No me gusta hablar de dinero. Es considerado vulgar y no me extraña. “-¿Cuánto te ha costado? -Palabras, dinero y hablar con el tendero”. Desde hace siglos los refranes han sido la expresión concisa más descriptiva de la sabiduría popular, del pueblo, del vulgo… vulgar ¿y si somos, por una vez, en este pequeño rincón del castellano, vulgares, pero vulgares, vulgares? Si poco hay más vulgar que hablar del dinero o los refranes ¡vaya una de refranes sobre dinero!
“A la hija mala, dineros y casalla”
Y es que ya se sabe que, aunque cueste, más vale reunir pronto la dote y perderla de vista, si es tan mala…
“De enero a enero, el dinero es para el banquero”
Muestra de la clásica practicidad y el gusto por el realismo español.
“De invierno a invierno, el dinero es “pa” el Gobierno”
Versión política (igual o más cierta) de la anterior
“El dinero bien huele, salga de donde saliere”
Refrán castellano con solera, entronca con nuestra raíz clásica y con la anécdota del emperador Vespasiano y su hijo, Tito. Se contaba que Vespasiano estaba tan agobiado construyendo el Coliseo (que no vería concluido) que impuso tasas hasta por el uso de las letrinas públicas. Al parecer, Tito le recriminó, preguntándole si le parecía bien obtener dineros gravando tan vergonzosos y privados actos. Al instante, Vespasiano acercó un puñado de monedas a la nariz de su insolente hijo, preguntándole si le olían mal. Tras la negativa de Tito, Vespasiano zanjó la cuestión con un irónico “¡Claro! El dinero no huele”…
“Dinero de suegro, dinero de pleito”
…O “no mezcles familia con negocios”…
“El dinero es como los ratones, que en oyendo ruido, se esconde”
Ya se sabe que las coyunturas económicas, como los negocios, son miedosos y ante el mínimo atisbo de fragilidad, huyen
“Dinero ninguno y mucha fachada: total, nada”
Algo que se dice muy estilado por el Norte, “aparentar”
“Dinero y mujer en la vejez son menester”
¿Quién puede negarse a los cuidados y mimos de una amorosa compañera?¿La cartera?¡Claro! y la parienta
“Mi dinero mudo, ¿quién me lo hizo bocudo?”
Expresión que puede usarse cuando alguien es timado o cuando pierde una suma tras haberse pavoneado de tenerla. “¿Por qué tuve que abrir la boca?”
“Salud, dineros y luenga vida, y el paraíso a la partida”
Aplicable a quien lo quiere todo. Buena salud, dinerito y vida larga para disfrutarla y, tras ella, tener ganado el paraíso.
“Si te dan dinero, tómalo al punto; si te lo piden, cambia de asunto”
¿Necesita aclaración? ¡Adiós!
Lo usamos cuando describimos la actitud de personas de edad avanzada en actividades consideradas poco propias de sus años que, por tales, pueden, a veces, resultar peligrosas o perjudiciales. Al parecer, en los siglos XV y XVI se denominaba “viruelas” a todas las afecciones de la piel (a la viruela también, claro). Entre ellas se incluía el clásico acné juvenil, propio de las edades mozas, de ahí que “a la vejez viruelas” relacione la edad avanzada con un mal de adolescencia. La obra de Manuel de Bretón y Herreros, precisamente llamada “A la vejez viruelas”, escrita en 1817 y donde dos ancianos se enamoraban, reforzó literariamente la extensión y significado del modismo. Ya Leandro Fernández de Moratín en su “El viejo y la niña” (1794) había puesto en boca del personaje de Muñoz:
“A mí, plin”
Doscientos y pico años más tarde el político liberal y escritor granadino Francisco Martínez de la Rosa dejó, en su “Amor de padre”, el otro uso del modismo plasmado; decía el personaje del capitán de la citada obra, en la escena V del acto III:
Los necesitamos. Los necesitamos para asombrarnos, enfadarnos y preguntar. Para romper la linealidad objetiva y llana del discurso, los necesitamos. Son los signos de interrogación y exclamación. Los de cierre (“?” y “!”) están en uso y gozan (a pesar de los llamados emoticonos o “smileys” de Internet) de buena salud. No podemos decir lo mismo de los de apertura. Por influencia principalmente del inglés, están en desuso, en retirada. Puede haber quien, leyendo esto, lo considere lógico, que crea que hablamos de símbolos arcaicos que ya carecen de sentido. Vamos a intentar demostrar que, quien así piensa, se equivoca.
¿De verdad cree los símbolos de apertura un estorbo para la inmediatez de la vida moderna y su informatización? Si el inglés no los necesita ¿por qué así el español? Para empezar, el inglés, como muchos otros idiomas, en la mayoría de los casos, tiene una forma inequívoca de marcar el inicio de las preguntas gramaticalmente, sin signos ortográficos. Bien sea gracias a auxiliares, anticipación de la situación de los verbos, partículas interrogativas a principio de frase, etcétera, no precisa del símbolo de apertura para marcar al hablante que lo que empieza es una pregunta. Sin trampas, sin adelantarse, lea en voz alta la siguiente frase:
¡Claro, no iba a llorar de las orejas! La teoría académica también dice que “lentas horas” o “largos minutos” son expresiones redundantes o, cuando menos, incorrectas, pues horas y minutos no son rápidos o cortos… son, sin más, pero que se pueden usar pues sabemos del distinto carácter del tiempo dependiendo de nuestro estado de ánimo, lo que estemos haciendo, etcétera. Física, lengua y poesía se dan la mano aquí; el experto en física, no el de lengua, es el que sabe que el tiempo es relativo, que es una magnitud muy deficientemente medida por el Hombre con relojes y cronómetros. Así las cosas, lejos del invento humano que pretende uniformizar segundos, minutos y horas ¡claro que los minutos son lentos –y mucho- mientras llega ella y las horas se convierten en segundos cuando ella está ya conmigo!