viernes, septiembre 15, 2006

Alatriste, Contreras y Ortega (…y el análisis)

(Viene de aquí)

Don José Ortega y GassetY seguimos hablando de letras españolas –que no de lengua pura y dura esta vez, por mucha o toda relación que tengan-. Antes de seguir, hemos de dar las debidas gracias a quien nos sugirió tocar este tema con este sesgo: de nuevo, don Antonio Elegido, gracias; está realizada la donación prometida de la edición de la autobiografía de Contreras manejada para la concreción de este artículo: el libro descansa ya en su biblioteca. Rápidos nos apetece escribir tras la inspiración de don José Ortega y Gasset y su comentario a la autobiografía del capitán don Alonso de Contreras. El lector sensible podrá reír y llorar con estas líneas a su antojo; así lo deseo. Quiero introducir pronto una cita a don José, que debería convertirse en proverbial, en cuanto a sus comentarios sobre Contreras toca:

“Al leer las memorias de Contreras, lo primero con que tropezamos es con su inverosimilitud. No conviene resbalar sobre esta impresión porque es esencial. Se trata, precisamente, de una narración sobremanera inverosímil, a la cual acontece la gracia de ser la pura verdad”.

Otra más. Descriptivamente, cierro el detalle del natural paralelismo Diego Alatriste-Alonso Contreras con otra cita de don José, que aplico, lógica y justamente ahora a Pérez-Reverte:

“Desde entonces –y esto es lo que conviene subrayar- constituyen [las memorias de Contreras] el documento clásico donde absorben su información cuantos quieren describir el tipo de soldado que abrumó la vida de Europa durante la primera mitad del siglo XVII”.

Todo lo dicho en adelante y atrás sobre Contreras, aplíquese con generosidad sobre el gran personaje nacido en 1996 de la mente del académico don Arturo. Alonso, de baja cuna, llega a caballero del Hábito de San Juan, soldado de mérito, temido en ultramar y respetado en casa… ¿o acaso este era Diego?. En aquella España en la que las clases bajas comían croquetas de pollo que tenían más harina que ave, sus estadistas comprenden la necesidad, según nos revela Ortega, de tener un ejército que gane realmente batallas: de un ejército profesional. Fernando el Católico, sin saberlo, en el XV aprovecha la juventud del Estado en el mundo para empezar a construir grandes ejércitos con individualidades; pagadas, sí, pero ansiosos de gloria y convencidos de la justicia de su campaña: ése es el germen del tercio castellano. En una época en la que el Estado, por joven e inexperto, se dedica a “redondear”, a proyectar y dirigir, la aventura es dejada a las personas (al contrario que ahora, donde la guerra, la acción y la campaña es patrimonio de las naciones). Ahí se gesta el personaje de Alatriste y la persona de Contreras, siglo y medio, dos siglos antes de su existencia, cuando, según algunos historiadores –como Geoffrey Parker- España se medía en igualdad e incluso en inferioridad con Francia e Inglaterra en la capacidad de movilización de tropas. Para 1550, según Parker, triplicaba ya el potencial francés gracias en parte, como decimos, a Fernando.

Contreras es amigo personal de Lope de Vega, como Alatriste lo es de Quevedo. Ambos escritores fueron lo que alguna película anglosajona nos ha intentado vender de Shakespeare: de líos de sábanas y espadas, de maridos despechados y aventuras de madrugada, de versos y vinos, chanzas y sables. Por eso se llevan tan bien Lope y Alonso, Francisco y Diego. El perfil de aventurero que existió como español en el XVII, según disecciona Ortega, no reflexiona, es feliz con lo que viene porque, por no planificar, no se hace jamás una imagen de su futuro. Gente así se encuentra la aventura allá donde va: ¿que una leve parada en el pueblo de Hornacho (por Badajoz) se convierte en una excursión a una gruta donde hay unos féretros repletos de armas?, ¿protagonista?, ¡Contreras, claro!. ¿Que se nos retira a acabar sus días de ermitaño y que, al poco, tiene su chamizo rodeado por la mitad de los efectivos del ejército de la zona exigiéndole la “rendición” por un oscuro asunto? ¡Tiene que ser Contreras!.

Hay una diferencia genial entre aquellos hombres y nosotros: entre aquellos españoles y nosotros. En varios pasajes de la autobiografía se menciona al temido “Guatarral”, por las tierras de Indias, al que don Alonso hace huir en alguna ocasión con el rabo entre las piernas. Ese Guatarral no es sino la corrupción fonética de Walter Raleigh (al que se le suele anteponer el sir, pues se conoce que la Corona británica se acostumbró a ennoblecer a piratas que le servían contra España, en aquella época). Antes importaba tres narices cómo dijese ese fulano que se llamaba… “¿a mí a qué me suena? ¿a Guatarral?, pues así lo llamo. No nos van a enseñar a hablar, ¡encima!”. Ahora cuidamos más el idioma de los antiguos bárbaros que ellos mismos. Y estamos prestos a corregir a alguien que pronuncie mal un mal vocablo inglés. Este hecho aislado no sería en sí mayor problema, si no fuese porque es síntoma o ingrediente –que ni alcanzo a saberlo, y me apena averiguarlo- de decadencia y estúpido complejo de inferioridad. Antes eso no existía.

Dice Ortega: “Se podrían extraer de estas memorias varias películas magníficas en tecnicolor” (1943). “Varias”, ¡pues claro!. Eso y sólo eso se merecía el capitán Alatriste: una película bien hecha, “magnífica”. Nada de excentricidades estilo Blanca Portillo como Fray Emilio Bocanegra; nada de “barcos” que cantan a la legua que son escenarios; nada de grandilocuentes, artificiales y visibles despedidas de personajes y actores –Quevedo/Echanove -; nada de obviar ignorante y atrevidamente las características de un corral de comedias del siglo XVII, instituciones fundamentales del pueblo de la época; nada de escenas descoyuntadas con elipsis groseras a más no poder; nada de escenarios urbanos recargados con demasiados extras como para hacerlos reales; nada de chabacanos insertos de un ciervo en escenas de caza. Y justo cuando uno se pregunta cuánto más se contendrá el director en hacer que Anaya enseñe las tetas en una película española… ¡zaca! ahí están sin justificación y acompañadas de publicidad atea, impropia, falsa, inexistente en la época. El final puede decir algo. El orgullo y la acción: eso es Alatriste/Contreras. Desconozco si ha sido la vanidad legítima por la historia patria lo que ha motivado las horas dedicadas a la película por parte de, sobre todo, su director; estaría bien que así fuese, pero a otra cosa, mariposa. Veinte años de funcionariado con sueldo seguro es mucho peso para hacer ahora arte con gloriosa base. Desde luego, una generación como la que describe Ortega en el prólogo a las aventuras de Contreras se merece una historia mucho mejor contada. Conociendo a los “cineastas” españoles, casi es de agradecerles el que no hayan censurado la palabra “España” de la “película”.

Continúa don José en sus extraordinarias notas:

“De quinientos en quinientos años el Asia adelanta una pinza formidable sobre Europa con ánimo de estrangularla. Un brazo de la pinza entra por los Urales y se dirige al Danubio. El otro se corre por el norte de África y llega hasta el Mogreb”.

La lucha hacia 1600 estaba con el Imperio turco. Aquello pasó. Los quinientos años que vaticina Ortega se cumplirán dentro de un siglo, más o menos. Es de prever que para entonces, la “bomba” económica china haya explotado y sostenga ese brazo norte de la pinza. La amenaza del islamismo fundamentalista, en guerra actual con Occidente, puede ser el otro. Pero… ¿y si la conquista del Imperio chino fuese en realidad tan económica y falta de violencia como se puede prever?¿y si la pinza volviese a estar enteramente suscrita por elementos musulmanes?. El brazo sur podría ser el empuje del Magreb –que hoy vivimos en forma de inmigración ilegal masiva e insostenible, “colonización” cultural…- y la norte la existente en Europa, hoy en día… con los europeos. Germen de incontables desgracias del futuro, la falta de orgullo y aprecio por el pasado occidental hacen cada vez más difíciles los sostenimientos de los pilares básicos de nuestra sociedad, como la democracia. ¡Incluso se llega a ver con tintes “románticos” la desigualdad hombre-mujer en el mundo árabe!. Es éste un rincón de la lengua castellana. Por la lengua, invariable e ineludiblemente, la cultura hispano-latina, y es mi obligación advertir del riesgo que ambas corren.

La autobiografía de Contreras, escrita en tres etapas, concluye en el relato de cómo demuestra ante el Marqués de Santa Cruz –miembro del Consejo de Estado-, con hartos papeles, la falsedad y aun ruindad de la acusación contra su persona de ser “capitán de tramoya”.

“Ahora vea Vuesa Excelencia esta patente, licencia y reformación con que echará de ver que lo que he contado es verdad, y que fui capitán de corazas siete meses y tres días.
Mandóme…”


Y como concluye don Fernando Raigosa en sus acertadas (aunque escuetas) notas a la autobiografía del sobresaliente capitán, “Aquí finaliza la parte conservada del documento. El resto se ha perdido”.