 21, 2006

Homonimia en d (o "La homonimia agrícola")

Desde que iniciamos la serie dedicada a la homonimia en el diccionario (con aquella visión general, que describía también la polisemia) en cada artículo nos ha pasado lo mismo: en las tres recopilaciones hasta la fecha –para la b, la c y esta de la d, que se pueden consultar en el índice- siempre parecía que no íbamos a encontrar el nexo común que nos gusta introducir en los escritos de nuestras homonimias. Imagínese: nos plantamos ante diccionarios y manuales observando primero las homonimias existentes alfabéticamente para, a la vez, tratar de vislumbrar qué pueden tener en común un número importante de ellas. Siempre parece labor imposible: son palabras distintas, no tienen nada que ver… hasta que la luz se hace. En este caso, el de la d, no hay ninguna duda sobre que el prefijo des- ha tenido mucho que ver. La variedad y cantidad de las labores del campo –agrícolas- y el significado contrario, “desmontador” que el prefijo les otorga a muchas de ellas nos dan la clave. La homonimia en d es, para nosotros, la “homonimia agrícola”. Y después de este somero “cómo se hizo”… al campo.

Quiero contar la historia de mi amigo Manuel. Manuel es un joven mejicano que recibió en herencia un gran terreno en Extremadura, que decidió alquilar, permitiendo a su arrendatario explotar el dominio, con la condición de cuidarlo.

Desarrendar puede ser tanto quitar las riendas al caballo (arrendar, ponérselas), como dejar de usar para aprovechamiento propio, mediante precio, una finca, así como dejar de cederla. Y es que el caso de “desarrendar” es curioso en el diccionario, pues es posible usarlo tanto para el que tomó lo alquilado como para el que lo cedió (“desarrendé aquella finca” lo pueden decir cualquier de las dos partes). Además el DRAE recoge la posibilidad de usar “desarrendar” relacionado sólo con fincas, no así con “arrendar” (que puede usarse con cualquier cosa que se pueda alquilar). Con todo, gracias al DRAE podemos “arrendar un coche”, pero no “desarrendarlo” (¡que no vea yo a nadie haciéndolo!) y tanto casero como inquilino de una finca en el campo pueden dejar su relación la mar de orgullosos, pues ambos pueden contar que fueron ellos los que “desarrendaron”…

Quizá aquel malentendido entre Manuel y su arrendatario llegase por una confusión en los términos del arrendamiento. Ésta pudo llevar a pensar al agricultor que alquiló la finca que podía descepar las plantas de allí. Al dueño pudo molestarlo, pero mientras se quitasen de raíz aquellos vegetales con cepa y no los cepos a las anclas de un barco –el otro significado del verbo- ni tan mal (aunque, pensándolo bien, en el terreno del barco de Chanquete se podían hacer las dos cosas). Manuel se molestó también cuando el usufructuario descordó uno de los toros de la heredad. “Descordar” es, obviamente, “quitar las cuerdas”, bien sea de un instrumento musical (también “desencordar”) o de un toro, sus tendones –bonita metáfora-, “hiriendo al toro sin matarlo, pero causándole parálisis que lo deja inútil para la lidia”. Faltaba más. Se acabó la relación. Desde entonces Manuel se encargaría de la finca y sus recursos.

Fue entonces, tras tomada la decisión, cuando a nuestro pobre terrateniente le fastidiaron también, cuando le obligaron a descotar parte de su terreno, levantando el coto, la prohibición de uso o paso de parte de su finca. Y eso que también significó que le “cortaron o cercenaron” algo de su propiedad -¿quizá para hacer una carretera?- y, también, que sustrajeron agua del río que por allí pasa. Además, como mejicano, le dijeron que se había deslavado una parte de su terreno, y el pobre estaba de los nervios, ya que entendió –así se dice en México- que se había desmoronado la tierra de un cerro de sus dominios a causa de la lluvia (sólo faltaba que, al arreglarlo, se lo deslavasen, es decir que se lo limpiaran muy por encima y mal).

Afortunadamente nuestro desdichado propietario lo sabe desliar todo. Dice que sí con la cabeza, que apuesta a que sí… Eso quiere decir que sabe “desfacer entuertos”, aclarar y resolver las cosas, pero también separar las lías (deshechos) del fondo de la vasija formadas durante la fermentación del mosto… así que ¡a demostrarlo!. Mientras nuestro triste exarrendador/propietario/paciente deslía la vasija del mosto, recordamos que antes ha habido que desmajolar las viñas, esto es, arrancar o descepar sus majuelos, al igual que, para un zapato, es aflojar las majuelas con las que está ajustado.

Cuando varios empleados (acordémonos de que nuestro amigo desarrendó el terreno y ahora lo explota él) le llegaron a caballo, bajaron y le dijeron “ya hemos desmontado”, él respondió inocente: “¡Claro, ya lo he visto!”. A ellos no les quedó más remedio que enseñarle la orden administrativa que exhortaba, de inmediato, a desmontar uno de los cerros de su dominio, o sea, cortar los árboles en él contenidos. Nuestro amigo quedó desmontado. Tras unos segundos de pausa se despepitó contra ellos, y no es que quitase las pepitas a algún fruto –que podía ser-, sino que “gritó con vehemencia y enojo, sin consideración, descomedidamente”. “Ya llegaría la hora de despicarse”, pensó. Y en efecto, para despicarse (desahogarse, satisfacerse) mandó a sus empleados a la desagradable tarea de despicar las gallinas (“quitar a las gallinas la extremidad del pico para evitar que hieran a las demás”). Lástima que uno de los empleados fuese colombiano, pues en Argentina, Colombia, Uruguay y Venezuela, “despicar” es también “hacer perder al gallo de pelea la parte más aguda del pico”; así, cuando les mandó a “despicar a las aves”, se quedó sin su mejor gallo de apuestas.

Hay muchas más cosas que podía haber hecho y que le podían haber pasado a Manuel; de nuevo nos dejamos homonimias, esta vez en d, como dado, daga, dato, debutante, decantar, decorar, delfín, deliberar, dementar, dental, deposición, derrota, desafectado, desalar, desbravar, desgargolar, deslatar, desmán, despecho, destreza, dicha, dieta, diluir, disecar, distinto, dita o dístico.

El pobre Manuel entendió que no le podría ganar jamás la partida a la homonimia sin una pequeña base y el favor de los hados, y mientras se asea, observa las duchas (“caminos que va abriendo cada segador hasta el fin de la heredad”) desde el ventano del baño y piensa en conectarse a Internet para leer la nueva entrega de las homonimias de “El castellano actual”.