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domingo, mayo 25, 2008

El catecismo del modismo (II)

Ya hubo una primera entrega... y habrá más. Continuamos ahora con nuestro particular "catecismo" del modismo español, ordenado alfabéticamente.

"A todo trapo"
Como muchas otras expresiones y modismos (no será la última vez que lo dejemos escrito en esta serie) este tiene origen en la jerga marinera. Hay veces que nos olvidamos que el territorio cuna del castellano es una isla unida al continente europeo, una península "rodeada de agua por todas partes menos por el istmo". Así, ese "trapo" son las velas de los barcos. Navegar "a todo trapo" es navegar con todas las velas desplegadas y, por tanto, a la mayor velocidad posible. En sentido figurado, precisamente eso significa hacer algo "a todo trapo", deprisa, rápida y ágilmente.

"A troche y moche"
No encontrará "troche" en el diccionario. Sí lo hará en el caso de "moche", pero con un significado que nada tiene que ver con lo que tratamos (los pueblos amerindios no juegan ningún papel aquí). Es, por tanto, un modismo de los "buenos", de los que hacen justicia a su nombre: o estás sumergido en la cultura hispánica o te quedas sin saber su significado. El modismo en cuestión se usa para significar algo que se hace siempre, con cualquier escusa, de cualquier modo y manera. En Argentina, además, la expresión toma un cariz más moneterio, aludiendo al que gasta sin conocimiento, medida o prudencia. Su origen podría estar en el léxico rural, aludiendo a la acción de "hachar" sin control, talar árboles de manera descontrolada. Según esa teoría, el modismo estaría también emparentado con los verbos "trocear" y "mochar", también propios del argot del leñador.

"Ancha es Castilla"
"¡Ala! Ancha es Castilla". Es una expresión muy popular en España para recriminar a aquel que actúa sin poner freno a lo que hace, sin atención a normas. De manera menos reprochadora, se puede decir ante las grandes posibilidades que se le abren a alguien a la hora de plantearse llevar a cabo alguna tarea. Como la vieja "¡Santiago y cierra, España!" tiene origen en los duros pero gloriosos tiempos de la Reconquista. Después de tener bajo control un territorio arrebatado a los moros, surgía la necesidad de dar sentido a esas tierras, nacía la preocupación porque la guerra hubiese servido para algo: había que poblar lo ganado. Los distintos reyes ofrecían terrenos y facilidades a aquellos que quisiesen establecerse en los dominios recién conquistados, a la hora de elegir, surgía la duda... ¿dónde? Pues... ¡ancha es Castilla!

Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 11 de julio de 1561 – ibídem, 23 de mayo de 1627)"Ande yo caliente, y ríase la gente"
"Mientras yo esté feliz, que el resto diga lo que le dé la gana". Simple pero efectivo y muy habitual, porque las envidias suelen despertar críticas, ante las que este buen modismo suele resultar certero y desvastador. Aunque algunos sitúan su nacimiento antes, lo cierto es que, por haberlo popularizado y aún haberlo hecho universal, el padre de la formulación de esta idea (que no la idea en sí, claro) fue don Luis de Góngora y Argote.

De hecho, no se me ocurre una mejor manera de concluir esta entrega del "catecismo" del modismo...


Ándeme yo caliente
y ríase la gente

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno;
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
el Principe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quién las dulces patrañas
del Rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.

Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.

Pase a media noche el mar,
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.

Pues Amor es tan cruel
que de Príamo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente

domingo, noviembre 18, 2007

El catecismo del modismo (I)

Me he propuesto escribir un nuevo catecismo. Será por entregas y responderá, más o menos, a la segunda acepción que el actual DRAE da para esa palabra: “obra que, redactada frecuentemente en preguntas y respuestas, contiene la exposición sucinta de alguna ciencia o arte”. Digo “más o menos” porque no será en forma de preguntas y respuestas y la ciencia o arte no será tal, sino una batería escogida de modismos españoles… ¡y lo bien que va a estar!

“A la vejez, viruelas”
Manuel Bretón de los Herreros, 1796-1873Lo usamos cuando describimos la actitud de personas de edad avanzada en actividades consideradas poco propias de sus años que, por tales, pueden, a veces, resultar peligrosas o perjudiciales. Al parecer, en los siglos XV y XVI se denominaba “viruelas” a todas las afecciones de la piel (a la viruela también, claro). Entre ellas se incluía el clásico acné juvenil, propio de las edades mozas, de ahí que “a la vejez viruelas” relacione la edad avanzada con un mal de adolescencia. La obra de Manuel de Bretón y Herreros, precisamente llamada “A la vejez viruelas”, escrita en 1817 y donde dos ancianos se enamoraban, reforzó literariamente la extensión y significado del modismo. Ya Leandro Fernández de Moratín en su “El viejo y la niña” (1794) había puesto en boca del personaje de Muñoz:

"Si todo el infierno
viniera a casa, no juzgo
que hubiera más embelecos
¡Caramba! Es cosa de chanza.
¿Yo agazaparme? Primero...
¡Digo! ¡A la vejez viruelas!
Yo debo de ser un leño,
un zarandillo, un..."

“A la virulé”
Tener algo “a la virulé” es tenerlo en malas condiciones, revuelto, amoratado (particularmente una parte del cuerpo y especialmente aplicado hoy en día al ojo). Proviene del francés, “bas roulé” que significa, literalmente, “bajo vuelto”. Se aplicaba a la moda proveniente de aquel país que hacía a las gentes doblarse las medias y calcetines en su extremo. En España nos resultó aquella una manía rara y retorcida (nunca mejor dicho) y lo comenzamos a aplicar a lo revuelto, doblado, curvo o, como en el caso del ojo, lo fuera de su sitio, de lo normal.

Juan Prim y Prats (16 de diciembre de 1814 - 27 de diciembre de 1870“A mí, plin”
Es atractiva (ya saben, por histórica y demás) la teoría que por ahí corre que relaciona el origen de ese “plin” con el general español Juan Prim y Prats. Cuando alguien usa esta expresión, quiere significar que el objeto de su discurso le importa poco más de tres narices o un pimiento… poquito, vamos. Como digo es improbable la corrupción del apellido de don Juan para conformar el modismo, pero hasta se ha creado una teoría con corpus y todo. Dicen que “a mí, Prim” sería lo que podría responder alguien que, tras ser preguntado por sus inclinaciones políticas en ese XIX español tan revuelto, quisiese significarse cercano al general miquelete. Lo más probable, no obstante es que "plin" tenga origen popular expresivo, sin más. Por cierto que ese “mí”, para entendernos todos, ha de ser con tilde (ya que es el pronombre personal y no el posesivo, apócope de “mío” que es sin ella –“mi”-).

“A palo seco”
Usualmente suele ser comer algo sin bebida que lo acompañe pero, como extensión (aunque ya se ha extendido bastante su uso desde su origen, ya verán) se puede aplicar a hacer cualquier cosa sin una herramienta, acción o lo que sea acompañante típico y normal. En un principio fue expresión propia del argot marinero (como tantas y tantas cosas en el idioma proveniente de este istmo español –ver La homonimia marinera, como ejemplo-). Así, “navegar a palo seco” era hacerlo, según el DRAE, “con las velas recogidas”. La expresión desembarcó y ahora se usa con el sentido que explicamos y conocemos. En 1608, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl escribía su “Viaje a la América meridional”; en él dijo:

“…y el viento por el sur, saltó repentinamente al oeste á las dos de la tarde con tanta fuerza que obligó á aferrar todas las velas y hacer capa á palo seco, no siendo possible que aguantasse ninguna segun la violencia de las ráfagas…”

Francisco Martínez de la Rosa (Granada, 10 de marzo de 1787 - Madrid, 7 de febrero de 1862)Doscientos y pico años más tarde el político liberal y escritor granadino Francisco Martínez de la Rosa dejó, en su “Amor de padre”, el otro uso del modismo plasmado; decía el personaje del capitán de la citada obra, en la escena V del acto III:

“Recoged ahora esos trebejos... Llevémoslos a la cueva; los juntaremos con los demás, y cuando estemos todos reunidos se hará el reparto como es regular... Pero así que cada cual haya guardado lo suyo, si otro se atreviese ni siquiera a mirarlo... Ya sabéis que no necesito alguaciles ni verdugos para hacer justicia a palo seco”

Dos Presidentes del Consejo de Ministros en el XIX para esta primera entrega del “Catecismo del modismo”… no está mal… no, es curioso. ¡Nos vamos! ¡Nos vemos!

viernes, octubre 12, 2007

Pleonasmo repetido

Hace unas fechas exploramos los terrenos de la redundancia, más bien aplicada a los medios de comunicación. Siempre dije que el que tiene boca se equivoca y el que tiene micrófono se equivoca mucho más; dejaré, entonces, el tema de los medios ahí, de momento… Pasemos a la literatura. Por aquel entonces tocamos y explicamos las figuras estilísticas de la repetición (duplicación consciente de términos iguales o marcadamente similares con un objetivo estético) y el pleonasmo (inclusión de términos equivalentes y por tanto innecesarios en la misma expresión que, por ser a posta, añaden valor expresivo al discurso).

El aspecto crítico del pleonasmo me divierte. Me entretiene pensar cuándo nos hallamos ante una redundancia o cuándo ésta es un elegante y elevado pleonasmo. Si usted no goza de “privilegios de escritor” y habla de que un camino se “bifurca en dos direcciones” le señalaran con el dedo como un redundante pues ¿en cuántas más direcciones se puede BIfurcar un camino? Pasará igual si se chulea de que habla “tres idiomas diferentes” (pues tres idiomas son siempre diferentes) o si “insiste reiteradamente” en que le dejen de señalar con el dedo (la reiteración es la razón de ser de la insistencia). Los casos son los mismos que si alguien le habla de una “peluca postiza” o si le recriminan que dé un “portazo a una puerta”, porque, recuerde, las “previsiones con antelación” son obvias y redundantes como los “proyectos de futuro” o las “utopías inalcanzables” o “irrealizables”.

El caso es que si usted escribe o está intelectualmente considerado, podrá hacer uso de estas expresiones, porque siempre habrá alguien que quiera ir más allá de la literalidad y encontrar un sentido a ese uso redundante. El DRAE pone como ejemplo de esa redundancia permitida, de ese pleonasmo, el “ver con los propios ojos”. Todos vemos con nuestros propios ojos, no con los de los demás, por eso, en principio, la expresión es redundante; pero hete aquí que le añade expresividad, valor testifical, viveza y firmeza a aquello que “veamos con nuestros propios ojos” frente aquello que “simplemente” “vemos”.


Los ojos nos dieron un glorioso y recordado pleonasmo, en el primer verso del Cantar del Mío Cid:

“De los sus ojos tan fuertemente llorando,
tornába la cabeza y estábalos catando.”

Manuscrito del Cantar del Mío Cid, conservado en la Bilblioteca Nacional (Madrid)¡Claro, no iba a llorar de las orejas! La teoría académica también dice que “lentas horas” o “largos minutos” son expresiones redundantes o, cuando menos, incorrectas, pues horas y minutos no son rápidos o cortos… son, sin más, pero que se pueden usar pues sabemos del distinto carácter del tiempo dependiendo de nuestro estado de ánimo, lo que estemos haciendo, etcétera. Física, lengua y poesía se dan la mano aquí; el experto en física, no el de lengua, es el que sabe que el tiempo es relativo, que es una magnitud muy deficientemente medida por el Hombre con relojes y cronómetros. Así las cosas, lejos del invento humano que pretende uniformizar segundos, minutos y horas ¡claro que los minutos son lentos –y mucho- mientras llega ella y las horas se convierten en segundos cuando ella está ya conmigo!

viernes, junio 08, 2007

Eñe bonita

Mal me parece que los juegos autorreferentes a la hora de hablar de la eñe estén demasiado en uso. Pareciera que llego tarde a poder titular este artículo como me da la gana, como “La Ñ añorada por Internet” o “Defensa de la eñe sin ñoñerías”. Da igual. Parece que, al enésimo intento, nuestra eñe entrará en la red de redes; así titulan al menos los diarios españoles (“Los dominios ".es" admitirán la letra "ñ" y acentos a partir de octubre”)… y eso es una buena noticia. Repasemos la letra.

Como en tantas y tantas cosas, los territorios romances debieron buscar la forma de adaptar los recovecos de la lengua latina a sus gustos y comodidades. Uno de los embrollos para los bárbaros era el fonema “gn”, propio del latín vulgar. El catalán lo acogió como “ny” (ahora se dice, por ejemplo, Espanya), el francés y el italiano lo dejaron como estaba (“gn”, Espagne y Spagna) y los gallegos –y portugueses- optaron por el dígrafo “nh” (Espanha). Al castellano antiguo le resultó cómodo representar ese sonido con dos enes (“nn”) y así empezó todo. No se crean, por cierto, que resulta muy fácil encontrar palabras con ese sonido que sigan existiendo en todas las lenguas romances a citar –por ello he tenido que usar la facilona “Espanna”-.

Ese uso castellano arcaico del dígrafo “nn” para el sonido eñe actual es fácilmente observable en la cándida y adorable obra del primer poeta de nombre conocido en español: Gonzalo de Berceo y sus “Milagros de Nuestra Señora”. Con su cuaderna vía clerical que pretendía acercarse al gusto vulgar para enganchar (éste sí sabía lo que era el marketing y no nosotros, que lo hemos olvidado) nos encandilaba así en el milagro IX, cuaderna 222 (numeración según Michael Gerli), cuando nos cuenta la reacción de un obispo al que le chivan que uno de sus curas sólo sabe decir misa sobre la Virgen:

Fo dura-ment movido el obispo a sanna,
diçie: “nunqua de preste oí atal hazanna”
disso: “diçít al fijo de la mala putanna
que venga ante mi, non lo pare por manna”

XVI, 352:

Enna villa de Borges una çibdat estranna
cuntió en essi tiempo una buena hazanna:
Sonada es en Françia, si faz en Alemanna,
bien es de los miraclos semeiant e calanna

Y en el XXV, 884… ojito con el diablo que quien de él no se cuida…

Oid, dixo, varones, una fiera azanna,
nunqua en est sieglo la oiestes tamanna,
veredes el diablo que trae mala manna,
los que non se le guardan, tan mal que los enganna

Solo he cogido las cuadernas más representativas. En la Edad Media, generalizando, no debía haber abundancia más que en la pobreza, riqueza en escasez y opulencia de miseria. El papel era a menudo apreciado y escaso y se hacía imperativo ahorrar. Ese dígrafo “nn” comenzó a dibujarse como una sola ene y otra menor encima (lo que hoy llamamos virgulilla). Pero lo explica mejor la primera edición del DRAE en la que la eñe se separó de la ene, la de 1803:

“Decimoséptima letra de nuestro alfabeto, la qual es un carácter á que se ha atribuido en castellano el particular sonido que se percibe en las voces maña, niñez, pañito, mañoso. Los italianos y franceses tienen esta pronunciación y la explican con la gn, y nosotros en alguna voces convertimos la gn del origen en ñ; y así de ignorare latino se dixo en lo antiguo iñorar, iñorante, y hoy decimos tamaño, que viene de tam magnus, y leño de lignum.

En los tiempos más antiguos de nuestra lengua se explicó con dos nn juntas esta pronunciación y algunos se han persuadido á que la tilde sobre la n, como hoy su usa se introduxo para denotar la otra n que se omite al modo que la tilde puesta sobre las vocales se usó freqüentemente en lugar de n.”


Una letra miembro de palabras tan importantes como el nombre de nuestro país, parte del final de tantos y tantos gentilicios en español, de adjetivos tan poderosos como “huraño” y cálidos como “hogareño”, de sustantivos capitales como “niño” o “ñu”… con una historia tan bonita como la que acabamos de contar, merece sobrevivir a “Internet”. Se dirá que la falta de la eñe en los teclados de los países de habla no hispana, e incluso la mediocridad de sus programas informáticos, que no la admitirán, impedirá que la letra llegue allende nuestras fronteras Iberoamericanas. Pero por ahí se empieza. Además, es lo mismo que decir que la reivindicación de lo nuestro frente a la modernidad anglosajona se queda dentro, para nosotros, nuestra cabeza y nuestros hijos… visto cómo se hacen nuestras cosas hoy en día… ¿les parece poco?.

viernes, abril 20, 2007

El calambur no espera... ni manzana

Esta semana descubríamos, gracias a Internet y su comunidad, que la nueva autopromoción del canal autonómico de Madrid, TeleMadrid, y su eslogan, podían ser interpretadas de dos maneras…

Infórmenos sobre problemas de vídeo

Últimamente, los servicios informativos de la cadena han estado rodeados de polémica, ya que algunos de sus trabajadores se han quejado de presiones políticas en el desempeño de su labor periodística. El calambur es una figura retórica que aparece cuando, reagrupando las sílabas de una oración, frase o palabra, estas dan un significado distinto. Si tomamos “espejo de lo que somos”, vemos que fácilmente puede ser “espe jode lo que somos”, y “Espe” es el conocido hipocorístico de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

Felipe Trigo (1864-1916)La palabra “calambur” proviene del francés (calambour), donde significa, literalmente, “juego de palabras”. Entró en el diccionario oficial en su edición de 1927 con ese sentido simple de “juego de palabras” y hemos detectado su primer uso literario (el de la palabra) en una obra de Felipe Trigo de 1905, “Del frío al fuego”. Sin embargo el juego concreto que ahora designa (el de la distinta agrupación de sílabas para distinto significado, desde 1992 en el DRAE) es muy anterior. Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), en retrato de VelázquezProbablemente, el más conocido en castellano es el que tuvo por protagonista y autor a don Francisco de Quevedo y Villegas. Al parecer, éste se apostó que podría llamar “coja”
–que lo era- a la reina Mariana de Austria (esposa de Felipe IV) sin que se ofendiese. Fue entonces cuando, don Francisco (seguro que con tremenda facilidad), presentándose ante la soberana consorte como el poeta de corte que era y dispuesto a hacerle un regalo, con dos ramos en las manos, nos obsequió con el ocurrente calambur:

“Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad /es/coja

El calambur (o lo que hoy conocemos por tal) ha sido una herramienta ingeniosísima y común de las adivinanzas que todos escuchamos y recitamos desde niños. Así:

-Blanca por dentro, verde por fuera, si quieres que te lo diga, /es/pera
-Oro parece, /plata no/ es
-Si /el ena/morado/ es discreto y entendido, ahí va el nombre de la dama y el color de su vestido
-No pienses en otras cosas, que las tienes en el mar, /o las/ ves llegar furiosas, /o las/ ves mansas llegar

Famosas plumas han echado mano del calambur para la burla o el enriquecimiento de textos. De ese modo, el capitán español compañero de Pizarro en la conquista del Perú, Alonso de Mendoza (muerto en 1552), escribió:

-Si el /rey no/ muere, el rei/no muere

El dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) puso en boca de dos de sus personajes en una de sus obras…

-¿Éste /es conde/?
-Sí, éste es/conde la calidad y el dinero
Juan Ruiz de Alarcón (1581, Taxco, México-1639, Madrid)Alonso de Mendoza (?-1552)
Volviendo al hoy, lo de TeleMadrid… ¿crítica velada? Los responsables de la agencia de publicidad creadora de la campaña (la prestigiosa Publicis) lo han negado (claro). Lo que resulta obvio es que la promoción, si tuviese ese criticante fin (es decir, si el eslogan fuese un calambur a posta) está muy bien envuelta por la canción (“I´ll be your mirror”, “Yo seré tu espejo”) y el sentido de reflejo de la sociedad madrileña que pudiera querer ser la televisión. Resumiendo, que, como buen calambur, está disfrazado y ofrece las mismas razones para pensar en su sentido unívoco o equívoco, porque… ¿quién le podía decir nada a Quevedo tras su regalo?¿quién podía asegurar que pretendió ofender a la reina –o al menos llamarla lo que era-?

viernes, marzo 23, 2007

"Lúculo cena hoy con Lúculo"

“Lúculo cena hoy con Lúculo” pertenece a ese tipo de dichos con importante trasfondo y significado que se está perdiendo. El hecho de aludir a un personaje histórico, de la época de la República Romana, puede que suponga que, en castellano, no era una frase especialmente usada por el pueblo, sino más bien por las clases algo más cultivadas, pero no deja de hermanarse en su desuso actual in crescendo con “a cada cerdo le llega su San Martín” o “a la moza y a la parra alzallas la falda”

Lucio Licinio Lúculo (118-56 AC) fue un destacado militar romano (convertido a político y prohombre de Roma) cuyo mayor logro fue la victoria en la Tercera Guerra Mitridática (desde el 74 AC). De hecho, si no hubiese sido por la rebelión en las montañas de Armenia de sus propias tropas, hubiese perseguido a Mitrídates hasta el fin del mundo. Seis años después de empezar las hostilidades con Mitrídates del Ponto, Pompeyo lo relevó en el Busto de Lucio Cornelio Silamando y, disfrutando de la gloria bélica –que sus contemporáneos y las circunstancias le otorgarían 3 años después de tener lugar la guerra- se construyó un suntuoso complejo en las inmediaciones del monte Pincio, ya en Roma. Algunos historiadores compararían la opulencia de su villa con la posterior Domus Aurea de Nerón. Parte de las ocasiones que se le ofrecieron para el éxito se las debió a destacarse y darse a conocer siendo el único oficial que apoyó a Lucio Cornelio Sila –cuyo busto podemos ver en la foto de la izquierda- en su marcha sobre Roma (87 AC). Éste le devolvería sus servicios varias veces, en forma de nombramientos y favores.

El caso fue que, en su vejez, entre debates en el Senado van y vienen, intrigas aquí y allá, termas y juergas, los últimos diez años de la vida de Lúculo fueron dedicados al placer, la cultura y a gastar los botines conseguidos en Asia. Eran especialmente famosos los banquetes que daba a sus amigos. La anécdota que hoy nos interesa ocurrió en su palacio, una noche que, sin invitados, sus criados le sirvieron una cena “normal”, suponemos que como la del común de los romanos de su posición. Inquiriendo Lúculo el porqué de tanta “escasez” en su mesa, uno de sus sirvientes se explicó, aduciendo que como no tenía invitados, no habían considerado necesario preparar nada más. Es ahí cuando Lúculo protestaría, con su conocida frase:

“¿No sabías que hoy Lúculo tenía a cenar a Lúculo?”

El cuidado por uno mismo y la crítica contra la ruindad es lo que, a lo largo de los siglos, con ironía y desenfado, nos ha enseñado esta frase a sus descendientes latinos. Hoy en día no está de más aplicarse por norma el cuidar de lo nuestro al menos igual de bien que cuidamos lo que damos a los demás (siempre que nuestro altruismo, compromiso con los otros y buena educación estén fuera de toda duda). En España siempre se ha llevado mucho eso de diferenciar radicalmente las formas cuando estamos en presencia de compromisos y cuando estamos en intimidad (solos o con los más cercanos). Y claro, luego eso se nota cuando no queremos que se note… Pensando en Lúculo recordé esas partes de “El castellano viejo” de Larra:

Don Mariano José de Larra“Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo escusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que, se había creído capaz de contener catorce personas que éramos una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo”
(…)
“¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales; que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por que habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?”
(…)
“¡Santo Dios, yo te doy gracias!, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados…”

Si es usted un egoísta que piensa sólo en sí mismo y que es precisamente conocido por ello, ¡deje Fray Antonio de Guevarade leer y olvide lo de antes!. ¡Ególatra!,¡avaro!, el tema de este escrito sólo se defiende si uno se descuida, si uno no ha aprendido a –como se suele decir- “quererse”… Lúculo acabó su feliz última década por, según cuenta la leyenda, una “sobredosis” de un filtro amoroso que le dio un criado, por nombre Calístenes. En España fue conocido gracias a fray Antonio de Guevara (1480-1545) natural de Treceño, actual Cantabria, franciscano y uno de los escritores renacentistas de mayor éxito europeo –ya saben que su falta de fama sólo se debe a un mal: su cuna-. Fray Antonio incluyó en el capítulo XVII de su “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” (1539 y ¡ojo! traducido en los años siguientes al inglés, francés, italiano y alemán) estas palabras sobre Lúculo:

“Era la casa de Lúculo muy freqüentada de todos los capitanes que iban a Asia y de todos los embaxadores que venían a Roma; y como una noche no tuviese huéspedes y su despensero se excusase averle dado corta pobre cena porque no avía quien con él cenase, respondióle con muy buena gracia: “Aunque no avía huéspedes que cenassen con Lúculo, avías de pensar que Lúculo avía de cenar con Lúculo”.”

Ilustración sobre PlutarcoQuiero acabar con una cita del máximo valedor de Lucio Licinio Lúculo, el romano que, a través del túnel de la Historia nos mira para que nos cuidemos de la ruindad y la falta de mimo propio: Plutarco de Beocia y sus “Vidas paralelas”. Allí, la fuente original de la biografía primitiva de nuestro protagonista, al margen de explicar la vida completa de Lúculo –comparándola con la de Cimón de Atenas-, Plutarco justo al terminar de contar la anécdota-tema de nuestro escrito, (atención a los amigos que se gastaba Lucio Licinio) añade esto…

“Hablábase mucho de esto en Roma, como era regular, y viéndole un día desocupado en la plaza se le llegaron Cicerón y Pompeyo; aquel era uno de sus mayores y más íntimos amigos, y aunque con Pompeyo había tenido alguna desazón con motivo del mando del ejército, solían, sin embargo, hablarse y tratarse con afabilidad. Saludándole, pues, Cicerón, le preguntó si podrían tener un rato de conversación; y contestándole que sí, con instancia para ello, “Pues nosotros- le dijo- queremos cenar hoy en tu compañía, nada más que con lo que tengas dispuesto”. Procuró Lúculo excusarse, rogándoles que fuese en otro día; pero le dijeron que no venían en ello, ni le permitirían hablar a ninguno de sus criados, para que no diera la orden de que se hiciera mayor prevención, y sólo, a su ruego, condescendieron con que dijese en su presencia a uno de aquellos: “Hoy se ha de cenar en Apolo”, que era el nombre de uno de los más ricos salones de la casa, en lo que no echaron de ver que los chasqueaba, porque, según parece, cada cenador tenía arreglado su particular gasto en manjares, en música y en todas las demás prevenciones, y así, con sólo oír los criados dónde quería cenar, sabían ya qué era lo que habían de prevenir y con qué orden y aparato se había de disponer la cena, y en Apolo la tasa del gasto eran cincuenta mil dracmas. Concluida la cena, se quedó pasmado Pompeyo de que en tan breve tiempo se hubiera podido disponer un banquete tan costoso…”Inscripción honorífica a Lucio Licinio Lúculo, describiendo su triunfo contra Mitrídates

viernes, enero 05, 2007

El auto de los Reyes Magos

Adoración de los Reyes Magos, 1638, Francisco de Zurbarán, Museo de GrenobleHablamos hoy, día al que pertenece la mágica noche de Reyes, en este caso, del año 2007, de la primera obra de teatro conocida en castellano. Para el profano quizá sorprenda de entrada la similitud del texto con el español de hoy en día, con el castellano actual, antes del importante tamiz del Siglo de Oro. En efecto podemos entender a la perfección lo que alguien escribió hace nueve siglos, ya en nuestro idioma. La fecha consensuada de escritura del Auto de los Reyes Magos (segunda mitad del siglo XII) tan sólo difiere en algo más de un siglo de la aparición de los primeros trazos de castellano en la Historia: las glosas del monasterio de San Millán de la Cogolla (principios del XI). En cualquier caso, Baltasar todavía no era negro, como en este cuadro de Zurbarán. Apuntemos hoy, así, los numerosos misterios y polémicas –discusión entre judíos incluida- de la primera obra dramática que se conserva en español.

De autor anónimo, tenemos un legajo de dos piezas con ciento cuarenta y siete versos de diferente métrica. Está escrito en el espacio sobrante de un códice y lo más probable -con mucho- es que se trate de una transcripción de una obra que hasta entonces se habría recitado de manera oral y/o representado en iglesias y calles, más que de una obra original. La opinión generalizada apunta a que el resto de la obra se ha perdido, es decir, que el manuscrito no contempla toda la historia, aunque sobre esto hay más que decir –más adelante-. El texto no observa en absoluto las normas gráficas modernas de composición teatral (ni apunte de personajes a margen o resumen de los mismos al principio, acotaciones, indicaciones escénicas… quizá por el limitado espacio) y supone no sólo el antecedente del teatro español, si no también de su propio subgénero, el auto sacramental, representación de habitual sentido religioso y/o alegórico que popularizó don Pedro Calderón de la Barca en el siglo XVII.

Resumen
Tenemos cinco breves escenas. En la primera los tres Reyes observan la estrella y discuten sobre su significado. Baltasar decide profundizar a conciencia:

esta strela non se dond uinet,
quin la trae o quin la tine.
¿por que es achesta sennal?
en mos dias [no] ui atal.
certas nacido es en tirra
aquel qui en pace i en guera
senior a a seer da oriente
de todos hata in occidente.
por tres noches me lo uere
i mas de uero lo sabre.

En la segunda los Magos deciden seguir la estrella y qué regalos llevar (detalle importante éste, que luego analizaremos). Como dice Gaspar:

nos imos otrosi, sil podremos falar.
andemos tras el strela, ueremos el logar.


Primera página del manuscrito del Auto de los Reyes MagosEn la escena tercera los Reyes Magos se llegan hasta Herodes, le cuentan su pretensión, su creencia en que ha nacido un nuevo Rey y que la estrella les guía hacia Él. Herodes ve su gozo en un pozo pero, malvado, disimula…

pus andad i buscad
i a el adorad
i por aqui tornad.
io ala ire
i adorarlo e.


En la cuarta parte Herodes pide inquieto a su mayordomo que venga todo su séquito de sabios y todo aquel que le pueda arrojar luz sobre lo que cree que es una amenaza para su trono:

id me por mios abades
i por mios podestades
i por mios scribanos
i por meos gramatgos
i por mios streleros
i por mios retoricos;
dezir man la uertad, si iace in escripto,
o si lo saben elos o si lo an sabido.


En la quinta y última sección los “sabios” dan las razones que pueden a Herodes y dos rabíes se enfrentan sobre el significado e incluso la existencia de las escrituras que profetizaban la venida del Salvador.
Segunda página del manuscrito del Auto de los Reyes Magos

Hechos y misterios
Es precisamente esa discusión –por lo demás breve, muy, muy breve- la que constituye una auténtica novedad en la tradición literaria cristiana. Los Reyes, la Sagrada Familia y el Nacimiento con su Epifanía eran y, desde entonces, fueron tratados a diario en escritos y obras, pero no hay constancia de antecedentes de la introducción de dos personajes judíos discutiendo sobre la justicia y/o verdad de su propio rito. Obsérvese cómo el ¿arrepentido, convertido? segundo rabino habla del error (“nos somos errados”) del judaísmo –o bien de sus sabios, ellos- y de su hipocresía (“porque no la tenemos usada [la verdad] / ni en nuestras bocas es hablada”). La discusión, en suma, es ésta:

[Herodes]
pus catad,
dezid me la uertad,
si es aquel omne nacido
que estos tres rees man dicho.
di, rabi, la uertad, si tu lo as sabido.

[El rabí]
po[r] ueras uo[s] lo digo
que nolo [fallo] escripto.

[Otro rabí, al primero]
¡hamihala, cumo eres enartado!
¿por que eres rabi clamado?
non entendes las profecias,
las que nos dixo ieremias.
¡par mi lei, nos somos erados!
¿por que non somos acordados?
¿por que non dezimos uertad?

[Rabí primero]
io non la se, par caridad.

[Rabí segundo]
por que no la habemos usada,
ni en nostras uocas es falada.


Ahí acaba lo conservado de la obra. Y comienza otra de sus polémicas. De manera general la crítica acuerda que el auto está incompleto, que faltan partes posteriores que no nos han llegado. Desde luego, a favor de esta postura está la inequívoca falta de consistencia o peso de la historia, que no tiene un final claro (Herodes se queda sin saber qué hacer, la discusión parece no acabar, aunque es claro que el autor siempre haría ganar en la dialéctica –como hace en lo que tenemos- al “Rabí segundo”, y no volvemos a saber nada de los Reyes). Sin embargo, eruditos como Hook y Deyermond en un artículo de 1985 propugnan lo contrario: la obra está completa y si falta algo es de tono menor, pues “tanto paleográfica como conceptualmente la disputa de los rabinos tiene que ser la auténtica terminación de la obra”.

Por mi parte, creo ciertas una serie de circunstancias, cuando menos sospechosas: la obra aún con la falta de mayores noticias de los Reyes, podría perfectamente acabar con los dos rabinos, es decir, es un final plausible –recordemos la breve extensión de las escenas y el hecho de que no es una obra hecha para un público que ha pagado por verla y espera una cierta extensión, si no que está pensada para representarse en iglesias y por la calle en épocas de especial fervor religioso-. De manera anecdótica, el punto “final” –el símbolo gráfico- del manuscrito es el más grande de todo el texto; pareciera que el amanuense lo recalcó como fin de la obra (“…terminé”). Además el reconocimiento de la “falta” del pueblo judío por parte del arrepentido “Rabí segundo” podría suponer un buen colofón y “moraleja” para el auto. Un autor –o recolector de tradición oral, no olvidemos- cristiano de la época podría considerar “piadoso” el hecho de recordar a los judíos españoles la necesidad de la conversión a la vera religio. Lo que conecta, como mostraré, con el siguiente misterio: ¿dónde fue escrita la obra?.

Campanario de la catedral de ToledoTambién para esto la crítica tiene una opinión unificada, también existen voces discordantes y también aquí cada uno tiene sus cabales argumentos. De manera general, se cree que el manuscrito pudo pertenecer a la escuela de la catedral de Toledo; es fácil pensar incluso en una representación en la catedral en épocas navideñas. Falta un siglo para el reinado de Alfonso X “el Sabio” cuando se cree que se escribe el Auto de los Reyes Magos, pero Toledo ya encarnaba el ideal de ciudad en la que “juntos, pero no revueltos” convivían cristianos, judíos y moros en un ambiente cultural muy ligado a lo religioso, pero dinámico y en continuo avance –jamás acepté esa visión de la Edad Media como época de oscurantismo artístico y cultural, ¡qué hubiese sido de lo que siguió y de nosotros sin ella!-.

Algunas características léxicas –como ciertas anomalías en las rimas- hacen dudar a críticos como Rafael Lapesa, quien, en 1954, estableció su tesis de la filiación catalana o gascona del autor. Quien nos intriga, por su separación de la tesis “oficial” toledana con consistentes argumentos, es Gerold Hilty, que, en 1981, derriba la posición de Lapesa atribuyendo las incorrecciones a la falta de fijación del castellano en la época o a descuidos del copista –algún día alguien explicará porqué hay más hispanistas “guiris” que españoles-. Hilty hace venir al manuscrito, directamente, de San Millán de la Cogolla, La Rioja, o algún monasterio adyacente.

Existe un dato que podría declararse a favor de la tesis de Lapesa pero que, tras la contestación de Hilty, lo que hace es colocarse en los haberes de don Gerold y alejarnos de la filiación toledana: la función que los personajes de los Reyes otorgan a los regalos que llevarán al recién nacido… nuevo misterio. Baltasar, siempre el que se demuestra más escéptico, en la segunda parte propone:

oro, mira i acenso a el ofreceremos:
si fure rei de terra, el oro quera;
si fure omne mortal, la mira tomara;
si rei celestrial, estos dos dexara,
tomara el encenso quel pertenecera.


Es decir, el nuevo Rey ha de aceptar el incienso y rechazar los otros dos presentes, mundanos. Lo importante de esto es que ese detalle no es bíblico; de hecho es representativo de ciertos poemas narrativos de la época, de origen francés. Eso, gracias al camino de Santiago, en plena efervescencia en el siglo XII, nos acerca más a La Rioja que a Toledo. Recordemos que el castellano es aún una lengua joven –un simple dialecto romance del latín- y, a poco de su nacimiento en algún lugar entre el actual País Vasco, La Rioja… es de esperar que gozase de más fuerza allí que en el resto de la península (hasta que se impuso, poco después). Puede que, probablemente, en Toledo se hubiese escrito en latino.

San Millán de la Cogolla con el monasterio de Yuso al fondo

Desde luego no dejan de ser indicios y claro que en Toledo habría personas que hablasen el primitivo castellano, así como abades, juglares o clérigos que, tras un viaje o una vida en el Norte de la península, tenían influencias francesas…

La tesis
Por mi parte, vistas las evidencias, no observo inconveniente en hacer salir la obra del entorno riojano, en consecuente onda expansiva de la explosión de español que había tenido lugar un siglo y pico antes; el tema francés de los presentes al Niño es demasiado significativo, así como que una obra así se transcribiese al castellano. Es bastante probable, igualmente, que hablemos de una transcripción de una tradición oral (no de una obra original) y que el texto esté cortado por una razón tan simple como prosaica: se acabó el espacio -recordemos que aprovecha al máximo el hueco sobrante del códice en el que está escrita-. Sin embargo, acuerdo con Hook y Deyermond en que la discusión de los rabinos, por inusual, parece un elemento principal de la obra, "culmen ideológico". Es decir, el amanuense escribió lo que quiso -o lo que le cupo- pero la historia original debió ser más extensa. La transcripción pudo ser hecha de manera sinóptica, intentando adoptar el contenido de la obra al espacio disponible...

Sin más pruebas, la deducción no deja de ser un puro ejercicio de probabilidades... pero si hablamos de probabilidad… lo más probable es que el Auto de los Reyes Magos siga siendo un apasionante cúmulo de misterios y atrayentes datos histórico-lingüísticos.

Textos completos en la Red:
-http://www.fh-augsburg.de/~harsch/hispanica/Cronologia/siglo12/Magos/mag_auto.html
-
http://w3.coh.arizona.edu/projects/comedia/anonymous/autorm.html

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viernes, diciembre 29, 2006

Navidad, dulce Navidad (+audio)

Sigamos ahora con el impulso último que ha tomado este rincón de la lengua por acercarnos cada vez más a los más conocidos artífices pasados de nuestro castellano actual. Acordes con las fechas, hemos decidido meternos de lleno en la Navidad. Tiempo religioso por definición, seleccionamos unos pocos textos relativos a estos días de unos cuantos autores principales en lengua castellana. Siempre que podamos y tratemos un autor en ECA lo haremos jalonando el artículo de algún texto suyo; en esta ocasión, si queremos incluir un poco más, respetando el espacio máximo para cada artículo, hemos de reducir nuestra participación. El sonido que lo acompaña testificará sobre nuestra labor, y bien podría mostrarse a los niños, ponerse en las frecuentes y buenas reuniones familiares que abundan estas semanas o… disfrutarse en soledad. A mí sólo me queda desearles de corazón feliz Navidad, próspero Año Nuevo y agradecerle a Eva Pilar su colaboración en la versión sonora de este artículo, que es más compilación de textos que nunca.

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Quiero empezar por una breve pieza de uno de mis poetas favoritos: Juan Ramón (Moguer, 1881-Puerto Rico, 1958). Premio Nobel en 1956, es seguro que todos debemos perdonar a sus colegas contemporáneos quienes, algunos con reconocido nombre, nunca le perdonaron (y aun le ridiculizaron y acosaron) que no hiciese arte combativo, literatura política, en lugar de su “arte por el arte”, el arte desnudo, bello, sin más. Esta composición está sacada de sus “Borradores inéditos”. (Posición en sonido: 00:00)

Jesús, el dulce, viene...
Juan Ramón Jiménez


Juan Ramón JiménezJesús, el dulce, viene...
Las noches huelen a romero...
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría...
Mas la celeste melodía
suena fuera...
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma...

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!

No podía faltar en esta pequeña relación un escritor puramente religioso. En un campo en el que España tiene el primer lugar práctico histórico, el misticismo cristiano, Juan de Yepes Álvarez, San Juan de la Cruz, (Fontiveros, 1542-Úbeda, 1591) se eleva como figura principal junto con Santa Teresa de Jesús, y nos ofrece este romance. Lo hemos escogido porque acaso pareciera que San Juan nos escribió esta composición en el siglo XVI (introduciendo la mala costumbre de convertir las bodas en transacciones comerciales –con el detalle de las joyas-, relacionándolo con el dolor del Niño del Nacimiento) para nosotros, los del XXI, donde la Natividad quizá se convierte en algo demasiado comercial, en exceso material y económico. (Posición en sonido: 00:44)

Romance del Nacimiento
San Juan de la Cruz

San Juan de la CruzYa que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía,

abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en su pesebre ponía,

entre unos animales
que a la sazón allí había,
los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,

festejando el desposorio
que entre tales dos había,
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa
al desposorio traía,
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro
tan ajeno ser solía.

El nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Matagalpa, 1867-León, 1916), también estará presente en nuestra cita con esta bella e íntima
–como siempre en él- composición sobre los Reyes Magos de 1905 (posición en sonido: 01:30):

Los tres Reyes Magos
Rubén Darío

Rubén Darío–Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!

–Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
¡La blanca flor tiene sus pies en lodo
y en el placer hay la melancolía!

–Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.

–Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor, ya su fiesta os convida.
¡Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la Vida!


Pretendíamos incluir aquí uno de los cuentos que Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1921) escribió sobre la Navidad. Fueron más de quinientos cuentos los que la gallega escribió en su vida y, ni siquiera los dedicados a la Natividad, redujeron su duración normal y cabal, lo que nos impide recoger alguno ahora; queda la mención hecha, el reconocimiento cumplido y la admiración por esta mujer plasmada, creo, en estas líneas.

Acabemos con el más contemporáneo: mi paisano Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987). Miembro de la Generación del 27, obtuvo numerosos premios y reconocimientos literarios a lo largo de su vida (Cervantes, Nacional de Literatura, miembro de la RAE desde 1947…) y hoy nos deja, para acabar, con este “¿Quién ha entrado en el portal de Belén?” (posición en sonido: 02:27):

¿Quién ha entrado en el portal de Belén?
Gerardo Diego


Don Gerardo Diego¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén?
¿Quién ha entrado por la puerta?
¿quién ha entrado, quién?.

La noche, el frío, la escarcha
y la espada de una estrella.
Un varón -vara florida-
y una doncella.

¿Quién ha entrado en el portal
por el techo abierto y roto?
¿Quién ha entrado que así suena
celeste alboroto?

Una escala de oro y música,
sostenidos y bemoles
y ángeles con panderetas
dorremifasoles.

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén,
no por la puerta y el techo
ni el aire del aire, quién?.

Flor sobre impacto capullo,
rocío sobre la flor.
Nadie sabe cómo vino
mi Niño, mi amor.

viernes, diciembre 08, 2006

Ramón Gómez de la Serna

Don Ramón Gómez de la SernaSiguiendo con nuestras vidas de literatura, vidas que fijaron y lucieron el castellano, vamos con Ramón Gómez de la Serna. Es una figura fundamental de la Generación del 14, como Ortega y Gasset, Ramón J. Sender o el gran Juan Ramón. Hoy hablaremos de Ramón, a secas, como le gustaba que le llamasen. Nació en Madrid el 3 de Julio de 1888. Su infancia fue la del hijo de un reconocido jurista, sin problemas graves conocidos y con un fácilmente adivinable primer brote de su futura personalidad: positiva, inquieta –sobre todo-, alocada y espontánea, excéntrica cultivada, surrealista para el realismo de observar, deducir e imaginar escribiendo. Como él mismo escribiría años después,

el niño grita: "¡No vale!"... "¡Dos contra uno!", y no sabe que toda la vida es eso: dos contra uno,

porque:

son molestas las medicinas en cuyo prospecto nos llaman "adultos"

y:

cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.

¡Vamos con Ramón y su obra!. El Novecentismo o Generación del 14 supuso uno de los primeros grupos importantes de artistas e intelectuales del siglo XX en España. Al contrario que la anterior generación (la del 98), volcada en España, sus problemas radicales e “intrahistorias”, Ramón, sus colegas del Café Pombo y sus contemporáneos, miran hacia Europa. Y así como Ortega encuentra a Kant o Heidegger, Ramón halla el surrealismo en Francia, siendo el máximo exponente con Valle-Inclán, primero de su entrada en España y, segundo, de su ejercicio en nuestro país desde entonces. El Novecentismo prepara el ejercicio de los llamados “ismos” a partir de la década de 1920, movimientos culturales y artísticos más o menos efímeros (salvo en contados casos) que buscan la innovación y la revolución en las formas de expresión artística. Es en esta época en la que, por ejemplo, se generaliza el plano gráfico en la literatura (con el uso de dibujos y disposiciones caprichosas de los versos de una poesía, pongamos por caso), en la que la modernidad y las máquinas protagonizan textos o en la que una obsesión por la innovación, partiendo de cero, hace cuestionar la existencia misma del arte y la literatura.

La tertulia del café de Pombo, de José Gutiérrez Solana (1920). Gómez de la Serna está de pie. Es el retrato prototípico del Novecentismo. Museo Nacional Reina Sofía, Madrid En ese revuelto contexto –y eso que no hemos hablado de la situación política-, Sigmund Freud abre la veda del “yo” interior, animando –consciente o inconscientemente- a su expresión, su liberación. Ramón recibe el mensaje alto y claro y, como todos, esclavo de su tiempo, quita las vallas de su mente, inventando la greguería. Quién sabe qué Dalí o qué Buñuel hubieran existido de faltar Ramón y su obra. Humor absurdo –surrealista, claro-, ora trascendental y de sonrisa con lágrima, ora caprichoso y prescindible, además de condensado. Así,

el libro es un pájaro con más de cien alas para volar,

o

el de los platillos espera, con uno en alto, la orden de la batuta para despertar a los que se han dormido,

e, incluso:

el lector, como la mujer, ama más a quien más lo ha engañado.

Seguro que ese carácter inconformista, excéntrico y ácido fue determinante para permitirle ser uno de los tres miembros no franceses de la Academia del Humor (con Charles Chaplin y el italiano Pitigrilli –Dino Segré-). El humor culto fue una constante en su vida y aunque escribió novelas (El Incongruente, La Nardo, El chalet de las rosas, El torero Caracho, etc.), teatro (Los medios seres, El doctor inverosímil) y biografías destacadas (Goya, Quevedo, Valle-Inclán, etc.), pasó a la Historia por sus greguerías, miles de pequeñas composiciones humorísticas (“desenfadadas”, cuando menos) o simplemente ingeniosas, asociando ideas, revelando surrealistas metáforas, como:

al calvo le sirve el peine para hacerse cosquillas paralelas,

o

el manco de los dos brazos se quedó en chaleco para toda la vida,

y

un jorobado parece un humorista que se burla de nosotros que no nos podemos burlar de él, porque seria innoble.

Tras la guerra civil, Ramón se exilia voluntariamente a Argentina. No fue muy activo políticamente, ni especialmente significado por su apoyo a ningún bando, aunque el hecho de que, sin razón aparente, saliese de España para no volver hasta su muerte más que esporádica y brevemente, hable bastante claro. No fue político. Como buen novecentista buscó el arte por el arte –actitud que injusta e insidiosamente denigrarían y aborrecerían los de la Generación del 27- y la política no era para él, creemos, más que otra fuente de amargura. Y es que, mientras sentenció que

el capitalista es un señor que al hablar con vosotros se queda con vuestras cerillas,

contrapuso que

los socialistas son los que sólo saben que son socialistas,

dejó claro que

cuando oigo decir "la tea de la revolución", me parece oír "la tía de la revolución",

y, con más razón que un santo, estableció que

un político con cara de foca es un político ideal.

Muere el 13 de Enero de 1963 en Buenos Aires. Diez días después sus restos llegan a Madrid donde es enterrado en el Panteón de hombres ilustres de la Sacramental de San Justo, junto a otro grande, enorme: Mariano José de Larra.

En el prólogo de la edición de 1960 a sus Greguerías, se ve a un anciano Ramón confesando y buscando un último reconocimiento, descubriendo mejor que nadie –lógicamente- la génesis del género… de su género:

Desde 1910 –hace cincuenta años– me dedico a la greguería, que nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, frasco por frasco, y los mezclé, surgiendo de su precipitado, depuración y disolución radical, la greguería. Desde entonces, la greguería es para mí la flor de todo lo que queda, lo que vive, lo que resiste más al descreimiento. La greguería ha sido perseguida, denigrada, y yo he llorado y reído por eso entremezcladamente, porque eso me ha dado pena y me ha hecho gracia. Cuando se publicaron por primera vez en los periódicos, muchos lectores se daban de baja. "¡Cámbielas de nombre'.", me decía el director; pero yo me negué terminantemente. Las cosas apelmazadas y trascendentales deben desaparecer, incluso la máxima, dura como una piedra, dura como los antiguos rencores contra la vida. El encuentro con la greguería fue lo que me trajo la suerte. Gracias a las Greguerías he vivido, he conferenciado, he viajado, he tenido contraseña universal.

En realidad, me dedico a la greguería desde mi niñez, y al ama de cría ya le lanzaba greguerías. (…)

La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme. Vivía aún don Jacinto Octavio Picón –secretario perpetuo de la Academia–, y yo estaba harto de don Jacinto Octavio Picón. Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico a los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré. Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, encontré la invención de la "greguería". Sí... Yo quería decir, yo había pensado... recordando el Arno en Florencia... frente a aquella pensión en que habité... que... la orilla de allá... Sí, la orilla de allá quería estar a la orilla de acá... Eso, ese deseo inaudito pero real... Esa perturbación de la estabilidad de las orillas, ¿qué era?... Era... "una greguería", y me acordé de "esa" palabra que no sabía bien lo que significaba y fui al diccionario para ver lo que era...

Y ya siempre greguería será una cosa insustituible, de tal modo que si no se llama "greguería", será inútil que luche por ser "greguería", y además, los demás denunciarán al contrabandista y pronunciarán la palabra "greguería". He ahí un fenómeno y un misterio.

viernes, noviembre 17, 2006

Larra

Mariano José de LarraNo será malo que comencemos a dedicar algo de espacio a la gente que ha contribuido a dar esplendor a la lengua castellana. Me refiero a sus literatos más representativos. Desde siempre he tenido claro el papel del jamón español entre los jamones del mundo y las películas americanas entre la filmografía completa del globo: sobresalen. Cuando hablamos de literatura española hablamos de literatura universal, eso sí, escrita en castellano.

Y es por afinidad profesional que me obligo a comenzar con don Mariano José de Larra. Nace en Madrid –claro- en 1809. Su pensamiento, liberal y afrancesado al final de su vida, nos llama a la primera reflexión: Larra está vivo, es actual y nos puede enseñar muchas cosas. Leída y releída su obra, queda claro que un tema se encarama obviamente por encima de los demás: la preocupación política y moral por España. Preocupación real y apesadumbrada por su país y sus gentes. Siga leyendo, esto le interesa.

Para el observador objetivo de la historia, puede repeler el hecho de que Larra creyese que los franceses podían tener algo que enseñar en la forma de gobernarse a los españoles; pero lo triste es que así era. La clase política comenzaba a roer las entrañas de la patria –como Larra denuncia en toda su obra- y, para el extranjero europeo civilizado, el español –como hoy- era incomprensible espectador pasivo de todo (Fígaro lo denuncia, como decimos, a lo largo de todos sus escritos, pero magistral y famosamente en “Vuelva usted mañana” donde hace reír a todos y llorar a –como siempre- los desdichados lúcidos). Un paralelismo más con hoy en día, siglo XXI, es claro: la fama del Imperio actual está en declive y parece fácil aventurar que la propaganda de dentro de unos años venderá de manera general a los EE.UU., como ya se hace hoy, como el mal absoluto, pasado. Sin embargo, desde hoy podemos decir a esa gente del futuro que, aprendiendo de ellos, nos podrían haber enseñado grandes cosas –como han hecho en bastante medida y como hizo en su día Francia a España, pero no llegará el día en España en que el político corrupto pague de verdad su delito-.


-Vuelva usted mañana- nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana- nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?

Vímosle por fin, y "Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio".

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Fragmento de “Vuelva usted mañana”, 14 de Abril de 1833


El Romanticismo acabó con Larra. Sabemos que, hoy en día, la vena amorosa de los escritores románticos del XIX ha derivado el significado general de esa palabra hacia alguien con habilidad en la expresión del amor. El movimiento romántico era mucho más: paisajes desabridos y bellezas imposibles, cementerios a media noche y amores rotos, danzas con esqueletos y las más bellas composiciones eróticas jamás leídas u oídas. Sentimiento y soledad. Pesimismo y compromiso. Frente a la fría razón ilustrada, el Romanticismo europeo reclama el protagonismo para el interior. Coñac y chimenea frente a ventana mojada o gran luna que ilumina lápidas donde se apoya el papel, eran los escenarios donde se escribían algunas de las obras más grandiosas de la Humanidad. Es fácil imaginar la cabeza de Larra con ese influido pesimismo, la situación objetiva del Imperio español en cercana muerte y su sincera mala suerte en su vida amorosa personal.

¡Y es que es tan actual!. Este es un extracto de “Yo quiero ser cómico”. Hasta la casa de Fígaro llega un muchacho que busca ser recomendado para trabajar como cómico. Aún busco al valiente que me afirme las diferencias con los actores de hoy:


-Sin embargo, como yo quiero ser cómico...
-Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?
-¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?
-No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...
(…)
-¿Sabe usted castellano?
-Lo que usted ve..., para hablar; las gentes me entienden...
-Pero la gramática, y la propiedad, y...
-No, señor, no.
-Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...
-Perdone usted.
-Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.
-Perdone usted, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace usted? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... mire usted...
(…)
-¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para?...
-Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:
-¡Venga usted acá, mancebo generoso -exclamé todo alborozado-; venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío! ¡Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio!

Fragmento de “Yo quiero ser cómico”

Y ahora compárese con las bondades interpretativas de engendros como “Alatriste” –la película, claro-. Aunque bien mirado, todavía tuvo suerte don Mariano… ¡si llega a ver convertidos, como pasa ahora, a los actores –de su clara admiración- en funcionarios –de su amor más profundo y asesino-!.

Y si el tema de Larra, para mí, era su pesimismo justificado, su virtud fue la de hacernos reír en ella, llorando por el fondo, cuyos restos aún sufrimos. En serio, no son sólo palabras lo que lanzo ahora, a poco bien mirado, hablo de los males endémicos de una nación, eterna promesa de gran país. Los retratos de costumbres de las gentes que, desde la creación de la perniciosa clase política española, viven adormecidos en el “que actúe otro ante esa prevaricación” son otro fuerte de Larra. Las vivencias y personajes de la corte, del Madrid de la primera mitad del XIX, son paso obligado de todo el que se quiera formar una buena idea de cómo era aquello (¡tan parecido, pero tan parecido a hoy!). En uno de sus artículos más conocidos –hasta hace poco lectura incluida en los libros de texto de Secundaria, desconozco si sigue ahí- relata la epopeya vivida supuestamente por él, al aceptar de mala gana la invitación de un “refinado” conocido, Braulio, para cenar…


A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas.

(...)

El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. "¡Por San Pedro!" exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. "Pero sigamos, señores, no ha sido nada", añade volviendo en sí.

(…)
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! Sí, las hay para mí, ¡infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro.
-Es preciso.
-Tiene usted que decir algo -claman todos.
-Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.
-Yo le daré el pie: A don Braulio en este día.
-Señores, ¡por Dios!
-No hay remedio.
-En mi vida he improvisado.
-No se haga usted el chiquito.
-Me marcharé.
-Cerrar la puerta.
-No se sale de aquí sin decir algo.

Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.

Delicioso, antológico e inmejorable fragmento de “El castellano viejo”, 11 de diciembre de 1832

Fueron pocos los escritores románticos, aquí y en el mundo, que murieron de viejos. El pesimismo general les acompañaba desde el alba hasta el ocaso y, desde ahí, en las horas de madrugada, tormento interior –creo sinceramente que fue esta la época en la que la madrugada dejó de ser para dormir, a todos los efectos-. En “El día de difuntos de 1836”, Mariano José de Larra describe un primero de noviembre en el que esos vivos que creen ir a visitar a sus finados son los verdaderos muertos. Tras un magistral artículo, es curioso como, al final del escrito, parece querer decirnos que su lucha contra el pesimismo es continua, pero inútil, debido al estado de su interior…


Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro; una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había aquí yace todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

¡Fuera, exclamé, la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia! Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!
¡Silencio, silencio!

Fragmento de “El día de difuntos de 1836”, 2 de noviembre de 1836


Apenas cuatro meses después, con veintiocho años, don Mariano José de Larra, tras una visita de su amante, Dolores Armijo, quien le comunicó la ruptura definitiva de su relación, amartillaba una pistola, se la llevaba a la sien… y disparaba.

viernes, septiembre 15, 2006

Alatriste, Contreras y Ortega (…y el análisis)

(Viene de aquí)

Don José Ortega y GassetY seguimos hablando de letras españolas –que no de lengua pura y dura esta vez, por mucha o toda relación que tengan-. Antes de seguir, hemos de dar las debidas gracias a quien nos sugirió tocar este tema con este sesgo: de nuevo, don Antonio Elegido, gracias; está realizada la donación prometida de la edición de la autobiografía de Contreras manejada para la concreción de este artículo: el libro descansa ya en su biblioteca. Rápidos nos apetece escribir tras la inspiración de don José Ortega y Gasset y su comentario a la autobiografía del capitán don Alonso de Contreras. El lector sensible podrá reír y llorar con estas líneas a su antojo; así lo deseo. Quiero introducir pronto una cita a don José, que debería convertirse en proverbial, en cuanto a sus comentarios sobre Contreras toca:

“Al leer las memorias de Contreras, lo primero con que tropezamos es con su inverosimilitud. No conviene resbalar sobre esta impresión porque es esencial. Se trata, precisamente, de una narración sobremanera inverosímil, a la cual acontece la gracia de ser la pura verdad”.

Otra más. Descriptivamente, cierro el detalle del natural paralelismo Diego Alatriste-Alonso Contreras con otra cita de don José, que aplico, lógica y justamente ahora a Pérez-Reverte:

“Desde entonces –y esto es lo que conviene subrayar- constituyen [las memorias de Contreras] el documento clásico donde absorben su información cuantos quieren describir el tipo de soldado que abrumó la vida de Europa durante la primera mitad del siglo XVII”.

Todo lo dicho en adelante y atrás sobre Contreras, aplíquese con generosidad sobre el gran personaje nacido en 1996 de la mente del académico don Arturo. Alonso, de baja cuna, llega a caballero del Hábito de San Juan, soldado de mérito, temido en ultramar y respetado en casa… ¿o acaso este era Diego?. En aquella España en la que las clases bajas comían croquetas de pollo que tenían más harina que ave, sus estadistas comprenden la necesidad, según nos revela Ortega, de tener un ejército que gane realmente batallas: de un ejército profesional. Fernando el Católico, sin saberlo, en el XV aprovecha la juventud del Estado en el mundo para empezar a construir grandes ejércitos con individualidades; pagadas, sí, pero ansiosos de gloria y convencidos de la justicia de su campaña: ése es el germen del tercio castellano. En una época en la que el Estado, por joven e inexperto, se dedica a “redondear”, a proyectar y dirigir, la aventura es dejada a las personas (al contrario que ahora, donde la guerra, la acción y la campaña es patrimonio de las naciones). Ahí se gesta el personaje de Alatriste y la persona de Contreras, siglo y medio, dos siglos antes de su existencia, cuando, según algunos historiadores –como Geoffrey Parker- España se medía en igualdad e incluso en inferioridad con Francia e Inglaterra en la capacidad de movilización de tropas. Para 1550, según Parker, triplicaba ya el potencial francés gracias en parte, como decimos, a Fernando.

Contreras es amigo personal de Lope de Vega, como Alatriste lo es de Quevedo. Ambos escritores fueron lo que alguna película anglosajona nos ha intentado vender de Shakespeare: de líos de sábanas y espadas, de maridos despechados y aventuras de madrugada, de versos y vinos, chanzas y sables. Por eso se llevan tan bien Lope y Alonso, Francisco y Diego. El perfil de aventurero que existió como español en el XVII, según disecciona Ortega, no reflexiona, es feliz con lo que viene porque, por no planificar, no se hace jamás una imagen de su futuro. Gente así se encuentra la aventura allá donde va: ¿que una leve parada en el pueblo de Hornacho (por Badajoz) se convierte en una excursión a una gruta donde hay unos féretros repletos de armas?, ¿protagonista?, ¡Contreras, claro!. ¿Que se nos retira a acabar sus días de ermitaño y que, al poco, tiene su chamizo rodeado por la mitad de los efectivos del ejército de la zona exigiéndole la “rendición” por un oscuro asunto? ¡Tiene que ser Contreras!.

Hay una diferencia genial entre aquellos hombres y nosotros: entre aquellos españoles y nosotros. En varios pasajes de la autobiografía se menciona al temido “Guatarral”, por las tierras de Indias, al que don Alonso hace huir en alguna ocasión con el rabo entre las piernas. Ese Guatarral no es sino la corrupción fonética de Walter Raleigh (al que se le suele anteponer el sir, pues se conoce que la Corona británica se acostumbró a ennoblecer a piratas que le servían contra España, en aquella época). Antes importaba tres narices cómo dijese ese fulano que se llamaba… “¿a mí a qué me suena? ¿a Guatarral?, pues así lo llamo. No nos van a enseñar a hablar, ¡encima!”. Ahora cuidamos más el idioma de los antiguos bárbaros que ellos mismos. Y estamos prestos a corregir a alguien que pronuncie mal un mal vocablo inglés. Este hecho aislado no sería en sí mayor problema, si no fuese porque es síntoma o ingrediente –que ni alcanzo a saberlo, y me apena averiguarlo- de decadencia y estúpido complejo de inferioridad. Antes eso no existía.

Dice Ortega: “Se podrían extraer de estas memorias varias películas magníficas en tecnicolor” (1943). “Varias”, ¡pues claro!. Eso y sólo eso se merecía el capitán Alatriste: una película bien hecha, “magnífica”. Nada de excentricidades estilo Blanca Portillo como Fray Emilio Bocanegra; nada de “barcos” que cantan a la legua que son escenarios; nada de grandilocuentes, artificiales y visibles despedidas de personajes y actores –Quevedo/Echanove -; nada de obviar ignorante y atrevidamente las características de un corral de comedias del siglo XVII, instituciones fundamentales del pueblo de la época; nada de escenas descoyuntadas con elipsis groseras a más no poder; nada de escenarios urbanos recargados con demasiados extras como para hacerlos reales; nada de chabacanos insertos de un ciervo en escenas de caza. Y justo cuando uno se pregunta cuánto más se contendrá el director en hacer que Anaya enseñe las tetas en una película española… ¡zaca! ahí están sin justificación y acompañadas de publicidad atea, impropia, falsa, inexistente en la época. El final puede decir algo. El orgullo y la acción: eso es Alatriste/Contreras. Desconozco si ha sido la vanidad legítima por la historia patria lo que ha motivado las horas dedicadas a la película por parte de, sobre todo, su director; estaría bien que así fuese, pero a otra cosa, mariposa. Veinte años de funcionariado con sueldo seguro es mucho peso para hacer ahora arte con gloriosa base. Desde luego, una generación como la que describe Ortega en el prólogo a las aventuras de Contreras se merece una historia mucho mejor contada. Conociendo a los “cineastas” españoles, casi es de agradecerles el que no hayan censurado la palabra “España” de la “película”.

Continúa don José en sus extraordinarias notas:

“De quinientos en quinientos años el Asia adelanta una pinza formidable sobre Europa con ánimo de estrangularla. Un brazo de la pinza entra por los Urales y se dirige al Danubio. El otro se corre por el norte de África y llega hasta el Mogreb”.

La lucha hacia 1600 estaba con el Imperio turco. Aquello pasó. Los quinientos años que vaticina Ortega se cumplirán dentro de un siglo, más o menos. Es de prever que para entonces, la “bomba” económica china haya explotado y sostenga ese brazo norte de la pinza. La amenaza del islamismo fundamentalista, en guerra actual con Occidente, puede ser el otro. Pero… ¿y si la conquista del Imperio chino fuese en realidad tan económica y falta de violencia como se puede prever?¿y si la pinza volviese a estar enteramente suscrita por elementos musulmanes?. El brazo sur podría ser el empuje del Magreb –que hoy vivimos en forma de inmigración ilegal masiva e insostenible, “colonización” cultural…- y la norte la existente en Europa, hoy en día… con los europeos. Germen de incontables desgracias del futuro, la falta de orgullo y aprecio por el pasado occidental hacen cada vez más difíciles los sostenimientos de los pilares básicos de nuestra sociedad, como la democracia. ¡Incluso se llega a ver con tintes “románticos” la desigualdad hombre-mujer en el mundo árabe!. Es éste un rincón de la lengua castellana. Por la lengua, invariable e ineludiblemente, la cultura hispano-latina, y es mi obligación advertir del riesgo que ambas corren.

La autobiografía de Contreras, escrita en tres etapas, concluye en el relato de cómo demuestra ante el Marqués de Santa Cruz –miembro del Consejo de Estado-, con hartos papeles, la falsedad y aun ruindad de la acusación contra su persona de ser “capitán de tramoya”.

“Ahora vea Vuesa Excelencia esta patente, licencia y reformación con que echará de ver que lo que he contado es verdad, y que fui capitán de corazas siete meses y tres días.
Mandóme…”


Y como concluye don Fernando Raigosa en sus acertadas (aunque escuetas) notas a la autobiografía del sobresaliente capitán, “Aquí finaliza la parte conservada del documento. El resto se ha perdido”.

viernes, septiembre 08, 2006

Alatriste, Contreras y Ortega (los hechos…)

Es obvio que el capitán Alatriste está de actualidad. Un capitán que no fue tal (que en realidad no fue) y que, desde la pluma de su autor, tiene un trasfondo mucho más amplio del que, en principio, pudiera parecer. En este pequeño rincón de la lengua castellana haremos hueco estas semanas para las letras en español. Este tema en particular da para, al menos, un libro; nosotros lo intentaremos resolver en un par de artículos: en el primero describiremos, en el segundo profundizaremos. Pérez-Reverte da con el personaje allá por 1996. A cualquiera que haya buceado algo en el soldado prototípico del siglo XVII español, no se le puede escapar una idea defendida en los años cuarenta del siglo XX por don José Ortega y Gasset: la autobiografía del soldado don Alonso de Contreras es un referente básico a la hora de describir y entender la vida, motivaciones y circunstancias del aventurero español y, circunstancialmente, del siglo XVII.

El tema, jugoso donde los haya y en el que estoy deseando profundizar, goza de la siguiente cronología:

-Siglo XVII: el capitán don Alonso de Contreras escribe en Roma, por espacio de once días, su autobiografía, que abarca más de treinta años, y que está plena de pleitos, aventuras piráticas en el Mediterráneo, celos, luchas, Don Lope de Vega y Carpio, el Fénix de los Ingeniosespadas, honor, orgullo (religioso y patriótico), amor y vida.

-Mismo siglo XVII: Lope de Vega dedica, en el prólogo de su obra, el “Rey sin reino” a su amigo Alonso de Contreras, convencido de ser un mortal merecedor de trono, de encontrarse en otras circunstancias.

Don Manuel Serrano y Sanz-Principios del siglo XX: el erudito don Manuel Serrano y Sanz recupera para el gran público (en principio más inglés y francés que español, tal es la desgracia del compatriota que sobresale, estar condenado a no ser profeta en su tierra) la autobiografía de Contreras.

Don José Ortega y Gasset-Mediados del siglo XX: don José Ortega y Gasset prologa una reedición en español de la autobiografía, en un jugoso texto, que procuraremos diseccionar y analizar como se merece.

Don Arturo Pérez-Reverte-Año 1996: don Arturo Pérez-Reverte (futuro académico de la lengua) comienza sus entregas del capitán Alatriste, indudablemente inspirado en la autobiografía de Contreras y, en menor medida –estamos seguros- el relato de las aventuras de los pocos demás soldados contemporáneos cuya vida hemos conservado.

La película recientemente perpetrada la hemos de despachar rápido. La misma no es el motivo ni el argumento principal de este escrito (quizá si su excusa o mecha de oportunidad). Metido de lleno en la acertada y bien masiva campaña de publicidad del largo, uno había recuperado la fe. Creía en el buen hacer general (aunque con altibajos) de Juan Echanove, en la habilidad interpretativa de Javier Cámara como el Conde Duque de Olivares y veía en Mortensen una gran oportunidad de proyección internacional. Hasta se había convencido de la segura mano firme de Agustín “Tano” Díaz Yanes tras la cámara, totalmente novel en proyectos de esta envergadura. Todo se vino abajo en la visualización del estreno. Díaz Yanes debió pensar que dirigía uno más de esos panfletos de celuloide que acostumbra a vomitar el cineasta/funcionario español. En cuanto a la película, se han cargado la historia de Alatriste. Ni con medios el “cine” español es capaz de hacer cine; ¿cuál es la excusa ahora?, ¿no será que los americanos hacen mejor cine, en verdad?. El cúmulo de errores de Alatriste se asemeja descorazonadoramente a la selección del, para algunos, gracioso Manel Fuentes como la voz del Cid en aquella película de dibujos. Fuentes le quitó todo el heroísmo real y la carga de fuerza que la figura que doblaba tiene y tuvo en la Historia de España: triste. Se han pasado media vida cobrando por convencernos de que lo español es casposo y cutre: no pueden redimirse con la verdad, de manera creíble, y esperar que nos lo traguemos. Alatriste tiene garrafales errores de nexo en montaje, ridículas decisiones de casting y un “querer y no poder” en las fundamentales escenas de acción que da más rabia que pena. Pero que quede claro que el tema principal de estas dos entregas de “El castellano actual” no es ni la película ni su crítica, si no las relaciones entre Alatriste y Contreras y las de ambos con Ortega.

La novela es otro cantar. Las narraciones de Reverte sin alcanzar (de momento) el grado de “básicas de la literatura española”, sí que recuperaron un género y un personaje para las letras españolas. El orgullo de lo español, el personaje privativo y exclusivo de la tierra que queremos y lloramos como “España” (como se hizo siglos antes –contemporáneamente- con el pícaro Lazarillo/Buscón o la alcahueta Celestina/Trotaconventos) renace y lo hace en forma de orgulloso soldado de los Tercios viejos de Flandes. Nadie había explorado esos terrenos antes con éxito similar y las novelas de Pérez-Reverte cumplen, sin dudarlo, su cometido: entretener, divulgar y concienciar. Las aventuras nos divierten, los trazos históricos nos enseñan y el patetismo de un Imperio en declive nos conciencia del mal endémico español: la propia psique española.

Pero de todo esto, con la ayuda de don José Ortega y Gasset, mandando el espacio y una vez apuntado y enmarcado el tema, hablaremos, Dios mediante, la semana que viene.

(Continúa aquí)