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lunes, agosto 25, 2008

Cómo hacer que el castellano nazca en territorio cántabro

Publicado en el diario El Mundo Hoy en Cantabria el 24 de agosto de 2008. Accesible también desde el blog Fran Girao en El Mundo.
El Gobierno se lanza a la promoción internacional del proyecto Comillas «apuntándose» a la tesis de que el español surgió en el valle de Valderredible
La leyenda de San Millán le incluyó, al igual que a Santiago, en varias batallas de la Reconquista
«Conoajutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore, equal dueno tienet ela mandatjone cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos sieculos delosieculos...». Puede que usted no reconozca lo precedente como castellano. Lo que es seguro es que no es latín y que los expertos de todo el mundo las tienen como las famosas glosas emilianenses, los primeros balbuceos del español. La polémica reabierta por el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, volviendo a poner encima de la mesa lo que para él, según declaró, eran las tesis recién descubiertas del profesor asistente Gregory Kaplan, va más allá de dónde se encuentran las primeras pruebas escritas. El americano dice creer que fue en Valderredible donde primero se habló uno de los tres idiomas universales.

Siglo VI después de Cristo. Bárbara, una mujer con parálisis parcial, es llevada hasta el refugio del anacoreta Millán (Aemilianus, por aquel entonces). El fervor, la comunicación con Dios y la oración del anciano curan a Bárbara, que quedará agradecida de por vida al Creador y al veterano asceta. La clave donde Kaplan introduce los dedos es en la situación de tal (y otros) milagro del que sería considerado santo, más tarde.

Gregory B. KaplanKaplan dice alejarse de la que supone una de las fuentes a la hora de cercar y limitar la vida del longevo (llegó a vivir, según se cuenta, 100 años) ermitaño: Gonzalo de Berceo (1197-1264) ya que, el que para el resto del mundo es el primer poeta en castellano cuyo nombre conocemos, para Kaplan es un mentiroso falsificador.

El americano se remonta al primer relato conocido y conservado de la vida y milagros de San Millán. Titulado sencilla y precisamente así (Liber de vita et mirabilibus Sancti Emilíani), fue escrito hacia el año 640 por San Braulio (590-651), obispo de Zaragoza, menos de 100 años después de la muerte del santo. Kaplan dice encontrar ahí indicios (y son sólo eso) de que el oratorio al que se retiró San Millán los últimos 30 años de su vida (en el que realizó, según Braulio, el milagro de curar a Bárbara) estaba en Valderredible y no en La Rioja, en el actual complejo-cenobio de los monasterios de Yuso y Suso.

Lo más arriesgado
Con todo y a pesar de la serie de datos inferidos de los nimios detalles que Braulio da, puede que lo más arriesgado sea que Kaplan quiere localizar en espacio y tiempo el nacimiento del castellano, ligándolo al culto que se desarrolló en torno al santo en su retiro (sucediese, donde sucediese, para Kaplan en Cantabria). Recientemente, de hecho, la catedrática y directora de los archivos epigráficos de la Universidad Complutense de Madrid y del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Isabel Velázquez, ha afirmado que «no tiene mucho sentido» pretender ubicar en un lugar concreto y en una época determinada el nacimiento del castellano. Velázquez ha opinado que el castellano comenzó a hablarse de manera coetánea en muchos lugares y el que se encuentren documentos con inscripciones en romance o castellano no supone que el lugar del hallazgo pueda configurarse como el centro del nacimiento de esa lengua.

Puede que ahí radique el quid de la cuestión, ya que, aunque se demostrase que San Millán oró y murió en Valderredible en lugar de en La Rioja, enlazar un simple culto con el nacimiento de un idioma es, cuando menos, atrevido. De hecho, San Millán de la Cogolla es considerada la cuna del castellano no por haber albergado a la comunidad que surgió en torno al santo varón, sino porque fue entre sus fondos en los que se encontraron las afamadas glosas emilianenses.

Jugando al juego de Kaplan, esto es, atendiendo a Braulio –lo que aislado, no tiene nada de malo– y no a Gonzalo de Berceo, sabemos que Bárbara era de Amaya. La capital de lo que, tras la conquista visigoda (en el 574) sería el Ducado de Cantabria está –en la actual provincia de Burgos– a tan sólo 20 kilómetros de Valderredible y, en cambio, a más de 100 de San Millán. Esa es una de las pruebas de cargo de Kaplan: al estar Amaya más cerca de Valderredible, es más probable que el punto donde trasladaron a Bárbara para que viese a San Millán fuese actual territorio cántabro y no riojano.

San Braulio de ZaragozaBraulio detalla la vida y mudanzas de Millán a lo largo de su larga historia. De pastor de ovejas pasa a entrar bajo la protección del monje San Felices, que vive en Bilibio, cerca de lo que hoy es Haro. De ahí, tras ganar fama y atraer peregrinos a Berceo, según Braulio, Millán se retira a nada menos que 40 años de meditación y vida austera y ascética en el monte Distercio, en las inmediaciones del actual complejo monacal de la Cogolla.

Tras tamaño retiro, el obispo de Tarazona, Dídimo, le encargó la parroquia de Berceo, donde sería acusado por varios clérigos de «malgastar» bienes eclesiales, donándolos a los pobres. Es aquí donde Kaplan trata de ver la conexión cántabra. Braulio dice: «quitándole entonces el cargo que antes tenía, pasó inocente el resto de su vida en el sitio que ahora se llama su oratorio».

El retiro
El profesor asistente americano mantiene que, puestos a alejarse de la comunidad religiosa que le había expulsado, tiene más sentido alejarse realmente (hasta Valderredible) que los dos kilómetros que separan Berceo de las cuevas de la Cogolla. Kaplan no observa lo lógico de volver a retirarse a un sitio que ya conocía, (lo que hoy es el monasterio de Suso, construido a partir de las cuevas donde habitó el santo).

Cree que cuando Braulio dice: «acercándose la hora de su muerte, llamó al santísimo Aselo, presbítero, con quien vivía en compañía, y en su presencia aquella alma felicísima, libre del cuerpo, fue al cielo. Entonces, por diligencia de aquel beatísimo varón, llevado su cuerpo con mucho acompañamiento de religiosos, fue depositado en su oratorio, donde está», se refiere a que, en el siglo VI (momento de Braulio) el oratorio era una de las ermitas de Valderredible (Arroyuelos, Cadalso, Campo de Ebro, Santa María de Valverde, Villaescusa de Ebro y San Miguel de las Presillas) y observa un traslado posterior de sus restos, al actual San Millán de la Cogolla.

La hipótesis de Gregory Kaplan se apoya también parcialmente en que las primeras noticias del monasterio de la Gogolla no llegan hasta el 959, en un documento llamado De confirmatione monasterio, estudiado y referido por el hispanista inglés Brian Dutton.

Además, en El culto a San Millán en Valderredible se expone que la profecía de San Millán, que San Braulio recoge, acerca de la caída de Cantabria en manos de Leovigildo refuerza la idea de que el santo residía en ese territorio. A pesar de que se desconoce con exactitud los límites del territorio cántabro en los alrededores del siglo V y VI, la mayoría de las precisiones concuerdan en situar la actual San Millán de la Cogolla en la zona limítrofe, lo que podía hacerle caer en un área de influencia cántabra. Eso explicaría, también, por qué San Millán, según Braulio, a través de un mensajero, «manda que el Senado se reúna para el día de Pascua».

Más allá, el investigador americano aprovecha el desconocimiento que se tiene en la actualidad de la situación de lugares citados como cercanos al refugio de San Millán como Banonico, Prado o Parpalines.

A esto se puede alegar que el profesor de Historia Antigua de la Universidad de La Rioja, Urbano Espinosa, relaciona Prado con Vergegium –Berceo– en su estudio La ciudad en el valle del Ebro durante la Antigüedad tardía). Braulio dice de Prado «que no está lejos de su oratorio», lo que concuerda aún hoy en día con la distancia entre Berceo y el complejo de San Millán de la Cogolla (apenas dos kilómetros).

A toda la teoría de Kaplan, a la que el consejero de Cultura de La Rioja, Luis Alegre, respondió esta semana con el cúmulo de siglos de historia del cenobio riojano, se puede contestar con las sabias reflexiones del padre Rafael Nieto, viceprior del Monasterio de Yuso y al que los vaivenes políticos que puedan surgir a raíz de la reivindicación de Revilla le dan más bien igual.

Este veterano religioso opina que: «eso de cuna de la lengua es un eslogan publicitario muy bueno, pero la verdad es que la lengua no nace ni en un sitio ni en otro, ni tampoco en un momento concreto... la lengua es algo mucho más vivo, producto de la evolución de mucho tiempo y en un territorio muy amplio. Y en concreto, el romance es una evolución del latín, de ese latín vulgar y mal hablado que trajeron hasta estos valles las legiones romanas».

En resumen
Imaginando que el americano tuviese razón y San Millán pasase los últimos 30 años de su vida en un territorio que nunca antes había pisado; aceptando que (otra de las tesis que al actual Gobierno cántabro le han encantado) el supuesto culto a San Millán en Valderredible hubiese supuesto el germen definitivo del Camino de Santiago; incluso animando y felicitando a Kaplan cuando consiga su declarado próximo reto (hallar pruebas escritas de paleocastellano en Valderredible); lo único que no se admite, no ya según el corpus creado por Menéndez Pidal y seguidores acerca del nacimiento del español, es que alguien manifieste, más allá de un «eslogan publicitario» que ha encontrado la cuna del castellano.

San Braulio, obispo de Zaragoza y discípulo de San Isidoro concluye su obra, escrita hace más de 1.300 años, según traducción del padre recoleto Toribio Minguella (1836-1920) así: «Hemos cumplido lo que prometimos: resta finalizar nuestro trabajo expresando nuestra acción de gracias a Cristo, Rey de los cielos; pues con su ayuda e inspiración hemos comenzado y concluido este opúsculo. El nos ha concedido que contemplemos la vida de los varones santos, para consuelo de nuestras miserias presentes; Jesucristo, que vive con Dios Padre y el Espíritu Santo, uno por todos los siglos de los siglos».

Tras firmar ese final, el quincuagenario obispo no podía ni imaginar que el relato que describía la vida de un santo iba a causar polémica bastante más de un milenio después. La raíz de la misma se podía solucionar con el texto de Gonzalo de Berceo (de seis siglos más tarde) pero no si le consideramos un manipulador interesado, como hace Kaplan.

Al final, de nuevo, queda la sentencia de Dámaso Alonso: «el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir que ahí está el español recién nacido». Y esté donde esté Banonico e hiciese milagros donde los hiciese San Millán, los primeros trazos castellanos siguen en el monasterio de Yuso, en La Rioja.

Despiece: La idea necesaria para la base de la hipótesis: Berceo era «anticántabro»
Dice Kaplan que «aunque Dutton –hispanista inglés– reconoce que Berceo escribió La vida de san Millán para propagar la fama del santo y contribuir a la prosperidad económica de su monasterio, este estudioso asevera que a la Vita de San Braulio, Berceo sólo agrega detalles menores. A diferencia de lo que Dutton opina, no todos los cambios son menores, sino que algunos son especialmente significativos, como los que sirven para fortalecer el enlace entre Millán y el cenobio de la Cogolla».

El americano ve, pues, en los escritos de Berceo una intención que denomina «anticántabra» y una voluntad de desterrar la vinculación que el investigador cree real entre el santo y Cantabria. Así lo que Braulio no localiza inequívocamente y Kaplan utiliza para colar a Cantabria, habría sido usado por el primer poeta de nombre conocido en castellano para, en una de las primeras campañas de marketing del medioevo español, afianzar los lazos de los restos del santo con San Millán.

Si bien es cierto que en la época medieval se dieron casos de ensalzamiento de las falsas raíces de distintas reliquias (que muchas veces eran compradas por los monasterios y lugares de culto), Kaplan parte de un falso supuesto: haber demostrado inequívocamente en sus páginas precedentes la relación de Valderredible con el santo: «una de las alteraciones hechas por Berceo tiene que ver con la ubicación del oratorio de San Millán. Como se ha demostrado, la obra de Braulio indica que el oratorio está en Valderredible...»

viernes, septiembre 07, 2007

El "supuestu" idioma "cántabru"

Hace dos semanas, el Presidente de la Comunidad Autónoma cántabra, Miguel Ángel Revilla calificaba el reivindicado por algunos como “idioma cántabro” como “castellano mal hablado”, despreciando la importancia y la postura de las gentes del CNC (“Concejo nacionaliegu cántabru”). Además, antes de mis vacaciones estivales de mi querido “Castellano actual” un lector me pidió que comentase una novedad editorial: un diccionario de términos cántabros… vamos a todo ello…

Miguel Ángel Revilla RoizEs imposible negar la peculiaridad de las expresiones y vocablos del interior de Cantabria pero, la “oveja” lo complica todo. La “oveja” (que es la madre del cordero, como diría mi viejo profesor de latín) es la falta de documentos escritos. La inexistencia de materia base de trabajo de los filólogos no permite a la mayoría decidirse de manera razonada y argumentada entre las dos posiciones básicas: idioma o no idioma. Es un problema que no tiene gallego y catalán que gozan de acreditada filiación latina, romance. La inercia del mesurado es, ante el panorama, dejar las cosas como están, esto es, que las lenguas cooficiales en España son el gallego, el catalán y el vasco. Punto. Volviendo a las posiciones antagónicas, ambas son, a mi entender y en general, demasiado exaltadas:

Posición 1: “Viva lo cántabru y el idioma cántabru. Cantabria nación”
“Es un idioma con entidad propia, descendiente del latín, por vía del tronco astur-leonés, que tiene idiomas derivados como el mirandés en Portugal, reconocido oficialmente en el país vecino. El “cántabru” tiene mucho que ver por el contacto con el castellano, pero es diferente a él”.

Posición 2: “¡Qué coño va a ser idioma, paleto!
“El habla cántabra no deja de ser castellano del pueblo. Las oes se hace “u” y listo. No desciende del latín, sino que es una perversión del castellano. Es, como dijo el Presidente, “castellano mal hablado”.

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No se asusten por el exabrupto en negrita. A poco que buceen en discusiones en línea sobre el tema, verán que el intercambio de opiniones y “lindezas” se produce en estos términos. Empecemos a hablar de cosas serias y fundadas: la falta de escritos es lo que ha impedido que ningún filólogo renombrado o estudioso hispanista califique al habla cántabra de “idioma” con entidad propia. A su favor como “idioma” se esgrime que la “u” cántabra final de los vocablos castellanos acabados en “o” no es sino algo que perdió el español y que el “cántabru” conservó más puro del latín: la terminación en “-um” del acusativo de la segunda y cuarta declinación. Del mismo modo se cree el uso de la “j” al principio de palabra una derivación del latino anterior a la “h” castellana (la semana pasada, en la sección “Tu opinión” del semanario cántabro Rakeros.com, ese era el ejemplo que ponía uno de los defensores del “idioma cántabro”). De ese caso concreto se puede esgrimir justo lo contrario, que es una derivación del castellano, de una hache aspirada

El problema, el citado: la falta de documentos impide asegurar qué ha sido primero, el huevo o la gallina, el “cántabru” o el español. Es de necios negar la peculiaridad existente en el interior de los valles de Cantabria pero hagamos un somero repaso a los títulos, simplemente los títulos, de prestigiosos filólogos e hispanistas que han estudiado esa peculiaridad:

-Penny, Ralph J. “El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa”, 1970.-Penny, Ralph J. “Estudio estructural del habla de Tudanca, Beihefte zur Zeitschrift für romanische Philologie”, 1978.
-Penny, Ralph J. “Vowel-Harmony in the Speech of the Montes de Pas (Santander)”, 1969. (“Armonía de las vocales en el discurso de los Montes de Pas”).
-Penny, Ralph J. “El dialectalismo de Peñas arriba”, 1980.

-García Lomas, A. “Estudio del dialecto popular montañés: fonética, etimologías y glosario de voces (apuntes para un libro)”, 1922

-Menéndez Pidal, R. "Un inédito de Pereda. Observaciones sobre el lenguaje popular de La Montaña", 1933.

Don Ramón Menéndez Pidal, 1869-1968Estos tres conocidos y prestigiosos eruditos son citados con frecuencia por los defensores de la existencia del “idioma cántabro” y, por él, muchas veces, de la “identidad nacional cántabra”. Pero fíjense, como decía, en los títulos: “habla”, “discurso”, “dialectalismo”, “dialecto”, “lenguaje popular”… El “idioma” o “lengua” no aparece por ningún lado. Todas son obras dedicadas a estudiar, catalogar y tratar de explicar las particularidades innegables del, de momento (y hasta que salga a la luz algún documento improbable y oculto) castellano en el interior de Cantabria. Los defensores hacen descender el cántabro de la amalgama astur-leonesa/bable, de ascendencia latina. Pero, por la misma escasez de escritos, incluso la independencia de este tronco del castellano está discutida, ¡imaginen una rama secundaria de ese árbol! Las grandes obras que hablan del “dialecto” cántabro son más una fotografía, una descripción, que una búsqueda de origen que, por otro lado, entraría más en el terreno de la especulación que otra cosa.

Las políticas cambian como los políticos y el hecho de que una supuesta hija del astur-leonés como es el mirandés esté oficialmente reconocida en Portugal da alas y fuerzas a los partidarios del “idioma cántabro” (que, por cierto, serían tomados mucho más en serio si no acompañasen sus asertos con impopular propaganda “nacionalista”). En cualquier caso hay más características que nos tiran para el lado de los escépticos. La heterogeneidad (los propios partidarios de la existencia del cántabro como idioma reconocen no menos de tres o cuatro variantes subregionales en una Comunidad tan pequeña como Cantabria), como pasó con el caso del éuscaro, que debió ser unificado –en el euskera batua-, pues en cada caserío se hablaba un idioma distinto; el número de hablantes (pocos miles, reducidos al interior de la región); la escasez de vocabulario de origen propio (la mayoría referente a utensilios y acciones rurales, en franco desuso y lastimosa desaparición) y, por el contrario, la infinidad de palabras de origen español (que sus partidarios reclaman latinas, argumento que no cuela en el caso de los equivalentes cántabros de “televisión”, “tractor” o “coche”).

Así las cosas, de momento y a falta de más información (que si no se ha conseguido ya, será difícil) los idiomas oficiales en España son el castellano, el vasco, el catalán y el gallego. Punto.

viernes, mayo 18, 2007

Charla "El castellano cercano" (y II)

Viene de aquí
Y aquí y ahora la segunda y última parte de la charla "El castellano cercano" que impartí en la XXVI Feria del libro de Santander, el pasado 29 de Abril...

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-Eufemismos: Ordenanzas Reales de Carlos III (1768) (00:00)
-"Violencia de género" (02:50)
-Etimología: "candidato" (06:38)
-Importancia del latín (08:00)
-Desigualdad de los idiomas del mundo: "to google" (09:23)
-Despedida y tema (12:23)

viernes, febrero 09, 2007

Recursos "paroxísticos"

¿No le dan a veces ganas de pegar a quien le habla?. Hay discursos que son pesados, incluso perniciosos para la salud mental de uno, pero probablemente tanto más molestan cuanto más sensación transmite el emisor de que está hilvanando unas sentencias que “pasarán a los anales de la Historia”. Sí, es la desgraciada perversión del uso de los recursos estilísticos que, hoy, aquí son recursos “paroxísticos”.

Y lo son porque te pueden hacer llegar al paroxismo más absoluto. El tipo de hablante al que “denunciamos” tiene la bendita virtud de hacer estallar los aplausos del débil de intelecto –léase correligionario o prosélito-, mientras a su lado, o dos mesas más allá, alguien se consume en el fuego interno de la desesperación más o menos culta. Sucedió hace una semana. Un orador, en una conferencia, hablaba contra la actitud del presidente del Gobierno. Y lo hacía, más o menos, sin exagerar, en estos términos:

“Hablamos de situaciones que son difícilmente soportables para la democracia. Hablamos de un presidente que ha engañado. Hablamos de un presidente totalitarista. Hablamos de un presidente que no acepta las críticas. Hablamos de un presidente que ha dinamitado la política exterior. Hablamos de un presidente sin gabinete. Hablamos de un presidente que ha revitalizado a una banda asesina…”

Espero que fuesen seis presidentes distintos, porque si no vaya joyita… Pero el caso es que el efecto cacofónico que provocaba este discurso, la repelencia, sin mayor miramiento, quitaba cualquier atisbo de fuerza crítica que pudiese tener. Le hacía perder la razón, a los ojos de quien le escucha o, cuando menos, hablar con menos fuerza, usando un recurso igual de fácil que cansino. Creo que jamás vi –o escuché- una anáfora peor utilizada. Porque la manera en la que continuó poco después es perfectamente asimilable a la anterior:

“No hay verdadera política de estado. No hay sentido de nación. No hay freno para alocadas ambiciones regionales nacionalistas. No hay respeto por las víctimas de los asesinos. No hay planificación de la inmigración. No hay diálogo con el partido de la oposición. No hay independencia judicial. No hay independencia fiscal.”

No hay nada. Pero el genio de ese hombre no acababa, mucho antes se reservaba para “el final”…

“Las multas de Europa por el escándalo energético, son culpa de este Gobierno. El resurgimiento del brazo político etarra, es culpa de este Gobierno. El ridículo internacional que hace España, es culpa de este Gobierno. La inseguridad ciudadana, es culpa de este Gobierno. La marginación del Cristianismo es culpa de este Gobierno.”

Pobre Gobierno. Tampoco vi nunca una epífora peor. Ese es el problema: seguramente el orador tenga razón en muchas de sus reivindicaciones pero, perdiendo el estilo, la forma, pierde la razón (al menos ante los ojos de su audiencia). Chabacanería en estado puro… ¿se referirán a esto cuando dicen que la derecha española pierde la guerra por la batalla de la comunicación?,¿o eso lo digo yo? No recuerdo...

Este comunicante, fuese consciente o no de que estaba haciendo uso de conocidas y buenas –en su medida- figuras retóricas (o recursos estilísticos), debió poner cuidado; en lugar de seducir a su audiencia, la repelió. Aunque, bien pensado, dicen que el uso de los recursos estilísticos es uno de los patrones que fijan el estilo literario de cada uno. Quizá ese fuese el problema (quod Natura non dat, Salmantica non prestat).

De todas formas, la hipérbole de denominar “paroxismo” al estado en que este sujeto pudo colocar a algunos de nosotros, puede que no sea tanta exageración. Les aseguro que me llegue a enfadar realmente, aunque es cierto que es difícil explicar por qué… Quizá me parecía que el charlatán construía el discurso de manera apresurada e improvisada. Quizá la sensación de estar intentando ser entretenido el tiempo que tenía que durar su intervención, se hizo insoportable. Probablemente hay infinidad de maneras más o menos objetivas, y también tendenciosas, de decir lo mismo, y este hombre se decantó por lo fácil. Sinceramente (y para que digan que las palabras no mueven) me enfadé –mucho- y me marché. Sin embargo, entendería que el énfasis que le daba a sus palabras, unido al alto porcentaje de razón de fondo que le concedo, hubiese molestado a alguna otra parte de la audiencia, pero en sentido distinto al mío: contra el objeto de sus críticas. Al fin y al cabo, promovió una “exaltación extrema de los afectos y pasiones”, ¿no?. Pues eso.

El datismo y la enumeración –por ejemplo- deberían ser figuras de las que, como el alcohol para determinado tipo de enfermos mentales, debería guardarse este brillante orador. La dinamita es mucha, la mecha necesitada poca y yo no respondo la siguiente vez, amigo. Ustedes imagínenle usando recursos “paroxísticos en potencia” que le permiten el “empleo inmotivado de sinónimos” y la “referencia rápida y animada de varias ideas”. ¡Qué peligro!.

viernes, enero 19, 2007

Manipulando, que es gerundio

Hay que tener mucho, pero que mucho cuidado con las palabras y sus conjuntos. Han puesto y quitado reyes, declarado guerras, unido reinos… han hecho reír y suicidar, matar y nacer. Cuanto más potente es un idioma, mayor es la concreción que, queriendo, con él podemos alcanzar y por lo tanto mayores las posibilidades y más grandes las metas. Pero, como cualquier arma, se puede usar para el mal… y el español es una lengua de un calibre enorme…

Lo cierto es que la idea de tratar este tema se hizo insoportable (hasta el punto de tener que explotar en este artículo) cuando observé hace pocos días cómo en una serie de televisión parecía que se tipificaba el verbo “ayudar” para la acción de matar a una persona con una enfermedad terminal, para practicar la eutanasia. Piense lo que piense de que esta medida sea hecha legal o no, hágame un favor y pregúntese: ¿por qué se recurre a ese eufemismo?. No deja de rondarme la idea de que el que así habla, sustituyendo el objetivo, cierto y directo “matar” (por no decir “asesinar”) no las tiene, en su conciencia, todas consigo. Yo pinto una verja de verde y, como sé que no hago nada malo, no lo llamo “acariciar la verja” o “cubrir de barniz plástico de color esmeralda el perímetro de madera delimitante de mi casa” –lo que supone, por cierto, un cursi circunloquio, que me apunto-. Sin embargo, hoy, lo de “ayudar” no se cae de la boca del que se está pensando cargarse a una persona… o del que ya lo ha hecho.

Vaya por delante, desde ahora –aunque se aplique también a lo anterior-, esto: no haré ninguna trampa consciente con la lengua en este escrito que, eso sí, sin poderlo evitar, tendrá que dejar traslucir algo de mi pensamiento personal. En ello incluyo argumentos viciados, medias verdades o el uso (aunque jugase a favor de mi tesis) de definiciones de diccionario que pueden pasar y cambiarse: en su lugar usaré un conjunto de definiciones mucho más perdurable, el sentido común.

Más manipulación: desde hace unos meses, informativos y periódicos llevan a lugar destacado el “proceso de paz” del Gobierno del 14M con la banda terrorista ETA. El hecho de usar la palabra “paz” consigue, para los interesados creadores de la expresión, un doble objetivo: presupone un estado anterior de “guerra” y, automáticamente, margina a quien se oponga a esta iniciativa de un partido político concreto, porque… ¿quién puede oponerse a la paz?. Durante más de treinta años la banda terrorista ETA ha matado a más de mil personas; el Gobierno español se ha dedicado a perseguir a los delincuentes durante este tiempo, pero la desgraciada dinámica del criminal y de la policía no es una “guerra”. En una guerra, con dos bandos, cada uno tiene sus razones para pugnar, invadir, luchar y matar. Aquí solo matan unos y solo unos son matados. Usando la expresión “proceso de paz”, se legitima a una banda de animales asesinos sin sentido. Por descontado, con esta viciada expresión, el que manifieste su creencia en que la negociación con terroristas sienta terribles precedentes, que es antidemocrática por definición, que treinta años de muerte no pueden dar derecho a nadie a sentarse a hablar sobre cualquier reivindicación con un Gobierno, queda automáticamente señalado como “enemigo de la paz”, en nuestra particular sociedad.

No podemos tampoco obviar lo que nos encontramos frente a nuestras narices: la defensa de esta expresión como defensa de una “marca política”. Llamo así a aquellas expresiones o eslóganes que un partido hace que se asocien a él, bien por su protagonismo en lo que describe, bien por su participación. Cualquier experto en marketing le podrá disertar sobre los enormes costos y lo difícil del lanzamiento de una marca comercial al mercado. El que la gente tenga en la cabeza y pueda asociar logos, melodías, colores, etc a Coca-Cola, Nike, Telefónica, Repsol (y demás mucho menores también) es tremendamente valioso, útil y caro… La expresión “proceso de paz” es sólo eso: una locución con connotaciones positivas que es asociada a un partido político, que será convenientemente recordada en período electoral pero que no responde a lo que lingüísticamente anuncia. Y es que ese es el problema: si un grupo político proporciona un bien a la sociedad, de manera legal y transparente, y crea una forma de llamarlo que cala, no veo inconveniente moral en que lo use para su publicidad. El actual proceso negociador (¿a que no suena tan bien?) del Gobierno es todo lo contrario.

De todas maneras ya habíamos tratado, sucintamente, el tema de las “marcas políticas” con un ejemplo que deja bien a las claras el que es tan caro lanzarlas que, a pesar de que se reconozcan ¡incluso faltas lingüísticas! en ella, da igual, se siguen usando y con orgullo. “Violencia de género”; ya explicamos más ampliamente que el “género” no es el “sexo” de las personas y que, dicho así, ese desgraciado mal de nuestro tiempo está mal dicho. La RAE se lo advirtió al partido en el Gobierno, pero ¡claro!, ¡ponte tú ahora a cambiar la expresión de la cabeza de la gente, con lo que nos ha costado metérsela!... Y es triste, sí, pero la situación de mujeres, disminuidos, niños y ancianos es un simple bien de mercadeo electoral para esa gente sin escrúpulos… Y podríamos seguir, porque hasta los informativos ponen a los “Okupas” con “k” y mayúscula, disfrazando una violación de la propiedad privada y la ley en un movimiento pseudo filosófico (¡agárrense!) con nombre propio…

En serio, quijotes españoles todos (como somos), cuidado con el castellano, que lo carga el mismísmo diablo.

viernes, diciembre 01, 2006

“Charnegos”, “euscaldunas” y nada

Más por desgracia que por suerte, la lengua se mete en todos los lados. Y esto, entendiendo la lengua como sistema de comunicación y no como otra cosa, hace difícil centrar la labor de su estudio a un campo exclusivamente filológico o gramatical. Con ello, afortunadamente, este blog es un ejemplo. Sin querer, si hablamos de vocablos de origen árabe en castellano y tenemos algo más –poco más- que serrín en la cabeza, hemos de denunciar el mito existente a su alrededor. Si informamos de la falta de sentido de la expresiónviolencia de género”, buscando la razón de su extendido uso, damos, descuidados, con culpables políticos. Si queremos tratar someramente la figura de Mariano José de Larra, observamos tristes los paralelismos de los males nacionales que él denuncia con la actualidad. Y podríamos –ahora sí- por suerte o desgracia, seguir y seguir. La falta de serrín y la existencia de materia gris –leve- nos hace hoy, en fin, diferenciar las naturalezas de los nacionalismos españoles por alguna leve pincelada con vocablos de actualidad. A ello.

De manera general, en España, se tiende, en el discurso político de algunos de los ciudadanos declarados “de centro”, a la identificación de los tipos de nacionalismo existentes hoy en el país, con la siguiente coletilla: “todos los nacionalismos son malos/excluyentes/iguales”. También es el caso del discurso poco riguroso de sectores con marcada actividad política. Lo que sigue, un ejemplo, está sacado de “Rojo y Negro digital”, la versión electrónica de la revista de la Confederación General del Trabajo:


(…)es de nuevo la voz que reclama democracia sofocada y ninguneada por el supuesto debate “nacionalitario” en el que los nacionalismos periféricos y central mutuamente interactivan, se alimentan en una falsa dialéctica de contrarios donde los intereses sociales, expectativas y anhelos democráticos se ven sofocados, ninguneados…


Es decir, de manera generalizada, en nuestro país –España-, se ha extendido la “costumbre” de reunir en el mismo saco a los nacionalismos periféricos y al español, haciéndoles adolecer de los mismos males, en muchos discursos “de base”, “por definición”. Y ahora empezamos con lo que nos gusta: con motivo de la reciente elección de José Montilla como Presidente de la Generalidad catalana, la palabra “charnego” ha ocupado y abierto titulares e informativos, revistas y boletines. Con un medio en el catalán “xarnego”, esta palabra proviene de “lucharniego” y, antes, de “nocherniego” –hoy castellano actual-, por el que anda/andaba, supuestamente, de noche. La palabra catalana es usada, en la mayoría de las ocasiones de manera despectiva o, cuando menos, diferenciadora, para calificar a los catalanes no nacidos en Cataluña. Como dato, añado que “charnego” entra en el DRAE, como español, en la edición de 1983.

Por otro lado, en el País Vasco, el nombre común “euscalduna” –lo damos castellanizado- es utilizado también para separar personas, clasificando a aquellas que hablan el vascuence; en principio no tiene un carácter tan despectivo como “charnego”, pero en la práctica diaria, se utiliza como arma vocal, que lo he vivido. Hasta donde sé, no conozco ninguna palabra en gallego asimilable a la conducta que hace usar estas dos anteriores; como en español. Escrito del flamante Presidente “charnego” de Cataluña, en el diario El País, del 14 de Julio de 2003, metiendo todos los nacionalismos en el mismo saco:

José Montilla
(…)Frente al patriotismo se alza normalmente otro patriotismo de distinto signo, como lo demuestra la retroalimentación de los discursos que oímos día sí y otro también de los dirigentes de los nacionalismos periféricos o los dirigentes del rancio nacionalismo español. En estos discursos de confrontación, ambos encuentran un lugar común para enfrentarse. Se huye del diálogo y del compromiso. Se busca la confrontación para jalear a los partidarios de unos y otros…


Diferenciemos en nuestro campo, pues. El castellano actual no tiene nombre o adjetivo para el español nacido fuera de España
–cuando uno se convierte en español, lo es, sin atender a su sangre-, como no tiene palabra para el que no hable español. Observando objetivamente la Historia, las razones de la forma de pensar que hace que una parte de un pueblo se sienta cómoda incorporando a su vocabulario fórmulas de distinción gratuitas y artificiales tienen origen en la política llevada a cabo por una minoría. Estos, aprovechando las debilidades de la Constitución de 1978 y recogiendo la joven corriente interrumpida por el franquismo, vampirizan la política española, coartando su natural orientación nacional y convirtiendo en Ministro de la nación –primero- y Presidente de una Comunidad –después- a un hombre sin estudios superiores, aún sospechoso en un escándalo que mezcla tratos de favor de una entidad financiera con políticas gubernamentales de absorción de empresas energéticas.

No se nos escapa que nuestra herramienta –la lengua- se mete por todos los recovecos, pero no siempre sirve para analizar en profundidad. Hemos visto un indicio que nos ha cuadrado con la Historia y así lo hemos plasmado, pero sólo la política puede hablar con soltura de política y ahí, de momento, me pierdo. Las dos palabras (charnego y euscalduna) son testigos de la forma de ser del verdadero nacionalismo pernicioso: el que odia lo de fuera, el que está permanentemente enfrentado al exterior –en el caso catalán/español y vasco/español, el exterior inmediato-.

Se puede argumentar –con parte de razón- que, en mayor o menor medida, todos los idiomas tienen calificativos más o menos despectivos para algo de lo de fuera. Se me viene a la cabeza el sustantivo “gabacho”, para denominar a los franceses. No nos meteremos en la observación de los actos, a lo largo de la Historia, dedicados a España –incluida Cataluña y País Vasco- por parte de los vecinos del Norte; solo nos quedamos con un dato: las malas relaciones humanas se dan y el lenguaje responde, pero la diferencia entre una actitud y otra es, simplemente, calificar a un grupo de gente de manera despectiva (“gabacho”) o denominar de manera peyorativa… al resto del mundo.

Catalán, vasco y castellano; “charnego”, “euscaldún” y nada.

viernes, noviembre 17, 2006

Larra

Mariano José de LarraNo será malo que comencemos a dedicar algo de espacio a la gente que ha contribuido a dar esplendor a la lengua castellana. Me refiero a sus literatos más representativos. Desde siempre he tenido claro el papel del jamón español entre los jamones del mundo y las películas americanas entre la filmografía completa del globo: sobresalen. Cuando hablamos de literatura española hablamos de literatura universal, eso sí, escrita en castellano.

Y es por afinidad profesional que me obligo a comenzar con don Mariano José de Larra. Nace en Madrid –claro- en 1809. Su pensamiento, liberal y afrancesado al final de su vida, nos llama a la primera reflexión: Larra está vivo, es actual y nos puede enseñar muchas cosas. Leída y releída su obra, queda claro que un tema se encarama obviamente por encima de los demás: la preocupación política y moral por España. Preocupación real y apesadumbrada por su país y sus gentes. Siga leyendo, esto le interesa.

Para el observador objetivo de la historia, puede repeler el hecho de que Larra creyese que los franceses podían tener algo que enseñar en la forma de gobernarse a los españoles; pero lo triste es que así era. La clase política comenzaba a roer las entrañas de la patria –como Larra denuncia en toda su obra- y, para el extranjero europeo civilizado, el español –como hoy- era incomprensible espectador pasivo de todo (Fígaro lo denuncia, como decimos, a lo largo de todos sus escritos, pero magistral y famosamente en “Vuelva usted mañana” donde hace reír a todos y llorar a –como siempre- los desdichados lúcidos). Un paralelismo más con hoy en día, siglo XXI, es claro: la fama del Imperio actual está en declive y parece fácil aventurar que la propaganda de dentro de unos años venderá de manera general a los EE.UU., como ya se hace hoy, como el mal absoluto, pasado. Sin embargo, desde hoy podemos decir a esa gente del futuro que, aprendiendo de ellos, nos podrían haber enseñado grandes cosas –como han hecho en bastante medida y como hizo en su día Francia a España, pero no llegará el día en España en que el político corrupto pague de verdad su delito-.


-Vuelva usted mañana- nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana- nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?

Vímosle por fin, y "Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio".

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Fragmento de “Vuelva usted mañana”, 14 de Abril de 1833


El Romanticismo acabó con Larra. Sabemos que, hoy en día, la vena amorosa de los escritores románticos del XIX ha derivado el significado general de esa palabra hacia alguien con habilidad en la expresión del amor. El movimiento romántico era mucho más: paisajes desabridos y bellezas imposibles, cementerios a media noche y amores rotos, danzas con esqueletos y las más bellas composiciones eróticas jamás leídas u oídas. Sentimiento y soledad. Pesimismo y compromiso. Frente a la fría razón ilustrada, el Romanticismo europeo reclama el protagonismo para el interior. Coñac y chimenea frente a ventana mojada o gran luna que ilumina lápidas donde se apoya el papel, eran los escenarios donde se escribían algunas de las obras más grandiosas de la Humanidad. Es fácil imaginar la cabeza de Larra con ese influido pesimismo, la situación objetiva del Imperio español en cercana muerte y su sincera mala suerte en su vida amorosa personal.

¡Y es que es tan actual!. Este es un extracto de “Yo quiero ser cómico”. Hasta la casa de Fígaro llega un muchacho que busca ser recomendado para trabajar como cómico. Aún busco al valiente que me afirme las diferencias con los actores de hoy:


-Sin embargo, como yo quiero ser cómico...
-Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?
-¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?
-No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...
(…)
-¿Sabe usted castellano?
-Lo que usted ve..., para hablar; las gentes me entienden...
-Pero la gramática, y la propiedad, y...
-No, señor, no.
-Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...
-Perdone usted.
-Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.
-Perdone usted, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace usted? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... mire usted...
(…)
-¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para?...
-Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:
-¡Venga usted acá, mancebo generoso -exclamé todo alborozado-; venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío! ¡Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio!

Fragmento de “Yo quiero ser cómico”

Y ahora compárese con las bondades interpretativas de engendros como “Alatriste” –la película, claro-. Aunque bien mirado, todavía tuvo suerte don Mariano… ¡si llega a ver convertidos, como pasa ahora, a los actores –de su clara admiración- en funcionarios –de su amor más profundo y asesino-!.

Y si el tema de Larra, para mí, era su pesimismo justificado, su virtud fue la de hacernos reír en ella, llorando por el fondo, cuyos restos aún sufrimos. En serio, no son sólo palabras lo que lanzo ahora, a poco bien mirado, hablo de los males endémicos de una nación, eterna promesa de gran país. Los retratos de costumbres de las gentes que, desde la creación de la perniciosa clase política española, viven adormecidos en el “que actúe otro ante esa prevaricación” son otro fuerte de Larra. Las vivencias y personajes de la corte, del Madrid de la primera mitad del XIX, son paso obligado de todo el que se quiera formar una buena idea de cómo era aquello (¡tan parecido, pero tan parecido a hoy!). En uno de sus artículos más conocidos –hasta hace poco lectura incluida en los libros de texto de Secundaria, desconozco si sigue ahí- relata la epopeya vivida supuestamente por él, al aceptar de mala gana la invitación de un “refinado” conocido, Braulio, para cenar…


A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas.

(...)

El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. "¡Por San Pedro!" exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. "Pero sigamos, señores, no ha sido nada", añade volviendo en sí.

(…)
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! Sí, las hay para mí, ¡infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro.
-Es preciso.
-Tiene usted que decir algo -claman todos.
-Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.
-Yo le daré el pie: A don Braulio en este día.
-Señores, ¡por Dios!
-No hay remedio.
-En mi vida he improvisado.
-No se haga usted el chiquito.
-Me marcharé.
-Cerrar la puerta.
-No se sale de aquí sin decir algo.

Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.

Delicioso, antológico e inmejorable fragmento de “El castellano viejo”, 11 de diciembre de 1832

Fueron pocos los escritores románticos, aquí y en el mundo, que murieron de viejos. El pesimismo general les acompañaba desde el alba hasta el ocaso y, desde ahí, en las horas de madrugada, tormento interior –creo sinceramente que fue esta la época en la que la madrugada dejó de ser para dormir, a todos los efectos-. En “El día de difuntos de 1836”, Mariano José de Larra describe un primero de noviembre en el que esos vivos que creen ir a visitar a sus finados son los verdaderos muertos. Tras un magistral artículo, es curioso como, al final del escrito, parece querer decirnos que su lucha contra el pesimismo es continua, pero inútil, debido al estado de su interior…


Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro; una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había aquí yace todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

¡Fuera, exclamé, la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia! Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!
¡Silencio, silencio!

Fragmento de “El día de difuntos de 1836”, 2 de noviembre de 1836


Apenas cuatro meses después, con veintiocho años, don Mariano José de Larra, tras una visita de su amante, Dolores Armijo, quien le comunicó la ruptura definitiva de su relación, amartillaba una pistola, se la llevaba a la sien… y disparaba.

viernes, noviembre 10, 2006

España e Islam: dos caminos (y II)

Santiago MatamorosLos árabes estuvieron setecientos años en España. Sin embargo, como recogimos en la anterior entrega, poco queda de su impronta en nuestro país que no esté en el resto del globo, como poco se llevaron. La esgrima del estudio de los biólogos y genetistas que llevaron a cabo su investigación en la Pompeu Fabra y la publicaron en prestigiosísimas revistas científicas no tenía otro fin que apoyar la tesis cuya parte lingüística desarrollamos hoy: sin connotaciones políticas ulteriores, afirmamos que no queda nada cuantitativamente apreciable en la población española actual de la invasión musulmana de la península que no se haya extendido al resto del mundo.

La invasión iniciada por Tarik ibn Ziyad y Musa ibn Nusair en el 711 trajo multitud de conocimiento a la península. Fueron en muchos casos técnicas olvidadas por los visigodos, practicadas antes por romanos y griegos y, en muchas otras viejas ciencias hindúes y medio asiáticas de las que los árabes fueron impulsores, desarrolladores y transmisores. Muy probablemente Gótico y Renacimiento no se entiendan como fueron sin el conocimiento recuperado por los árabes (arquitectura, matemáticas… sabemos que no el arte, ¡por Dios! –o por culpa de Alá-). Ahí está la oveja –la madre del cordero-: el paso del tiempo y las relaciones europeas hicieron que nada que trajesen los árabes se quedase –de manera cuantitativamente apreciable- sólo en España. Lo hemos demostrado en la genética y lo desarrollamos más hoy, en nuestra lengua, nuestro campo. La recuperación de Aristóteles por parte de Averroes (un pensador mal visto por la ortodoxia musulmana de su tiempo) es impagable, inaprecible, pero hoy en día no tiene más influencia en España que en el resto del mundo. Y como esto, el resto.

El otro día dijimos que de las cuarenta y cuatro mil trescientas diez (44310) palabras de las que la RAE conoce o cree conocer su origen, tan solo un 2´9%, es decir, mil trescientas (1300) son de origen árabe. Lo verdaderamente valioso de ese dato es que, por el contrario, el latín, junto con sus lenguas derivadas –las romances- suman treinta y ocho mil cuatrocientos sesenta y tres (38463) vocablos, un 86´8% de las palabras cuya ascendencia declara el RAE. Así las cosas, no queremos decir que setecientos años de relación –no mucha, como vemos- no dejasen ninguna huella en la lengua española, pero sí que ésta es menor de lo que cabría esperar y, desde luego, menor de lo que el mito popular ha mantenido. La razón de la tesis que mantenemos es clara: las relaciones de las gentes de la época –musulmanes y cristianos- fueron mucho más que escasas; de hecho, según el historiador César Vidal, la población musulmana fue engrosada, en su mayoría, por una baja nobleza infanzona –en término cristiano/latino- cuyo vínculo con los católicos en territorio de dominio estable, se limitó al cobro de impuestos y el intento de la consecución del mayor número de conversiones posibles. Volviendo al hecho genético que nombramos, a cualquiera se le hace difícil la imaginación en la época de matrimonios mixtos, ¿verdad?. Sin negar las excepciones contadas con los dedos de una mano, ¿cuánto de esa carga genética intercambiada corresponde a violaciones en razias e incursiones?. Mucho, qué duda cabe.

El admirable don Ramón Menéndez Pidal en su “Manual de gramática histórica española”, refiriéndose a la influencia del idioma árabe en el castellano –que él conocía tan bien-, dijo:

“Nos enseñaron a proteger bien la hueste con atalayas, a enviar delante de ella algaradas, a guiarla con buenos adalides, a vigilar el campamento con robdas o rondas, a dar rebato en el enemigo descuidado”

Don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968)Se habrá deducido que las palabras en negrita que tan acertadamente señalaba don Ramón –y que tan en desuso están hoy en día, nótese que ha de aclarar lo de “robdas” con una palabra de origen romance- son de origen árabe. Curiosamente, sin embargo, apuntaré una cosa que Menéndez Pidal, a ciencia cierta, sabía: salvo los vocablos en negrita y el verbo “guiar” –que Corominas cree de lejano origen gótico- todo el resto de palabras en su cita son de origen latino; todas. La proporción árabe-latina es reveladora, sobre todo teniendo en cuenta que está adulterada pues es un texto temático: habla de palabras de origen árabe. Sabemos que su importancia en el vocabulario español es mucho menor, lo dijimos, ni un tres por ciento.

Todo no quita para que haya algunas palabras importantes de fuente árabe, si bien la mayoría pertenecen al árabe hispánico –variedad del idioma que sólo se habló en la península- y se refieren a elementos, cargos militares, y hechos referidos a la cultura musulmana (como “alfaquí”, “aleya”, “cabila”, “cúfico”, “hégira”… y centenares más, que dejamos para los tratados religiosos e históricos, no para el día a día del español). Como curiosidad, alrededor del cincuenta (50) por ciento de las palabras españolas de origen árabe empiezan por la letra a.

De nuevo hay leves trazas de esos setecientos años en las palabras que son privativas del castellano; las transacciones comerciales, relaciones políticas y el escaso nexo social hicieron que se impusieran formas –pocas, eso sí- árabes sobre latinas y bárbaras. De las más importantes podrían ser “aceite” (que desplazó al “óleo” latino que se impuso, en cambio, en el resto del mundo, si bien esta forma romana no deja de ser castellano y algunos de sus derivados son más comunes en algunas zonas de España, como “oliva”), “ajedrez”, “alcalde”, “farruco”, “zanahoria” o “zumo” –aunque su sinónimo latino “jugo” pertenece a la categoría que tratamos a continuación-.

Lo que realmente ilustra lo que mantenemos –la inexistencia de rasgos/restos árabes cuantitativamente apreciables en la cultura, lengua y hasta genética hispana actual, que no se hallen también presentes en el resto del mundo- es esa clase de palabras que, con origen árabe, existe en español y en el resto de lenguas. Entre esas estarían “limón”, “marroquí”, “máscara”, “riesgo”, “sofá”, “tabaco” y, de nuevo, centenares más hasta completar las mil trescientas.

Cuando hay verdad y ciencia por delante, lo que la mojigatería actual –pala de tumba de la cultura occidental- considere como “políticamente incorrecto” o “inadecuado”, me importa tres sinceras narices. El mito, sin mayor acritud o crispación debería acabar. Setecientos años, sí: ellos por un lado y nosotros
–porque seguimos siendo los mismos, según los profesores Calafell, Plaza, Pérez-Lezaun, Comas y Bertranpetit, entre otros- por otro. Un consejo para acabar: claro que es mejor con el DRAE, pero si se animan a buscar la lista completa de los vocablos castellanos de origen árabe en Internet, la encontrarán en varias páginas, en español, generalmente de propaganda musulmana. Si se reponen, como yo, del ataque de risa tras leer lo de “la superioridad de la lengua árabe sobre la latina”, ándense con ojo; en algunos de estos listados se incluyen palabras que no son del origen buscado. En castellano, admitidas por la RAE, existen mil ciento sesenta y tres (1163) palabras de directa ascendencia árabe y mil trescientas (1300) de origen directo e indirecto, no más. Así que, por ejemplo, ni “quiosco” (del pelvi, vía persa, vía turco y vía francés), ni “añicos” (del celta), ni “olé” (origen expresivo) ni demás “zarandajas” (latín, claro).

viernes, noviembre 03, 2006

España e Islam: dos caminos (I)

Rendición de la ciudad de Granada por parte de los Reyes Católicos en 1492 Estudios genéticos recientes demuestran el moderado intercambio genético habido entre las poblaciones históricas de la Península Ibérica y el Magreb. El análisis de los polimorfismos genéticos complementa y confirma lo que vemos también a través de la lengua castellana: ni la invasión musulmana de la Hispania visigoda produjo un intercambio genético fluido y normalizado; no queda nada cuantitativamente apreciable árabe en la población de la España actual que no se halle presente en el resto del mundo.

Los argumentos genéticos para hablar de teorías políticas están mal; siempre lo han estado y la reputación del tipo de gente que los ha usado –en todo el siglo XX- no lo mejora, precisamente. Afortunadamente esto es un rincón de la lengua española y, por lo tanto, su cultura; no vamos a hacer, directa o indirectamente, ningún tipo de análisis político: tan sólo lingüístico y cultural. El estudio que resumiremos muy brevemente apoya la evidencia lingüística de una falta casi total de influencia de la dominación árabe de la península en la lengua y la cultura hispana.

Los profesores Bosch, Calafell, Plaza, Pérez-Lezaun, Comas y Bertranpetit publicaron en Febrero de 2003, en “Investigación y Ciencia” (la versión española de la prestigiosa “Scientific American”) el artículo titulado “Genética e historia de las poblaciones del norte de África y la península Ibérica”. La investigación que recogía fue llevada a cabo en la Unidad de Biología evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Varios de estos profesores habían publicado ya en otras revistas científicas de prestigio otros reportajes
-recogiendo las mismas conclusiones- cuyos títulos nos dan una pista de lo que pasaremos a explicar en breve: en Human Genetics, vio la luz el reportaje “Alu insertion polymorphisms in NW Africa and the Iberian Peninsula: Evidence for a strong genetic boundary through the Gibraltar Straits" (“Polimorfismos tipo inserciones Alu en el noroeste africano y la Península Ibérica: evidencia de una fuerte frontera genética a través del estrecho de Gibraltar”) y en American Journal of Human Genetics fue publicado “High Resolution Analysis of Human Y-chromosome variation shows a sharp discontinuity and limited gene flor between NW Africa and the Iberian Peninsula” (“El análisis de alta resolución de la variación del cromosoma Y humano muestra una discontinuación aguda y flujo génico limitado entre el noroeste africano y la Península Ibérica”).

Santiago Matamoros, siglo XVIII, New Orleans Museum of ArtAlgún día tendremos que hablar de la virtud de la concisión en los títulos de los reportajes científicos… pero nos han valido. Sabemos ya lo que demostraron en su día esas investigaciones. En síntesis y como ejemplos, los linajes del cromosoma Y originados en el magreb, como el E3b2 -según la notación utilizada-, tienen una frecuencia estimada en la península del 8%. Inversamente, los linajes de posible origen ibérico –europeos, seguro-, como el grupo R1b, suman un 3´6% del acervo genético magrebí. Hay carga genética de la otra parte en cada una, claro, pero la evidencia es clara: ni los setecientos años de dominación árabe sirvieron para normalizar y establecer un flujo génico entre el Islam y el Cristianismo hispánico; las poblaciones no se mezclaron y, al contrario que con la invasión romana, fueron siete siglos de “ellos por su lado y nosotros por el nuestro”. La cultura latina fue, y sigue siendo, el verdadero pilar de la actual cultura hispánica. Su Derecho, su lengua, su pensamiento, sus instituciones, sus tradiciones –tamizadas por el Cristianismo-, hasta la comida nos viene de Roma.

Todos los veranos se celebra la festividad de “las Guerras cántabras” en la localidad de Los Corrales de Buelna. Es una multitudinaria conmemoración llena de detalle, cuidado y, a la vez, fiesta y buen humor. Allí es frecuente escuchar alabanzas a la parte de “los cántabros” hacia su valentía y bravura, oyéndose cosas como “…es que éramos tal…” o “…nosotros conocíamos mejor el terreno…” por parte de cántabros actuales. El problema es que nosotros, los de ahora, somos mezcla de esos dos: habitantes de la Península Ibérica y conquistadores latinos. Mal que les pese a los activos de la mojigatería actual, la verdadera mezcla vino con los romanos y no con los árabes; a algunos esto les parecerá bueno, a otros malo: la evidencia histórica-genética, lingüística y cultural está clara. Ellos nos trajeron civilización y genética también; gracias a ellos somos latinos y por ellos yo escribo ahora en un latín ultra evolucionado.

¿De verdad conecta y se relaciona esto, como se ha dicho arriba, con la lengua española? ¿va a dar este rollo genético-cultural, festivo cántabro a algo relacionado con el español?: Sí. Hemos descubierto que de las cuarenta y cuatro mil trescientas diez (44310) palabras de las que la RAE conoce o cree conocer su origen tan solo un 2´9%, es decir, mil trescientas (1300), siendo generosos, son de origen árabe. Decimos “siendo generosos” pues tomamos las palabras en las que el árabe ha tenido influencia en su formación, no sólo las de directa descendencia (que serían unas mil ciento sesenta -1160-). Además tenemos en cuenta para ello todas las variaciones del idioma árabe: regular, beduino, clásico, dialectal, hispánico, marroquí y vulgar. De entre todas estas variantes del árabe, la que más presencia tiene como origen de vocablos castellanos es el que sólo se habló en la península en una época determinada, el hispánico, con novecientas noventa y cinco (995) palabras. ¿La verdadera importancia de todo esto? es el hecho de que el latín, junto con sus lenguas derivadas –las romances- suman treinta y ocho mil cuatrocientos sesenta y tres (38463) vocablos, un 86´8% de las palabras cuyo origen conoce la RAE. Las lenguas amerindias (nahua, mapuche, quechua…) tiene mil trescientas ochenta y ocho (1388), más que el árabe.

La semana que viene diseccionaremos las palabras españolas de origen árabe y ahondaremos en la tesis cultural que mantenemos: poco o nada queda en la población española actual de la cultura árabe que no esté presente en el resto del mundo. Relacionar esto con la lengua española y su independencia, como hemos empezado a demostrar, del árabe, nos dará la medida real de nuestro origen como pueblo, cultura y tipo de seres humanos. ¡Hasta entonces!.

viernes, mayo 26, 2006

¡Santiago y cierra, España!

Es mucha la oscuridad que existe hoy en día en torno al significado de este grito, esta arenga militar medieval española. La mayoría, para criticarlo, se quedan con lo que supondría su pronunciación sin la coma tras “cierra”: mención al santo y “a cerrar España para que no entre nadie, y menos los moros…”. Si cerramos antes de que salgan mal vamos a echarlos, pero bueno, el caso es que no van por ahí los tiros.

La mención y la encomienda a Santiago -y su advocación Santiago Matamoros- en las batallas del medievo español de la Reconquista era habitual. Las leyendas de un Santiago infundiendo ánimos, incluso guerreando contra el invasor musulmán, eran corrientes. “Dar un Santiago” era el equivalente de gritar el inicio de la acometida, usualmente con esa misma voz, la del nombre del santo. Del original hebreo יַעֲקֹב (Ya'akov), el nombre del apóstol que se cree que llegó a España pasó a estos lugares como Jacob. Tras la canonización, en latín fue conocido como Sanctus Iacobus y luego Sant Iago en castellano antiguo. ¿Para qué escribirlo separado si puede ir junto?, se debió pensar. Nombres españoles de aquí derivados son Jaime y Diego también.
Las Navas de Tolosa (1864) de Francisco de Paula van Hallen, en el Palacio del Senado, MadridAño 1212. 16 de Julio. Navas de Tolosa, actual provincia de Jaén. Los ejércitos castellano, navarro, aragonés y portugués, reforzados con dotaciones de caballeros templarios, hospitalarios, de las órdenes de Calatrava y Santiago, se enfrentan a las huestes musulmanas. Las tropas almohades superan ampliamente a las dotaciones cristianas. Comienza “la Batalla”, como sería llamada durante años después en las crónicas de los vencedores. Los musulmanes simulan una retirada inicial para, acto seguido, emprender un cruento y salvaje contraataque. Esto atemoriza a los cristianos, que huyen en importante número, impotentes ante la carga árabe. Alfonso VIII, rey de Castilla observa la escena, decidido. Va a hacer algo a lo que rápidamente se sumarán sus caballeros con sus soldados y Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón con los suyos: arremeter, cargar, lanzarse a por los moros, equilibrando la balanza y permitiendo a las huestes cristianas luchar con mayor igualdad.

No imagino a Alfonso VIII pensando en política en esos momentos. Por ello, hemos de tomar la voz “cierra, España”, que muy probablemente pronunció (y quizá varias veces a lo largo del día en las distintas cargas), no como una declaración de endurecimiento de fronteras y aranceles, sino como un mandato militar. Según la trigésimo segunda acepción del DRAE del verbo “cerrar”, éste puede significar “trabar batalla, embestir, acometer”. No nos cabe ninguna duda de que en épocas pasadas, más revueltas y bélicas que las nuestras, la acepción hubiese subido puestos en la clasificación de las más usadas. Así pues, la expresión equivale a mención al santo y “¡a machacarlos!”. Quizá los partícipes de la mojigatería actual de Occidente, que defiende a ultranza lo ajeno a costa de atacar a muerte lo propio, no se queden tranquilos con la aclaración.

Como fin, he de decir que, según lo que hemos dicho, la correcta formulación de la arenga sería:

“¡Santiago y cierra, España!”

Hemos de poner coma tras “cierra” y ante “España” pues, según lo que hemos explicado, se sigue que esta última es un vocativo. El rey o caballero ordena, pide, exhorta a España que cierre, que embista, que ataque. El quitar la coma supone utilizar el significado viciado y falso que muchos creen que hace de España objeto directo de la oración, cerrándola… ¡no, hombre, no!. Es curioso comprobar como el Diccionario de uso del español de María Moliner no solo recoge la expresión sin coma, sino que erradica de la definición de “cerrar” el sentido original que tenía en la arenga tratada. Al menos es coherente.

La vida moderna es dura. Pero a algunos les afecta más que a otros. Insisto en que la explicación del origen y significado real de esta expresión puede no haber dejado tranquilos a los amigos de toooooodas las “civilizaciones” –respeten o no los derechos humanos-. Para estos, un ataque –físico entonces, verbal, por ejemplo, ahora- a alguien distinto a ellos –respete o no los derechos humanos- supone delito mortal. No era mi intención inquietar a nadie, si es que lo he hecho. Al fin y al cabo, esto es sólo un pequeño espacio dedicado a la lengua. Lo siento. Por cierto, en las Navas de Tolosa, finalmente, no sin esfuerzo y por tanto gloria, vencieron los buenos… con perdón.

viernes, abril 21, 2006

Gallegos

Navegando la llamada “red de redes” uno sabe que puede encontrar cosas de todo género: ora curiosas, ora perversas, bien amenas, bien soporíferas… Correctamente se dice que, en Internet, podemos encontrar de todo. Y si antes hablamos de corrección política, antes algunos hubiesen hecho el tonto…

E imagine que me encuentro en un periódico digital con la noticia de que un Diputado del BNG, que, para su vergüenza, diremos que se hace llamar Bieito Lobeira, ha pedido a la Xunta gallega que “adopte las medidas necesarias” para que la RAE retire del diccionario la acepción de gallego como “tonto” –en Costa Rica- y “tartamudo” –para El Salvador-. Según la preclara mente de Lobeira y, suponemos, el partido que lo soporta, suponen definiciones “vejatorias y peyorativas” para los gallegos.

Uno de mis mejores amigos es gallego; es casi un hermano. Con esto no quiero legitimarme –y ahora continúo- para decir lo que sigue a continuación, sólo pretendo informar al lector de que he hablado con él sobre el asunto en los sinceros, directos y rigurosos, aunque cercanos, términos con que siempre lo hacemos. Como buen gallego comprometido en los asuntos de su tierra y la nuestra, de los de siempre, de los de estirpe y frente alta, se siente igual de orgulloso de su terra que de su tierra. Y así lo pregona por todo el mundo, como buen galego. Es él el que me ha inspirado los párrafos que siguen.

Muy probablemente, el origen de esa forma de conocer a la gente de corto alcance mental, de esa manera de insultar por allí, provenga del tipo de gente que emigró hacia América, sobre todo desde los siglos XVIII y XIX. En palabras de mi amigo, “esa persona de la Galicia profunda, que fue la que emigró a Latinoamérica, es confiada y de palabra; para ese gallego vale más la palabra que el papel, el honor es importantísimo”. Es fácil entender que pronto el gentilicio pasó a ser motivo de chanza, tras unos cuantos tratos beneficiosamente incumplidos, en los que se sabía de antemano que una “estúpida” sacudida de extremidades valía para engañar al recién venido. Igual de fácil que en Argentina, Colombia, Uruguay y las Antillas la proporción de emigrantes de Galicia convirtió al gallego en sinónimo de español; igual de injusto pero mucho más enfadoso. No me molesta que me llamen gallego allí, pero sí que se utilice su nombre para insultar.

Sin embargo, me dice mi hermano, “no tienes porqué acomplejarte cuando no eres inferior”. De ahí partiremos para nuestro obligado análisis político de la cuestión. Yo no soy gallego, pero me molestaría si algún pueblo utilizase mi gentilicio regional o nacional para designar a un “tonto”, mas… ¿qué derecho me arrogo si pretendo erradicar esa realidad de una obra referencial, de un testigo de la realidad y el habla como es el diccionario de todos los hispanohablantes?. Sólo un político podría tener tal atrevimiento; y, se me permita o no, sólo un ala concreta de nuestros políticos tiene tal impudicia en pretender manipular de maneras tan descaradas como ésta la realidad. El gallego de siempre no se ve perjudicado por ese uso peyorativo. ¿Quién se cree el diputado Lobeira para exigir la retirada de una realidad del diccionario?. Si ésta es ofensiva, que lo es, no queda más remedio que solicitar medidas en el origen: en Costa Rica y El Salvador; si de verdad te preocupa, hablarás con las autoridades del país y solicitarás y apoyarás campañas por el uso de adjetivos sustitutivos.

Lo propuesto no es sino una venda en los ojos, un parche mal puesto, un chicle en un pinchazo. Además, con un agravante: desde este mismo blog hemos propugnado varios cambios en el DRAE, entre ellos, el más importante, el publicado recientemente a favor de la inclusión de la voz pindio, -a; no obstante, siempre ha sido desde el respeto más absoluto: esta gente, sabiéndose políticos, no dudan en recurrir a sus herramientas para sus perversos planes. Se ha llegado a hablar hasta de “proyectos no de ley” referidos a esta “iniciativa”. Insisto: ¿quién se cree esta gente para pretender modificar la realidad utilizando las herramientas del estado de derecho?, ¿en qué tipo de seguridad repelentemente burocrática, de qué forma tan despreciablemente administrativa se mueven estos politicuchos para, de manera tan suelta y alegre, pretender la manipulación de… ¡¡¡una acepción de diccionario!!!?.

Cuando uno pretende una modificación –concretamente adición- justa y respetuosa del DRAE, encontrarse con cosas como ésta da urticaria; pero me estoy poniendo ya la pomada. No conocen otra forma, no saben de más medios. Sólo usar su poder político… cosa que ¡ojo! no estaría mal de suponer una causa más noble o ajustada a realidad… pero ¿para cambiar la descripción del DRAE de un hecho?. En el colmo de la falta de cosas que hacer… solicite una queja formal del Ministerio de AA. EE… quede en ridículo, Lobeira, no haga propaganda.

Porque, al final, a la conclusión a la que hemos de llegar es que la iniciativa tiene un triple origen que resulta innegable:

1.el tratado “burocraticismo” –y no quiero decir “burocracia”- que hace que determinados sujetos, elegidos por sus partidos, se muevan por cortes, despachos, parlamentos y restaurantes del más alto nivel como cerdos en la porqueriza.

2.la afición de determinada opción política en España a manipular la realidad en su conveniencia. Siendo a lo que están acostumbrados, un simple diccionario no puede suponer un obstáculo. Los lemas repetitivos y simples, las mentiras repetidas mil veces para hacerlas verdad, son obras de ingeniería comparadas con la simple aprobación de una moción para modificar… ¡¡¡un nimio diccionario!!!... votan todos los días, por Dios… le dan al botón todos los días…

3.la persistente sensación de que aquí hay algo más. Esta “iniciativa”, para la gente de mínimo trasfondo cultural es una auténtica estupidez. No obstante, enerva. Enerva por igual a la gente que no entiende cómo un cargo electo puede pedir que se elimine una realidad del diccionario y a la base social de su partido, la que, a estas alturas, estoy seguro que cree a pies juntillas de que se ha de utilizar toda la despreciable maquinaria de la Administración, que dominan a placer, para intervenir una institución como la Real Academia de la Lengua. Propaganda.

Las comparaciones con los nazis suelen ofender. Yo voy a hacer una, sin querer resaltar más que los evidentes paralelismos, tras el uso de la peligrosa publicidad pervertida con fines políticos. Después de los soviéticos –cronológicamente- nadie tiene duda de que los alemanes de entreguerras –y durante la SGM- fueron los mayores perfeccionadores y utilizadores de la propaganda política. Joseph Goebbels infundía tanto temor a los judíos alemanes con sus documentales, como enfado e ira contra ellos en los alemanes de a pie. Mucho parece indicar que, más que finalmente modificar la realidad del diccionario –intención que, en cualquier caso, denota todo lo que hemos denunciado aquí-, lo que se pretende es encrespar a los que ven esto como una ilógica estupidez impropia de un político que dice representar al pueblo y, paralelamente, “dar de comer” a la parte más radical y descerebrada masa de los trescientos doce mil votantes del Bloque Nacionalista Gallego.

No he conocido ni a un solo gallego tonto (y he conocido a varios). Uno de ellos es uno de mis mejores amigos. Sus políticos parecen auténticos gallegos… en Costa Rica.

viernes, abril 14, 2006

Lo "políticamente correcto"

Al César lo que es del César, y hemos de comenzar este escrito reconociendo que, no solo su tema, sino buena parte de su argumento, vienen de una de las animadas charlas mantenidas con un conocido mío, de hace años, de admirable bagaje cultural e inapreciable compañía. Conversábamos acerca de la controversia surgida a raíz de la relectura de las Ordenanzas Reales de Carlos III, datadas en 1768, en las que el monarca prohíbe el porte de la bandera española a “murcianos y gente de mal vivir”. ¿Insulto a los murcianos de bien o nada que ver con Murcia?...

Una de las explicaciones a esta expresión defiende la existencia efectiva, en la época, de numerosos ladrones y delincuentes provenientes del sudeste español, de Murcia. En consulta a la Real Academia Española, por parte de mi interlocutor, ésta le refuerza esa idea: a Carlos III, pues, le importaba tres narices la corrección política… de hecho, ¿qué era la corrección política en el XVIII?¿defender la Ilustración?. Si hay muchos maleantes murcianos, pues bien se les impide a todos acceder al ejército, bien el gentilicio pasa a ser sinónimo de “gente de mal vivir”.

Contradiciendo la “doctrina” de la RAE en este caso, está la explicación más acertada –a nuestro entender-. Actualmente aceptado por la misma RAE en su diccionario, existe el verbo murciar como equivalente de “hurtar”, “robar”. La Academia (¡bravo!) lo hace venir de murcio (ladrón), palabra documentada en castellano desde 1609 en el Vocabulario de Germanía de Juan Hidalgo. Don Joan Corominas establece la indiscutible relación de murcio con el murciélago (antes murciégalo, “ratón ciego”). Así pues, estaba el “murciégalo”, que la gente acortó para, por asociación con la actuación de noche, designar a los “murcios”, que –cómo no, pobrecillos ellos- “murciaban”. Por si queda alguna duda de la relación popular del murciélago con los ladrones a partir, al menos, del siglo XVII y en el XVIII, léase el siguiente fragmento de la definición de Covarrubias de “murciégaco” en su Tesoro de la lengua castellana (1611):

“…Es símbolo del malhechor que se anda escondiendo, o del que está cargado de deudas, que huye de no venir a poder de sus acreedores…”

Si se admite murcio como sinónimo corriente de ladrón desde, como hemos visto, al menos, el siglo XVI, de ahí al murciano sin nada que ver con la preciosa Murcia, hay un paso. Murciano, pues, en las “Ordenanzas Reales de Su Majestad para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus exércitos”, como “persona relacionada con murcios y gente de mal vivir”, en Murcia y fuera de ella… Por cierto, fue Abderramán II quien, al parecer, fundó Medina Mursiya en el año 825 de la era cristiana (no de las suyas). El origen etimológico de nuestra preciosa huerta es limpio: nada que ver con ladrones o cacos

Pero la cuestión de enjundia está ya encima de la mesa: si en realidad lo de “murciano” hubiese ido por los habitantes de la Murcia del XVIII, ¿qué legitimidad asistía a Carlos III para esa generalización si, efectivamente, Murcia hubiese estado plagada de ladrones y gentuza, si la mayor parte de la población de la Murcia de entonces hubiese estado alguna vez fuera de la ley?. Quizá el problema de susceptibilidades que surge sea más complicado de resolver en el caso de la aplicación a gentilicios, no lo niego.

El significado de las palabras es importante, pero si atendemos de verdad a su concepto, no a nuestros complejos y miserias personales. Una sociedad sana sabe que no hay nada de malo en llamar “negro” a un negro, o “enano” a un enano. Veamos sus pretendidos “sinónimos políticamente correctos”:

-“Persona de color”: parece una obviedad pero… ¿de qué color?. El mayor rasgo distintivo de las razas humanas es precisamente su pigmento. Los caucásicos, blancos, los asiáticos, amarillos y rojizos los indios americanos… estupidez mojigata que, encima, confunde.
-“Persona bajita”: no es broma, incluso los enanos parecen preferir llamarse así. Desde al menos el siglo XIII, “nano” ha designado a los humanos con problemas de crecimiento. Sinceramente, si yo quisiese llamar a un enano de manera peyorativa, no se me ocurre otra mejor que la que se propone para ser políticamente correctos. “Persona bajita”… ridículo, sin más.

Se puede mantener que el uso pervertido de las palabras originales es el que las carga de connotaciones negativas. Y yo digo que la palabra es la palabra y su significado. Que, en infinidad de casos como éste, es el interior del aludido, sus inseguridades, complejos y miserias, los que convierten “ama de casa” en “mujer que trabaja en el domicilio, totalmente anulada, al servicio de su marido, esposada al hogar y sus triviales quehaceres”. ¿De verdad, objetivamente, es mejor “sus labores”?. En verdad, no hay nada malo en ser ama de casa.

La historia de la palabra-tabú (“sexo”) y su correspondiente eufemismo (“género” –como vimos en otro artículo-), es la historia de la pobreza intelectual, la debilidad social y, últimamente, la dictadura de las minorías frente a la mojigatería de la masa occidental. Si quisiera insultar a un negro le llamaría “negrata” o “mono”, no “negro”. A un enano “dos palmos” o “gnomo”, no “enano”. Si yo me molesto porque me llaman “ojos azules” o “blanco” es porque tengo algún problema con lo que soy, y necesito algún circunloquio que lo esconda.

Se puede cuestionar sobre el problema en que las palabras deriven y se transformen, aunque sea hacia significados con connotaciones negativas; al final, lo que hemos tratado, es toda una problemática que tiene que ver con el desgaste del idioma, su desvirtuación y, en definitiva, la merma de eficacia del castellano como medio de comunicación. Es el efecto antibiótico: a fuerza de usar una palabra sin su significado real la desgastamos, pierde eficacia hasta quedar inútil, y ello nos perjudica a todos.

Después de todo esto, creo que es liarlo todo si completo la prohibición de las Ordenanzas de Carlos III: en realidad, limitaba el acceso a los ejércitos a “gitanos, murcianos y gente de mal vivir…”. Era el siglo XVIII, pero lleve este artículo a su trabajo o reunión familiar o de amigos: la mojigatería que nos invade caldeará la polémica. Diversión asegurada.

viernes, marzo 17, 2006

"Violencia..."

Si hay un tema que última y realmente trae de cabeza a los lingüistas, expertos y aficionados a la lengua castellana, ése es el de la mal llamada violencia de género. La Real Academia, integrada por gente que, generalmente, sabe mucho del tema, se ha hartado de publicar que, en español, el concepto al que se refiere esa mala y pervertida expresión, no se puede designar así.

Género, en español, jamás nombra y/o se refiere a personas. El género puede ser desde un tipo de mercancía a –materia de la confusión- una característica gramatical para designar la distinta condición de cosas o seres. Jamás ha de confundirse con el sexo humano. Un bumerán es de género masculino; un hombre, es de sexo masculino (y, sólo gramaticalmente, “de género masculino”). Un bumerán golpeando a un hombre es... una faena para el hombre. Es parecida la burrada de llamar “patas” a las piernas de un ser humano, con una diferencia: poéticamente, estilísticamente, si alguien es un poco asilvestrado, maleducado o garrulo, podemos tomarnos la licencia. En el caso del género-sexo, es una incorrección semántica de proporciones trascendentales.

Más allá de la justicia o injusticia de limitar toda la dimensión de un grave problema social sólo al paréntesis del despreciable machismo, no se puede llamar “violencia de género” a “algo” que se quiere definir como “agresiones basadas o referidas a/en la condición sexual de los intervinientes”. Según eso, son las palabras las que se maltratan entre ellas; es el mazo el que machaca a la flor; no Manuel a Lola.

Llamadlo “violencia de sexo”, que es la traducción al español de lo que intentáis utilizar; haced como en la mayor parte de Sudamérica, que dicen principalmente “violencia intrafamiliar”. Esa expresión, junto con otra de mis “alternativas favoritas”: “violencia doméstica”, no sólo dan una definición más lingüísticamente aceptable (y por lo tanto cultural, etimológica y lógicamente), sino que, además, extienden la descripción del problema social real a un ámbito más extenso y auténtico: el conjunto de la casa, en la que un miembro de la familia se cree con derecho de uso de la violencia física –por razones a explicar- sobre los otros.

Decimos “de género” por contaminación anglicista: en inglés, gender, ha venido a denominar el sexo de las personas (en este idioma sí). A pesar del origen latino e unívoco del vocablo (gender), varios expertos coinciden en que fue el comportamiento “purista” de ciertos sectores anglosajones los que convirtieron en tabú la palabra sex, sustituyéndola por su, en cierta rebuscada forma, equivalente gramatical. De ahí al cambio en el español actual… sólo un paso.

La errónea expresión ha saltado a la comidilla del foro público por -además de la actualidad informativa- la aprobación de un nuevo proyecto legislativo. ¿Y por qué el Gobierno del 14-M de 2004 mantiene la denominación de la ley, a pesar de la recomendación de la RAE de cambiarla por Ley integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo?. Para mi, la evidencia de una expresión muy radicada, bastante usada, por muy incorrecta e ilógica que sea, da la clave: el Gobierno, hoy actual, precisa de publicidad de su labor legislativa; necesita que su trabajo se conozca, y más en lo que se refiere a materias sociales o populares. Si la gente ya ha asociado la “violencia de género” a la tan en boga de defender “causa feminista”, se supone que la partida política está ganada. Grave error (de los votantes, no de los gobernantes que bien saben lo que hacen) el obviar a los niños y personas que quedan fuera de esa incorrecta e injustamente limitada definición del problema social real.

El género es sólo una categoría gramatical y si los gobernantes no lo dejan claro a su pueblo es porque prefieren unos votantes sin lenguaje; sin la perfección de un heredero del latín. La importancia que tiene en el pensamiento la perfección de un sistema lingüístico y la desidia en el uso y planes de estudio con evidentes y premeditadas carencias en el latín, nos darán la clave del éxito de determinadas políticas descerebradas del futuro.