Podemos calificar a esta antigua expresión española como un viejo modismo. Según el diccionario de la RAE, "modismo" es aquella "expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche". Pues vale. Desde luego la formación de la expresión -o el modismo- "a tontas y a locas", no varía. Por supuesto es exclusiva de nuestra lengua y, si bien en el caso de otros modismos -no de este- podemos encontrar equivalentes en otros idiomas, el gracioso doble sentido que descubriremos de "a tontas y a locas", lo hace realmente único, "privativo" del castellano. Podemos encontrar más dudas a la hora de saber si realmente su significado no se deduce de sus palabras integrantes. A ello.
Hacer algo "a tontas y a locas" supone, según el DRAE, hacerlo "desbaratadamente, sin orden ni concierto". El diccionario también nos indica que, gramaticalmente, la citada es una locución adverbial, es decir, una expresión que hace las veces de adverbio en la oración, en este caso, de modo... "-¿cómo? -A tontas y a locas...". No es difícil colegir con esos datos que el modismo debe ser una resulta de obviar algún sustantivo en la oración... como "maneras". "A maneras tontas y locas" debió ser, más o menos, el original (aunque no pasase de la mente del autor primigenio).
El problema viene (o vino, ya desde el siglo XVII, que sepamos) cuando esos adjetivos "huérfanos" de nombre al que acompañar, se convierten ellos mismos en sustantivo y objetos indirectos de la expresión: don Néstor Luján recoge en su Cuento de cuentos, importante tributo, según deduzco, a Quevedo, cómo en el siglo XVII Juan de Robles en El culto sevillano, habla del angustioso compromiso del fraile Juan Farfán:
Convidáronle ciertas monjas para predicarles un sermón grave, dándole poco lugar de estudiar. Subióse al púlpito y escusóse de ello y remató la escusa diciendo: "Pero, al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos".
Eso parece desmontar, según Luján, la opinión que defendía para Jacinto Benavente (1866-1954) la autoría de la anécdota. Es más, Cervantes usa las mismas palabras, de manera adverbial y literal (cuando insulta así a las doncellas que se entretenían en "vanas locuras"), en dos partes del Quijote. No terminemos este breve artículo sin citar -vía el recomendabilísimo Cuento de cuentos de Néstor Luján, ed. Folio en mi edición- las palabras de Cosme, en el Entremés del soldado, de Luis Quiñones de Benavente:
De aquestas palabras pocas
no os agraviéis, damas, no;
que ya se sabe que yo
lo digo a tontas y a locas.
(Espero que no en exceso se note que el artículo presente ha sido, casual y excepcionalmente, un tanto a tontas y a locas escrito, dado el tiempo que para él he tenido y mi compromiso semanal con los lectores. A tontas y a locas, lo juro, independientemente de quién lo lea).
Aquí recogeremos de manera amena pero rigurosa, anécdotas y opiniones, hechos y cosas relacionadas con la actualidad del mundo del español y el castellano en el mundo. Si hay una pequeña base de interés por parte del lector cada semana, el resto... lo pongo yo...
viernes, junio 02, 2006
viernes, mayo 26, 2006
¡Santiago y cierra, España!
Es mucha la oscuridad que existe hoy en día en torno al significado de este grito, esta arenga militar medieval española. La mayoría, para criticarlo, se quedan con lo que supondría su pronunciación sin la coma tras “cierra”: mención al santo y “a cerrar España para que no entre nadie, y menos los moros…”. Si cerramos antes de que salgan mal vamos a echarlos, pero bueno, el caso es que no van por ahí los tiros.
La mención y la encomienda a Santiago -y su advocación Santiago Matamoros- en las batallas del medievo español de la Reconquista era habitual. Las leyendas de un Santiago infundiendo ánimos, incluso guerreando contra el invasor musulmán, eran corrientes. “Dar un Santiago” era el equivalente de gritar el inicio de la acometida, usualmente con esa misma voz, la del nombre del santo. Del original hebreo יַעֲקֹב (Ya'akov), el nombre del apóstol que se cree que llegó a España pasó a estos lugares como Jacob. Tras la canonización, en latín fue conocido como Sanctus Iacobus y luego Sant Iago en castellano antiguo. ¿Para qué escribirlo separado si puede ir junto?, se debió pensar. Nombres españoles de aquí derivados son Jaime y Diego también.
Año 1212. 16 de Julio. Navas de Tolosa, actual provincia de Jaén. Los ejércitos castellano, navarro, aragonés y portugués, reforzados con dotaciones de caballeros templarios, hospitalarios, de las órdenes de Calatrava y Santiago, se enfrentan a las huestes musulmanas. Las tropas almohades superan ampliamente a las dotaciones cristianas. Comienza “la Batalla”, como sería llamada durante años después en las crónicas de los vencedores. Los musulmanes simulan una retirada inicial para, acto seguido, emprender un cruento y salvaje contraataque. Esto atemoriza a los cristianos, que huyen en importante número, impotentes ante la carga árabe. Alfonso VIII, rey de Castilla observa la escena, decidido. Va a hacer algo a lo que rápidamente se sumarán sus caballeros con sus soldados y Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón con los suyos: arremeter, cargar, lanzarse a por los moros, equilibrando la balanza y permitiendo a las huestes cristianas luchar con mayor igualdad.
No imagino a Alfonso VIII pensando en política en esos momentos. Por ello, hemos de tomar la voz “cierra, España”, que muy probablemente pronunció (y quizá varias veces a lo largo del día en las distintas cargas), no como una declaración de endurecimiento de fronteras y aranceles, sino como un mandato militar. Según la trigésimo segunda acepción del DRAE del verbo “cerrar”, éste puede significar “trabar batalla, embestir, acometer”. No nos cabe ninguna duda de que en épocas pasadas, más revueltas y bélicas que las nuestras, la acepción hubiese subido puestos en la clasificación de las más usadas. Así pues, la expresión equivale a mención al santo y “¡a machacarlos!”. Quizá los partícipes de la mojigatería actual de Occidente, que defiende a ultranza lo ajeno a costa de atacar a muerte lo propio, no se queden tranquilos con la aclaración.
Como fin, he de decir que, según lo que hemos dicho, la correcta formulación de la arenga sería:
“¡Santiago y cierra, España!”
Hemos de poner coma tras “cierra” y ante “España” pues, según lo que hemos explicado, se sigue que esta última es un vocativo. El rey o caballero ordena, pide, exhorta a España que cierre, que embista, que ataque. El quitar la coma supone utilizar el significado viciado y falso que muchos creen que hace de España objeto directo de la oración, cerrándola… ¡no, hombre, no!. Es curioso comprobar como el Diccionario de uso del español de María Moliner no solo recoge la expresión sin coma, sino que erradica de la definición de “cerrar” el sentido original que tenía en la arenga tratada. Al menos es coherente.
La vida moderna es dura. Pero a algunos les afecta más que a otros. Insisto en que la explicación del origen y significado real de esta expresión puede no haber dejado tranquilos a los amigos de toooooodas las “civilizaciones” –respeten o no los derechos humanos-. Para estos, un ataque –físico entonces, verbal, por ejemplo, ahora- a alguien distinto a ellos –respete o no los derechos humanos- supone delito mortal. No era mi intención inquietar a nadie, si es que lo he hecho. Al fin y al cabo, esto es sólo un pequeño espacio dedicado a la lengua. Lo siento. Por cierto, en las Navas de Tolosa, finalmente, no sin esfuerzo y por tanto gloria, vencieron los buenos… con perdón.
La mención y la encomienda a Santiago -y su advocación Santiago Matamoros- en las batallas del medievo español de la Reconquista era habitual. Las leyendas de un Santiago infundiendo ánimos, incluso guerreando contra el invasor musulmán, eran corrientes. “Dar un Santiago” era el equivalente de gritar el inicio de la acometida, usualmente con esa misma voz, la del nombre del santo. Del original hebreo יַעֲקֹב (Ya'akov), el nombre del apóstol que se cree que llegó a España pasó a estos lugares como Jacob. Tras la canonización, en latín fue conocido como Sanctus Iacobus y luego Sant Iago en castellano antiguo. ¿Para qué escribirlo separado si puede ir junto?, se debió pensar. Nombres españoles de aquí derivados son Jaime y Diego también.
Año 1212. 16 de Julio. Navas de Tolosa, actual provincia de Jaén. Los ejércitos castellano, navarro, aragonés y portugués, reforzados con dotaciones de caballeros templarios, hospitalarios, de las órdenes de Calatrava y Santiago, se enfrentan a las huestes musulmanas. Las tropas almohades superan ampliamente a las dotaciones cristianas. Comienza “la Batalla”, como sería llamada durante años después en las crónicas de los vencedores. Los musulmanes simulan una retirada inicial para, acto seguido, emprender un cruento y salvaje contraataque. Esto atemoriza a los cristianos, que huyen en importante número, impotentes ante la carga árabe. Alfonso VIII, rey de Castilla observa la escena, decidido. Va a hacer algo a lo que rápidamente se sumarán sus caballeros con sus soldados y Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón con los suyos: arremeter, cargar, lanzarse a por los moros, equilibrando la balanza y permitiendo a las huestes cristianas luchar con mayor igualdad.No imagino a Alfonso VIII pensando en política en esos momentos. Por ello, hemos de tomar la voz “cierra, España”, que muy probablemente pronunció (y quizá varias veces a lo largo del día en las distintas cargas), no como una declaración de endurecimiento de fronteras y aranceles, sino como un mandato militar. Según la trigésimo segunda acepción del DRAE del verbo “cerrar”, éste puede significar “trabar batalla, embestir, acometer”. No nos cabe ninguna duda de que en épocas pasadas, más revueltas y bélicas que las nuestras, la acepción hubiese subido puestos en la clasificación de las más usadas. Así pues, la expresión equivale a mención al santo y “¡a machacarlos!”. Quizá los partícipes de la mojigatería actual de Occidente, que defiende a ultranza lo ajeno a costa de atacar a muerte lo propio, no se queden tranquilos con la aclaración.
Como fin, he de decir que, según lo que hemos dicho, la correcta formulación de la arenga sería:
“¡Santiago y cierra, España!”
Hemos de poner coma tras “cierra” y ante “España” pues, según lo que hemos explicado, se sigue que esta última es un vocativo. El rey o caballero ordena, pide, exhorta a España que cierre, que embista, que ataque. El quitar la coma supone utilizar el significado viciado y falso que muchos creen que hace de España objeto directo de la oración, cerrándola… ¡no, hombre, no!. Es curioso comprobar como el Diccionario de uso del español de María Moliner no solo recoge la expresión sin coma, sino que erradica de la definición de “cerrar” el sentido original que tenía en la arenga tratada. Al menos es coherente.
La vida moderna es dura. Pero a algunos les afecta más que a otros. Insisto en que la explicación del origen y significado real de esta expresión puede no haber dejado tranquilos a los amigos de toooooodas las “civilizaciones” –respeten o no los derechos humanos-. Para estos, un ataque –físico entonces, verbal, por ejemplo, ahora- a alguien distinto a ellos –respete o no los derechos humanos- supone delito mortal. No era mi intención inquietar a nadie, si es que lo he hecho. Al fin y al cabo, esto es sólo un pequeño espacio dedicado a la lengua. Lo siento. Por cierto, en las Navas de Tolosa, finalmente, no sin esfuerzo y por tanto gloria, vencieron los buenos… con perdón.
viernes, mayo 19, 2006
Homonimia en c (o "La homonimia cochina")
Seguimos nuestro caprichoso repaso a las homonimias del diccionario. La homonimia, como el fenómeno que reúne a dos palabras distintas que se escriben igual, se nos reveló como de interés para el internauta en el artículo en la que la tratamos, a ella y a la polisemia, de manera general la primera vez. Entonces, construimos el índice alfabético de homonimias que clasifica los artículos de cada letra del alfabeto que decidimos tratar.
Decimos de nuestro repaso que es “caprichoso”, porque lo hacemos cuando queremos, porque sólo seleccionamos las homonimias que nos da la gana y porque las propias de cada letra se rebelan con identidad propia, muy marcada, en nuestra ligera revisión homofónica y homográfica. Las homonimias de la letra c son… un poco cochinas.
Como nos adentraremos en terrenos escatológicos y eróticos (en el mejor de los casos) de los que nuestros lectores no acostumbran en estas páginas, seguiremos una graduación en forma de parrilla televisiva. A las seis de la tarde los niños deberían poder ver la tele (actualmente no): ahí incluiremos las “homonimias en c” que, de nuestra selección, están relacionadas con el mundo de lo escatológico, tan cercano, en su acepción para el desecho orgánico, al elevado discurso diario de los críos… Cuando den las nueve nos introduciremos en la labor divulgativa: los documentales para todos con el toque “instintivo” que hemos anunciado para las homonimias de hoy. A las doce llegará el turno de los adultos… que son peores que los niños: sexualidad en abierto, con vocablos de lo más curioso. Y están a punto de dar las seis…
El cuesco es una voz conocida y usada coloquialmente. Un vocablo de inequívoco origen onomatopéyico como éste no podía andar mucho sin caer en un significado con algo que ver con la chanza vulgar. Un hueso de fruta y la piedra de un molino, se supone que por el ruido que meten todos, dejaron paso al “pedo ruidoso”… ¿y qué culpa tiene de eso la palmera que vive y crece en Colombia y Venezuela? ¿y su fruto? ¿y el aceite que se saca de él?, porque todos son “cuescos”. Si yo fuese árbol, no sé, preferiría un nombre fuerte, imponente, como “roble” o “haya”; pero existir siendo árbol y encima ser de la variedad de los cuescos…pfffffff… ¡uy, perdón!. Es cuita ésta que da que pensar… porque, además, “cuita” –de cuitar-, como preocupación, ansia (directamente relacionado con “cuidado” y “cuidar”) es también el estiércol de las aves, en América Central… ¡qué crueles son algunas homonimias, para con sus homónimas!.
Pensando sobre esto nos dan las nueve. Documental sobre el Serengueti; dos rinocerontes comienzan el rito de la cópula… Directamente del latín, las palabras de la familia siempre tendrán que ver con el unir, el juntar elementos. Así, las “conjunciones copulativas” unen elementos de una oración; y el rinoceronte creyó que ya era hora de juntar su sustantivo con el de la rinoceronta. Pero hete aquí que, incrédula ante la escena, una “cúpula” de una construcción cercana asiste a la misma: “¿y a mi se me puede llamar como lo que hacen ahora rinoceronte y señora –supongo-?”. Y es que el sistema involuntario y popular de creación de las homonimias es así de injusto: dos palabras se parecen y una pierde, desaparece para la gente… A una “cúpula” se la puede denominar “cópula”, también. No obstante, a la “cópula” arquitéctónica le queda un consuelo: la gente aún la conoce más por su nombre original del italiano (y éste del diminutivo del latín cupa –“cuba”, por la comparación de formas entre el recipiente y la cima del edificio-).
¿Los niños en la cama?. Las doce. Algo chichi es algo “fácil”, en América Central. Pero resulta que también es, vulgarmente, perfecto para designar a la “vulva” femenina, en una atenuación de la voz original “chocho” –que forma su propia homonimia entre, vulgarmente, el aparato sexual femenino y un “anciano ido” o alguien “demasiado enamorado” o “lelo de cariño”-. En este caso el “chichi-fácil” americano no tiene que sentirse especialmente herido de compartir nombre con vocablo poco elevado, pues él mismo viene del nahua chiche, “mama”, “teta”…
Un cipote no deja de ser una “porra” o un “mojón de piedra”, aunque vulgarmente se le haya asociado al miembro viril. Todo ello es la misma palabra… pero imaginémonos a ese pobre “niño” de El Salvador, Honduras o Nicaragua que de repente descubre que comparte palabra con el… “pene”… afortunadamente está en la cama, y “ojos que no leen…”.
El caso de la concha es sangrante. Gracias a la globalización y los emigrantes argentinos –sobre todo-, chilenos, peruanos y uruguayos, cada vez más gente tiene claro que, en esos países, no se puede llamar a nuestra hermana Concepción a gritos por la calle, pues, mal que nos pese, sería el equivalente de chillar, aquí, algo así como “¡coño, coooooñoooo…!¿quieres venir, coño, de una vez?”… no dudamos de que no quedaríamos bien. La identificación, una vez más de la “vulva” con, esta vez, una concha marina viene por la semejanza en la forma, bien cóncava, bien convexa –que cada cual elija- de ambas. Se forma así una polisemia. Pero es que otra palabra que se escribe igual, y que no tiene nada que ver en origen con ella, es lo “concho” o “concha”, “del color de las heces de la cerveza”, porque viene, precisamente, del quechua qonchu, heces.
Cuca es una palabra, no solo con solera entre los significados reinados por los bajos instintos, sino, además, con antepasados y parientes en América de la misma ralea. Pero se nos acaba la emisión –por espacio-. Dejamos en el tintero digital, de nuevo, palabras homónimas con explicación, al menos, curiosa, como cabrahigar, cabreo, cabrero, cacao, cachada, cajeta, cala, calabozo, calandria, caleño, calidad, callada, cama, can, cana, cancán, canica, caparra, capón, caramba, cardenal, carpa, casar, cata, cateto, catón, cava, cetrero, checo, chuleta, cigala, clon, cochero, colonia, coronel, corte o culote.
Lo que antes era carta de ajuste, ahora es “teletienda”. A dormir.
Decimos de nuestro repaso que es “caprichoso”, porque lo hacemos cuando queremos, porque sólo seleccionamos las homonimias que nos da la gana y porque las propias de cada letra se rebelan con identidad propia, muy marcada, en nuestra ligera revisión homofónica y homográfica. Las homonimias de la letra c son… un poco cochinas.
Como nos adentraremos en terrenos escatológicos y eróticos (en el mejor de los casos) de los que nuestros lectores no acostumbran en estas páginas, seguiremos una graduación en forma de parrilla televisiva. A las seis de la tarde los niños deberían poder ver la tele (actualmente no): ahí incluiremos las “homonimias en c” que, de nuestra selección, están relacionadas con el mundo de lo escatológico, tan cercano, en su acepción para el desecho orgánico, al elevado discurso diario de los críos… Cuando den las nueve nos introduciremos en la labor divulgativa: los documentales para todos con el toque “instintivo” que hemos anunciado para las homonimias de hoy. A las doce llegará el turno de los adultos… que son peores que los niños: sexualidad en abierto, con vocablos de lo más curioso. Y están a punto de dar las seis…
El cuesco es una voz conocida y usada coloquialmente. Un vocablo de inequívoco origen onomatopéyico como éste no podía andar mucho sin caer en un significado con algo que ver con la chanza vulgar. Un hueso de fruta y la piedra de un molino, se supone que por el ruido que meten todos, dejaron paso al “pedo ruidoso”… ¿y qué culpa tiene de eso la palmera que vive y crece en Colombia y Venezuela? ¿y su fruto? ¿y el aceite que se saca de él?, porque todos son “cuescos”. Si yo fuese árbol, no sé, preferiría un nombre fuerte, imponente, como “roble” o “haya”; pero existir siendo árbol y encima ser de la variedad de los cuescos…pfffffff… ¡uy, perdón!. Es cuita ésta que da que pensar… porque, además, “cuita” –de cuitar-, como preocupación, ansia (directamente relacionado con “cuidado” y “cuidar”) es también el estiércol de las aves, en América Central… ¡qué crueles son algunas homonimias, para con sus homónimas!.
Pensando sobre esto nos dan las nueve. Documental sobre el Serengueti; dos rinocerontes comienzan el rito de la cópula… Directamente del latín, las palabras de la familia siempre tendrán que ver con el unir, el juntar elementos. Así, las “conjunciones copulativas” unen elementos de una oración; y el rinoceronte creyó que ya era hora de juntar su sustantivo con el de la rinoceronta. Pero hete aquí que, incrédula ante la escena, una “cúpula” de una construcción cercana asiste a la misma: “¿y a mi se me puede llamar como lo que hacen ahora rinoceronte y señora –supongo-?”. Y es que el sistema involuntario y popular de creación de las homonimias es así de injusto: dos palabras se parecen y una pierde, desaparece para la gente… A una “cúpula” se la puede denominar “cópula”, también. No obstante, a la “cópula” arquitéctónica le queda un consuelo: la gente aún la conoce más por su nombre original del italiano (y éste del diminutivo del latín cupa –“cuba”, por la comparación de formas entre el recipiente y la cima del edificio-).
¿Los niños en la cama?. Las doce. Algo chichi es algo “fácil”, en América Central. Pero resulta que también es, vulgarmente, perfecto para designar a la “vulva” femenina, en una atenuación de la voz original “chocho” –que forma su propia homonimia entre, vulgarmente, el aparato sexual femenino y un “anciano ido” o alguien “demasiado enamorado” o “lelo de cariño”-. En este caso el “chichi-fácil” americano no tiene que sentirse especialmente herido de compartir nombre con vocablo poco elevado, pues él mismo viene del nahua chiche, “mama”, “teta”…
Un cipote no deja de ser una “porra” o un “mojón de piedra”, aunque vulgarmente se le haya asociado al miembro viril. Todo ello es la misma palabra… pero imaginémonos a ese pobre “niño” de El Salvador, Honduras o Nicaragua que de repente descubre que comparte palabra con el… “pene”… afortunadamente está en la cama, y “ojos que no leen…”.
El caso de la concha es sangrante. Gracias a la globalización y los emigrantes argentinos –sobre todo-, chilenos, peruanos y uruguayos, cada vez más gente tiene claro que, en esos países, no se puede llamar a nuestra hermana Concepción a gritos por la calle, pues, mal que nos pese, sería el equivalente de chillar, aquí, algo así como “¡coño, coooooñoooo…!¿quieres venir, coño, de una vez?”… no dudamos de que no quedaríamos bien. La identificación, una vez más de la “vulva” con, esta vez, una concha marina viene por la semejanza en la forma, bien cóncava, bien convexa –que cada cual elija- de ambas. Se forma así una polisemia. Pero es que otra palabra que se escribe igual, y que no tiene nada que ver en origen con ella, es lo “concho” o “concha”, “del color de las heces de la cerveza”, porque viene, precisamente, del quechua qonchu, heces.
Cuca es una palabra, no solo con solera entre los significados reinados por los bajos instintos, sino, además, con antepasados y parientes en América de la misma ralea. Pero se nos acaba la emisión –por espacio-. Dejamos en el tintero digital, de nuevo, palabras homónimas con explicación, al menos, curiosa, como cabrahigar, cabreo, cabrero, cacao, cachada, cajeta, cala, calabozo, calandria, caleño, calidad, callada, cama, can, cana, cancán, canica, caparra, capón, caramba, cardenal, carpa, casar, cata, cateto, catón, cava, cetrero, checo, chuleta, cigala, clon, cochero, colonia, coronel, corte o culote.
Lo que antes era carta de ajuste, ahora es “teletienda”. A dormir.
viernes, mayo 12, 2006
Lo que queremos expresar
Es un hecho. Lo que queremos expresar, en muchísimas ocasiones, dista mucho de lo que decimos realmente. “Muchas gracias, bonita”, “me pongo a ello ahora, jefe”, o “¡hay que ver lo que ha cambiado el tiempo!” son más que eufemísticos rodeos para “muy bien, hija repelente de la guarra de la vecina”, “ya lo haré cuando pueda, negrero” o “¡Dios, mío! Otra vez en el ascensor con el vecino del quinto y su mal olor…”.
No conviene que nos hagamos falsos escudos y excusas para nosotros mismos. Insultar por dentro al estúpido del funcionario de turno no es un eufemismo y en este contexto tampoco es un tabú su perfecto calificativo (“inútil”). El eufemismo es un ligero rodeo “ideológico” a lo que queremos decir, conscientes de que lo que rodeamos es, en cierto grado, incorrecto, grosero o incómodo, es decir, una palabra-tabú. Pero dentro de un contexto en el que nos planteamos calificar tan justa -y fuertemente- a alguien, para el caso, da igual decir “usted no es muy listo, ¿verdad?”, que susurrar “usted es tonto, amigo”. A esas alturas no hay tabú ni eufemismo ni nada…
Negando lo contrario de lo que queremos defender, según el DRAE, más que un eufemismo, utilizamos una atenuación –casi sinónimos-, como en “no me parece que su hijo esté muy bien educado, no…”, por “¿por qué no se van usted y su hijo a molestar a su mujer y madre?”. Podemos completar la terna de tímidas figuras: como acabamos de traducir la calificación del maleducado hijo podría ser considerado como un circunloquio. La traducción real literal sería la de “su hijo está muy mal educado”. Con el circunloquio damos de nuevo un rodeo, evitando de cierta forma la confrontación directa, pero con un requisito: de manera especialmente larga –y para ser justos, no tiene porqué ser utilizado específicamente para evitar una palabra o expresión tabú-.
Por si alguien se lo preguntaba, la parte crítica de este artículo comienza ahora: vamos a hacer una doble exaltación del mérito y demérito del eufemismo (con su hermana la atenuación y su primo el circunloquio que, como hemos dicho, de vez en cuando se deja caer también sobre los tabús, para taparlos). Su uso se denigra, básicamente, cuando se utiliza en las formas que explicábamos en el artículo que dedicamos a las expresiones “políticamente correctas” (“de color” por “negro” o “persona bajita” por “enano”). Son usos como el de llamar “invidente” a un “ciego” o “cuerpo” a un “cadáver”; todos están originados por vicios y complejos sociales, de los que el lenguaje y, por él, las generaciones venideras no tienen ninguna culpa y no tendrían por qué pagar.
Por otro lado –de hecho, “el otro lado”- ¿cuántas peleas, riñas, batallas y guerras habrá evitado un buen eufemismo a tiempo?. Si yo le digo a Antoñita “¡anda! qué granito te ha salido en la nariz”, en lugar de “¡qué pedazo de garbanzo melonero tienes en la napia”, puede que Francisquito no se lleve la somanta de bofetadas y una buena bronca.
Claro que no hay que pasarse evitando broncas, milongas y guerras. Molestar está mal cuando la otra parte no nos ha hecho nada y conciliar genial… cuando se puede. Inglaterra, es sabido, resistió de Alemania movimientos y amenazas, informes de inteligencia y desfiles militares, hasta anexiones de territorios, antes de llamar a sir Winston para actuar. En estos días de charla atenuada con asesinos que “nos dan treguas”, conversaciones plagadas de eufemismos con indígenas rancio-comunistas “presidentes” que pretenden llevar a la quiebra a empresas españolas, sus trabajadores bolivianos y a su país –más, si cabe-, conviene recordar las palabras de Churchill, justito antes de la Segunda Guerra Mundial.
Por evitar la guerra habéis perdido el honor; ahora tendréis deshonor y guerra.
No conviene que nos hagamos falsos escudos y excusas para nosotros mismos. Insultar por dentro al estúpido del funcionario de turno no es un eufemismo y en este contexto tampoco es un tabú su perfecto calificativo (“inútil”). El eufemismo es un ligero rodeo “ideológico” a lo que queremos decir, conscientes de que lo que rodeamos es, en cierto grado, incorrecto, grosero o incómodo, es decir, una palabra-tabú. Pero dentro de un contexto en el que nos planteamos calificar tan justa -y fuertemente- a alguien, para el caso, da igual decir “usted no es muy listo, ¿verdad?”, que susurrar “usted es tonto, amigo”. A esas alturas no hay tabú ni eufemismo ni nada…
Negando lo contrario de lo que queremos defender, según el DRAE, más que un eufemismo, utilizamos una atenuación –casi sinónimos-, como en “no me parece que su hijo esté muy bien educado, no…”, por “¿por qué no se van usted y su hijo a molestar a su mujer y madre?”. Podemos completar la terna de tímidas figuras: como acabamos de traducir la calificación del maleducado hijo podría ser considerado como un circunloquio. La traducción real literal sería la de “su hijo está muy mal educado”. Con el circunloquio damos de nuevo un rodeo, evitando de cierta forma la confrontación directa, pero con un requisito: de manera especialmente larga –y para ser justos, no tiene porqué ser utilizado específicamente para evitar una palabra o expresión tabú-.
Por si alguien se lo preguntaba, la parte crítica de este artículo comienza ahora: vamos a hacer una doble exaltación del mérito y demérito del eufemismo (con su hermana la atenuación y su primo el circunloquio que, como hemos dicho, de vez en cuando se deja caer también sobre los tabús, para taparlos). Su uso se denigra, básicamente, cuando se utiliza en las formas que explicábamos en el artículo que dedicamos a las expresiones “políticamente correctas” (“de color” por “negro” o “persona bajita” por “enano”). Son usos como el de llamar “invidente” a un “ciego” o “cuerpo” a un “cadáver”; todos están originados por vicios y complejos sociales, de los que el lenguaje y, por él, las generaciones venideras no tienen ninguna culpa y no tendrían por qué pagar.
Por otro lado –de hecho, “el otro lado”- ¿cuántas peleas, riñas, batallas y guerras habrá evitado un buen eufemismo a tiempo?. Si yo le digo a Antoñita “¡anda! qué granito te ha salido en la nariz”, en lugar de “¡qué pedazo de garbanzo melonero tienes en la napia”, puede que Francisquito no se lleve la somanta de bofetadas y una buena bronca.
Claro que no hay que pasarse evitando broncas, milongas y guerras. Molestar está mal cuando la otra parte no nos ha hecho nada y conciliar genial… cuando se puede. Inglaterra, es sabido, resistió de Alemania movimientos y amenazas, informes de inteligencia y desfiles militares, hasta anexiones de territorios, antes de llamar a sir Winston para actuar. En estos días de charla atenuada con asesinos que “nos dan treguas”, conversaciones plagadas de eufemismos con indígenas rancio-comunistas “presidentes” que pretenden llevar a la quiebra a empresas españolas, sus trabajadores bolivianos y a su país –más, si cabe-, conviene recordar las palabras de Churchill, justito antes de la Segunda Guerra Mundial.
Por evitar la guerra habéis perdido el honor; ahora tendréis deshonor y guerra.
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