Recuperemos ahora el tema abierto hace unas fechas con el spainglis, o spanglish... ¿espanglish?. No, quedamos en espanglis. Entonces hablamos del preocupante problema de América... mirémonos el ombligo. El que podría entenderse como tema de este artículo, no obstante, "el espanglis europeo", ruge con fuerza también al otro lado del charco; seguramente la gravedad y carácter llamativo del problema que describimos en la primera parte, lo tapen.
En España existe el espanglis desde la generalización de la aceptación de barbarismos y neologismos injustificados; sí, ya ha llovido, pero el proceso se ha acelerado desde mediados del siglo pasado. La invención del microchip, que sustituyó al transistor, revitalizó el ansia modernizante de finales del XIX. Así, no es nuevo el que nos "dé cosa" decir vínculo o enlace en lugar de link, o que hayamos convertido una sana tradición española de fin de semana al mediodía como el chateo, en un teclear indecente por la Red. Y ¡ojo! porque si la técnica -y últimamente la informática- tienen mucho que ver en la adopción permanente de barbarismos, no menos culpa tienen nuestras ganas de reconocimiento social, de ser considerados "a la última"... de ser cool (¡uy, perdón!).
Ese ansia de reconocimiento social por el lenguaje -que sería muy digno de estudio- ya lo apuntamos como base del espanglis de la comunidad hispanoamericana en los EE.UU., pero también lo sufrimos en España. Porque, por muy pesados que nos pongamos al teléfono y pacientes sean los teleoperadores, el soporte telefónico de una empresa no nos va a aguantar nada: sólo ha sido mal traducido del support inglés. Pasa igual con el tema, también tocado en este espacio, de la traducción de gender violence, que supongo muy lícito en inglés pero que en español nos remite a una especie de batalla de palabras (el género es una categoría gramatical).
El problema del dualismo neologismo/barbarismo, que yo vivo como "palabra de origen extranjero con legitimidad o sin ella para penetrar en el español", es el de siempre: deberían aceptarse como normales aquellos vocablos de otras lenguas que añadan algún tipo de matiz a la palabra que, en español, no se consiga si no con una enorme perífrasis o frase pseudoeterna. Así, ese soporte no es ni más ni menos que una ayuda. El problema de un casting, por ejemplo, es que no es una simple "prueba"; más bien sería una "prueba para un puesto relacionado con lo audiovisual, delante de la cámara o el público". Siendo honesto no se me ocurre una expresión española más corta y fidedigna.
Pase eso. Pero ¿qué hay de los que tienen una rápida y más o menos corta versión española?. Es el caso de la mayoría y de la fuente de espanglis que supone la informática, es el caso del email/correo electrónico, del link/enlace del inicio de este artículo, del mouse/ratón o del compact disc/disco compacto (algo obsoleto ya, sustituído por el acrónimo CD -¿por qué no DC?-). El problema ahí vuelve a ser el querer demostrar todo el inglés que sabemos y, también, no querer perder las décimas de segundo que separan email de correo electrónico.
La lástima de la inclusión de nuevas palabras para designar nuevas realidades, es que la labor de castellanización (si existe) es llevada a cabo por auténticos expertos -seguro-, pero en la materia en cuestión, no en lengua española. Como en todo, el sentido común nos da la clave. Utilicemos sólo los neologismos anglicistas que sepamos a ciencia cierta que no tienen una correspondencia cabal en español. Los inventos y avances hoy en día son tan corrientes y diarios que no será raro que el castellano no se actualice con la misma velocidad (sobre todo si, como por desgracia pasa, los adelantos no vienen del entorno latino).
Todo iba mejor cuando nosotros poníamos los nombres a los inventos o se hacía a nuestra manera. Dice más de la innovación que designa la palabra tele-visión que el vocablo chip (que, además, y entroncando con la polisemia endémica del diccionario inglés que denunciamos en otro artículo, significa tanto "pastilla de silicio" como "patata frita" -¿alguien lo entiende?-). Si, hoy, sabemos que la solución es sólo traducir literalmente el barbarismo y suena bien, o que hay una expresión, no igual, pero equivalente... hagámoslo. No nos dejemos vencer, haciendo ostentación de un inglés y despreciando una herramienta tan demoledora como el español.
Aquí recogeremos de manera amena pero rigurosa, anécdotas y opiniones, hechos y cosas relacionadas con la actualidad del mundo del español y el castellano en el mundo. Si hay una pequeña base de interés por parte del lector cada semana, el resto... lo pongo yo...
viernes, marzo 24, 2006
viernes, marzo 17, 2006
"Violencia..."
Si hay un tema que última y realmente trae de cabeza a los lingüistas, expertos y aficionados a la lengua castellana, ése es el de la mal llamada violencia de género. La Real Academia, integrada por gente que, generalmente, sabe mucho del tema, se ha hartado de publicar que, en español, el concepto al que se refiere esa mala y pervertida expresión, no se puede designar así.
Género, en español, jamás nombra y/o se refiere a personas. El género puede ser desde un tipo de mercancía a –materia de la confusión- una característica gramatical para designar la distinta condición de cosas o seres. Jamás ha de confundirse con el sexo humano. Un bumerán es de género masculino; un hombre, es de sexo masculino (y, sólo gramaticalmente, “de género masculino”). Un bumerán golpeando a un hombre es... una faena para el hombre. Es parecida la burrada de llamar “patas” a las piernas de un ser humano, con una diferencia: poéticamente, estilísticamente, si alguien es un poco asilvestrado, maleducado o garrulo, podemos tomarnos la licencia. En el caso del género-sexo, es una incorrección semántica de proporciones trascendentales.
Más allá de la justicia o injusticia de limitar toda la dimensión de un grave problema social sólo al paréntesis del despreciable machismo, no se puede llamar “violencia de género” a “algo” que se quiere definir como “agresiones basadas o referidas a/en la condición sexual de los intervinientes”. Según eso, son las palabras las que se maltratan entre ellas; es el mazo el que machaca a la flor; no Manuel a Lola.
Llamadlo “violencia de sexo”, que es la traducción al español de lo que intentáis utilizar; haced como en la mayor parte de Sudamérica, que dicen principalmente “violencia intrafamiliar”. Esa expresión, junto con otra de mis “alternativas favoritas”: “violencia doméstica”, no sólo dan una definición más lingüísticamente aceptable (y por lo tanto cultural, etimológica y lógicamente), sino que, además, extienden la descripción del problema social real a un ámbito más extenso y auténtico: el conjunto de la casa, en la que un miembro de la familia se cree con derecho de uso de la violencia física –por razones a explicar- sobre los otros.
Decimos “de género” por contaminación anglicista: en inglés, gender, ha venido a denominar el sexo de las personas (en este idioma sí). A pesar del origen latino e unívoco del vocablo (gender), varios expertos coinciden en que fue el comportamiento “purista” de ciertos sectores anglosajones los que convirtieron en tabú la palabra sex, sustituyéndola por su, en cierta rebuscada forma, equivalente gramatical. De ahí al cambio en el español actual… sólo un paso.
La errónea expresión ha saltado a la comidilla del foro público por -además de la actualidad informativa- la aprobación de un nuevo proyecto legislativo. ¿Y por qué el Gobierno del 14-M de 2004 mantiene la denominación de la ley, a pesar de la recomendación de la RAE de cambiarla por Ley integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo?. Para mi, la evidencia de una expresión muy radicada, bastante usada, por muy incorrecta e ilógica que sea, da la clave: el Gobierno, hoy actual, precisa de publicidad de su labor legislativa; necesita que su trabajo se conozca, y más en lo que se refiere a materias sociales o populares. Si la gente ya ha asociado la “violencia de género” a la tan en boga de defender “causa feminista”, se supone que la partida política está ganada. Grave error (de los votantes, no de los gobernantes que bien saben lo que hacen) el obviar a los niños y personas que quedan fuera de esa incorrecta e injustamente limitada definición del problema social real.
El género es sólo una categoría gramatical y si los gobernantes no lo dejan claro a su pueblo es porque prefieren unos votantes sin lenguaje; sin la perfección de un heredero del latín. La importancia que tiene en el pensamiento la perfección de un sistema lingüístico y la desidia en el uso y planes de estudio con evidentes y premeditadas carencias en el latín, nos darán la clave del éxito de determinadas políticas descerebradas del futuro.
Género, en español, jamás nombra y/o se refiere a personas. El género puede ser desde un tipo de mercancía a –materia de la confusión- una característica gramatical para designar la distinta condición de cosas o seres. Jamás ha de confundirse con el sexo humano. Un bumerán es de género masculino; un hombre, es de sexo masculino (y, sólo gramaticalmente, “de género masculino”). Un bumerán golpeando a un hombre es... una faena para el hombre. Es parecida la burrada de llamar “patas” a las piernas de un ser humano, con una diferencia: poéticamente, estilísticamente, si alguien es un poco asilvestrado, maleducado o garrulo, podemos tomarnos la licencia. En el caso del género-sexo, es una incorrección semántica de proporciones trascendentales.
Más allá de la justicia o injusticia de limitar toda la dimensión de un grave problema social sólo al paréntesis del despreciable machismo, no se puede llamar “violencia de género” a “algo” que se quiere definir como “agresiones basadas o referidas a/en la condición sexual de los intervinientes”. Según eso, son las palabras las que se maltratan entre ellas; es el mazo el que machaca a la flor; no Manuel a Lola.
Llamadlo “violencia de sexo”, que es la traducción al español de lo que intentáis utilizar; haced como en la mayor parte de Sudamérica, que dicen principalmente “violencia intrafamiliar”. Esa expresión, junto con otra de mis “alternativas favoritas”: “violencia doméstica”, no sólo dan una definición más lingüísticamente aceptable (y por lo tanto cultural, etimológica y lógicamente), sino que, además, extienden la descripción del problema social real a un ámbito más extenso y auténtico: el conjunto de la casa, en la que un miembro de la familia se cree con derecho de uso de la violencia física –por razones a explicar- sobre los otros.
Decimos “de género” por contaminación anglicista: en inglés, gender, ha venido a denominar el sexo de las personas (en este idioma sí). A pesar del origen latino e unívoco del vocablo (gender), varios expertos coinciden en que fue el comportamiento “purista” de ciertos sectores anglosajones los que convirtieron en tabú la palabra sex, sustituyéndola por su, en cierta rebuscada forma, equivalente gramatical. De ahí al cambio en el español actual… sólo un paso.
La errónea expresión ha saltado a la comidilla del foro público por -además de la actualidad informativa- la aprobación de un nuevo proyecto legislativo. ¿Y por qué el Gobierno del 14-M de 2004 mantiene la denominación de la ley, a pesar de la recomendación de la RAE de cambiarla por Ley integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo?. Para mi, la evidencia de una expresión muy radicada, bastante usada, por muy incorrecta e ilógica que sea, da la clave: el Gobierno, hoy actual, precisa de publicidad de su labor legislativa; necesita que su trabajo se conozca, y más en lo que se refiere a materias sociales o populares. Si la gente ya ha asociado la “violencia de género” a la tan en boga de defender “causa feminista”, se supone que la partida política está ganada. Grave error (de los votantes, no de los gobernantes que bien saben lo que hacen) el obviar a los niños y personas que quedan fuera de esa incorrecta e injustamente limitada definición del problema social real.
El género es sólo una categoría gramatical y si los gobernantes no lo dejan claro a su pueblo es porque prefieren unos votantes sin lenguaje; sin la perfección de un heredero del latín. La importancia que tiene en el pensamiento la perfección de un sistema lingüístico y la desidia en el uso y planes de estudio con evidentes y premeditadas carencias en el latín, nos darán la clave del éxito de determinadas políticas descerebradas del futuro.
viernes, marzo 10, 2006
Polisemia y homonimia
Hablamos de distinto fenómeno y de distintas características cuando nos referimos a la polisemia y a la homonimia. Hablamos también de distintos problemas.
De forma general se entiende que la polisemia supone la diversidad de significados de un mismo vocablo. Por el uso al cabo de los siglos, que conlleva asociaciones e invenciones, se le da a una palabra varios significados más del que tenía en origen. El ejemplo paradigmático en español de polisemia es el de banco. Proveniente de la voz germánica bank (que se ha mantenido intacta en idiomas como el inglés) designaba en inicio el asiento más o menos público que todos conocemos. De ahí, y debido al uso monetario y de prestamistas que se le comenzó a dar (al parecer las primeras transacciones se realizaban en los bancos públicos –o esa es la explicación etimológica más plausible-) el “banco” fue el mejor nombre encontrado para dar a los edificios en los que se establecieron los cambistas acomodados y sus corporaciones. Igual de poco clara y “por los pelos” es la explicación que podemos dar al origen de los “bancos de peces” o “de órganos”, o “de datos”: al igual que el conjunto de peces, la suma de donaciones orgánicas y el archivo más o menos informatizado, los bancos –a secas- eran, previamente, una suma de capitales privados, “muchos dineros juntos”, con lo que la asociación estaba hecha… Por qué no hablamos de “banco de niños” cuando nos referimos a las guarderías o “banco de gorrones” cuando denominamos al Parlamento Europeo… se nos escapa.
La identificación de la homonimia, en cambio, requiere de conocimientos etimológicos a aplicar en cada caso. Así sabremos que, al contrario, que las polisemias (palabras con varios significados), las homonimias designan a distintas palabras, sólo que se escriben igual y tienen distintos significados, claro… ¿y por qué son distintas palabras y las distintas acepciones de las polisémicas no lo son?. Ahí debería entrar nuestro saber etimológico. Es así, y las homonimias deberían tener entradas diferentes en los diccionarios, porque su origen es distinto. Mientras “banco” tiene el mismo origen germánico hablemos del tipo de banco que hablemos, el hinojo como hierba aromática proviene de distinto origen que el hinojo de la pierna, la rodilla. Uno es de la palabra latina fenuculum y la articulación de genuculum (al ver ese genu- hablando de “rodillas” podemos entender algo más lo de la “genuflexión”). Lo que sí que es cierto es que, en un fenómeno tan profuso como la homonimia en castellano, ha de darse, a lo largo de la Historia, el caos de la confusión popular para su creación. El hinojo/rodilla (que en algún momento fue yenojo), sería ahora llamado de otra forma si no fuese porque algunos paisanos comenzaron a derivar la pronunciación del hinojo/hierba hacia abajo del muslo. Si le duele el hinojo y lo echa al guiso, o le lleva al traumatólogo un ramito para que se lo mire… ya sabe que tiene excusa de confusión ante el loquero…
El caso sangrante es el de palabras como gato que aúnan polisemia y homonimia. El proveniente del cattus latino (que ha derivado en el animal y, por asociación metafórica popular, en el artilugio hidráulico, la persona hábil y rápida, la bolsa del dinero, la otra forma de llamar a los madrileños…) no tiene nada que ver con el gato alternativo del Perú, que proviene del quechua qhatu y que significó, como su actual descendiente español, “mercado”. Desconozco si hay gatos de gatos en Perú, pero no por qué la Academia separa en distinta entrada una voz derivada del “gato” original: el gato de Costa Rica y Nicaragua “persona que tiene los ojos verdes o azules”; claro ejemplo de polisemia que nuestra RAE convierte en homonimia; es adjetivo y lo demás, nombre.
De todas maneras la identificación de estos fenómenos no debe obsesionar al hablante del castellano actual. Peor lo tienen los ingleses, para quienes cada definición de diccionario es un continuo y virtuoso alarde de polisemia. El origen bárbaro, pleno de voces a duras penas articuladas, muchas de ellas –en el mejor de los casos- simples gritos o, peor, en época moderna, vocablos de poco imaginativos orígenes onomatopéyicos, hace de voces como snap una incógnita tras su uso, en todos los casos en los que la voz no esté correcta y completamente contextualizada. Porque nosotros podemos tener cierta confusión con un “banco” –aunque es muy difícil que se nos escape su sentido por liviano que sea el contexto- pero… ¿snap?. Si usan palabras como photograph o interval, su interlocutor les entenderá antes y mejor. Son de origen latino.
Más sobre la homonimia, aquí.
De forma general se entiende que la polisemia supone la diversidad de significados de un mismo vocablo. Por el uso al cabo de los siglos, que conlleva asociaciones e invenciones, se le da a una palabra varios significados más del que tenía en origen. El ejemplo paradigmático en español de polisemia es el de banco. Proveniente de la voz germánica bank (que se ha mantenido intacta en idiomas como el inglés) designaba en inicio el asiento más o menos público que todos conocemos. De ahí, y debido al uso monetario y de prestamistas que se le comenzó a dar (al parecer las primeras transacciones se realizaban en los bancos públicos –o esa es la explicación etimológica más plausible-) el “banco” fue el mejor nombre encontrado para dar a los edificios en los que se establecieron los cambistas acomodados y sus corporaciones. Igual de poco clara y “por los pelos” es la explicación que podemos dar al origen de los “bancos de peces” o “de órganos”, o “de datos”: al igual que el conjunto de peces, la suma de donaciones orgánicas y el archivo más o menos informatizado, los bancos –a secas- eran, previamente, una suma de capitales privados, “muchos dineros juntos”, con lo que la asociación estaba hecha… Por qué no hablamos de “banco de niños” cuando nos referimos a las guarderías o “banco de gorrones” cuando denominamos al Parlamento Europeo… se nos escapa.
La identificación de la homonimia, en cambio, requiere de conocimientos etimológicos a aplicar en cada caso. Así sabremos que, al contrario, que las polisemias (palabras con varios significados), las homonimias designan a distintas palabras, sólo que se escriben igual y tienen distintos significados, claro… ¿y por qué son distintas palabras y las distintas acepciones de las polisémicas no lo son?. Ahí debería entrar nuestro saber etimológico. Es así, y las homonimias deberían tener entradas diferentes en los diccionarios, porque su origen es distinto. Mientras “banco” tiene el mismo origen germánico hablemos del tipo de banco que hablemos, el hinojo como hierba aromática proviene de distinto origen que el hinojo de la pierna, la rodilla. Uno es de la palabra latina fenuculum y la articulación de genuculum (al ver ese genu- hablando de “rodillas” podemos entender algo más lo de la “genuflexión”). Lo que sí que es cierto es que, en un fenómeno tan profuso como la homonimia en castellano, ha de darse, a lo largo de la Historia, el caos de la confusión popular para su creación. El hinojo/rodilla (que en algún momento fue yenojo), sería ahora llamado de otra forma si no fuese porque algunos paisanos comenzaron a derivar la pronunciación del hinojo/hierba hacia abajo del muslo. Si le duele el hinojo y lo echa al guiso, o le lleva al traumatólogo un ramito para que se lo mire… ya sabe que tiene excusa de confusión ante el loquero…
El caso sangrante es el de palabras como gato que aúnan polisemia y homonimia. El proveniente del cattus latino (que ha derivado en el animal y, por asociación metafórica popular, en el artilugio hidráulico, la persona hábil y rápida, la bolsa del dinero, la otra forma de llamar a los madrileños…) no tiene nada que ver con el gato alternativo del Perú, que proviene del quechua qhatu y que significó, como su actual descendiente español, “mercado”. Desconozco si hay gatos de gatos en Perú, pero no por qué la Academia separa en distinta entrada una voz derivada del “gato” original: el gato de Costa Rica y Nicaragua “persona que tiene los ojos verdes o azules”; claro ejemplo de polisemia que nuestra RAE convierte en homonimia; es adjetivo y lo demás, nombre.
De todas maneras la identificación de estos fenómenos no debe obsesionar al hablante del castellano actual. Peor lo tienen los ingleses, para quienes cada definición de diccionario es un continuo y virtuoso alarde de polisemia. El origen bárbaro, pleno de voces a duras penas articuladas, muchas de ellas –en el mejor de los casos- simples gritos o, peor, en época moderna, vocablos de poco imaginativos orígenes onomatopéyicos, hace de voces como snap una incógnita tras su uso, en todos los casos en los que la voz no esté correcta y completamente contextualizada. Porque nosotros podemos tener cierta confusión con un “banco” –aunque es muy difícil que se nos escape su sentido por liviano que sea el contexto- pero… ¿snap?. Si usan palabras como photograph o interval, su interlocutor les entenderá antes y mejor. Son de origen latino.
Más sobre la homonimia, aquí.
viernes, marzo 03, 2006
Espanglis (I)
El problema del espanglis surge nada más plantearse tocar el tema: ¿cómo se escribe la palabra?. Unos se quedan con el original spanglish. El eminente lingüista, traductor y comunicador del español que es Xosé Castro prefiere la forma espanglish. A mi, que me gusta más la segunda que la primera y, a pesar de no ser académico, entiendo que si hemos de españolizar con una e epentética el inicio a la ese líquida, también lo hemos de hacer al final, quitándonos el engorro de la h del dígrafo sh (que tan bien pronunciaría, en cambio, Rajoy).
Bien, espanglis… y ahora… ¿qué es el espanglis?. Muy lejos de lo que la gente cree, el tema es serio, no sólo en su trascendencia, si no en su realidad patente. Es decir, no sólo afecta gravemente al habla española, si no que realmente existe como un fenómeno –que no “lengua”- que cada vez se extiende más. Podemos definirlo como el “uso de vocablos sajones adaptados a la fonía y costumbres lingüísticas del español del hablante, dentro de un discurso de base más o menos castellana”. De forma rápida, vemos dos espanglis diferenciados: el americano (usado con profusión por las clases bajas de Norteamérica, integradas enormemente por emigrantes hispanoamericanos y que se extiende también por el estamento medio del mismo origen, y de forma más general en los países sudamericanos con influencia mediática estadounidense) y el español (claro en España y que también se da en Iberoamérica).
Puede que el segundo sea más ingenuo y “menos avanzado” que el primero –del que desde luego es totalmente distinto-, pero no deja de tener también cierto interés, sobre todo porque aún estamos todos a tiempo de salvarnos si tomamos conciencia de ello. Para la segunda parte.
No debemos extrañarnos cuando oigamos a un boricua de Nueva York decir que va a subir al rufo(1) (espanglis para roof). Él mismo puede querer que le revisen las brecas(2) (de brakes) y vacunar(3) (de vacuum) antes de lonchear(4) (de lunch). Un colombiano de Los Ángeles puede pedir a su amigo que se la juegue frío(5) (de to play cool) si el repartidor de la pizza que han ordenado(6) (to order) se retrasa en deliberarla(7) (to deliver). Su amigo mientras se calentará algo frisado(8) (to freeze), teniendo cuidado al comerlo de que no se caiga nada y no manchar la carpeta(9) (carpet).
(1)Tejado, (2)frenos, (3)pasar la aspiradora, (4)almorzar, (5)tomárselo con calma, (6)encargar, (7)entregar,
(8)congelar y (9)alfombra le habrán pasado totalmente inadvertidos en el párrafo anterior si el lector no sabe inglés. Son ejemplos reales al cien por cien. Se puede aprender –no en el sentido etimológico, por favor- mucho del espanglis observándolo. En general se trata de vocablos ingleses “redondeados” con terminaciones típicamente españolas y con fonemas castellanizados o bien de expresiones literal y torpemente traducidas. El contexto de uso ya hemos dicho que es, generalmente, sobre una base de discurso español ¿por qué usar entonces vocablos en espanglis?. Normalmente el hablante de espanglis es una persona ávida de reconocimiento social, bien por ser recién llegado a los Estados Unidos, bien por pertenecer a colectivos marginales; el “alarde” del conocimiento del inglés, aun hablando español, parece ser visto como un medio para ese fin. Ni que decir tiene que en algún momento ese uso se hace inconsciente e impremeditado. Además es bien sabido que, debido a su origen, el inglés consta de vocablos más cortos y sencillos, cosa atractiva para la comunicación oral del día a día y el nivel cultural de la mayoría de hablantes de espanglis no pone mucha resistencia a ello.
Lo malo de esto, que deploran la mayoría de los académicos de uno y otro idioma, es que no perjudica por igual a las dos lenguas. Es el español y su hablante el que se degrada, pues imita con el espanglis palabras inglesas. Las voces anglosajonas siguen su camino mientras que el hablante castellano llega a dudar realmente si a una alfombra se la puede llamar “carpeta”. El imposible escape pasaría por campañas a gran escala de alfabetización, primero, y educación, después, que, como no se van a hacer, dejan el problema con una nula solución y como una transformación en una degradación del español de EE.UU. –creciente y en expansión, eso es cierto-. Concluyo reiterando que el espanglis no es una anécdota o excepción en EE.UU. Lo hablan millones de personas (lo que, dicho de paso, además de atención urgente, quizá merezca también una entrada en el diccionario).
En la península, Baleares, Canarias y Ceuta y Melilla también hay espanglis. Cierto es que está más próximo de los últimamente habituales préstamos y anglicismos, pero también tiene componente y razones sociales. Pero de la mojigatería de los links y los chateos hablaremos en próxima ocasión.
Bien, espanglis… y ahora… ¿qué es el espanglis?. Muy lejos de lo que la gente cree, el tema es serio, no sólo en su trascendencia, si no en su realidad patente. Es decir, no sólo afecta gravemente al habla española, si no que realmente existe como un fenómeno –que no “lengua”- que cada vez se extiende más. Podemos definirlo como el “uso de vocablos sajones adaptados a la fonía y costumbres lingüísticas del español del hablante, dentro de un discurso de base más o menos castellana”. De forma rápida, vemos dos espanglis diferenciados: el americano (usado con profusión por las clases bajas de Norteamérica, integradas enormemente por emigrantes hispanoamericanos y que se extiende también por el estamento medio del mismo origen, y de forma más general en los países sudamericanos con influencia mediática estadounidense) y el español (claro en España y que también se da en Iberoamérica).
Puede que el segundo sea más ingenuo y “menos avanzado” que el primero –del que desde luego es totalmente distinto-, pero no deja de tener también cierto interés, sobre todo porque aún estamos todos a tiempo de salvarnos si tomamos conciencia de ello. Para la segunda parte.
No debemos extrañarnos cuando oigamos a un boricua de Nueva York decir que va a subir al rufo(1) (espanglis para roof). Él mismo puede querer que le revisen las brecas(2) (de brakes) y vacunar(3) (de vacuum) antes de lonchear(4) (de lunch). Un colombiano de Los Ángeles puede pedir a su amigo que se la juegue frío(5) (de to play cool) si el repartidor de la pizza que han ordenado(6) (to order) se retrasa en deliberarla(7) (to deliver). Su amigo mientras se calentará algo frisado(8) (to freeze), teniendo cuidado al comerlo de que no se caiga nada y no manchar la carpeta(9) (carpet).
(1)Tejado, (2)frenos, (3)pasar la aspiradora, (4)almorzar, (5)tomárselo con calma, (6)encargar, (7)entregar,
(8)congelar y (9)alfombra le habrán pasado totalmente inadvertidos en el párrafo anterior si el lector no sabe inglés. Son ejemplos reales al cien por cien. Se puede aprender –no en el sentido etimológico, por favor- mucho del espanglis observándolo. En general se trata de vocablos ingleses “redondeados” con terminaciones típicamente españolas y con fonemas castellanizados o bien de expresiones literal y torpemente traducidas. El contexto de uso ya hemos dicho que es, generalmente, sobre una base de discurso español ¿por qué usar entonces vocablos en espanglis?. Normalmente el hablante de espanglis es una persona ávida de reconocimiento social, bien por ser recién llegado a los Estados Unidos, bien por pertenecer a colectivos marginales; el “alarde” del conocimiento del inglés, aun hablando español, parece ser visto como un medio para ese fin. Ni que decir tiene que en algún momento ese uso se hace inconsciente e impremeditado. Además es bien sabido que, debido a su origen, el inglés consta de vocablos más cortos y sencillos, cosa atractiva para la comunicación oral del día a día y el nivel cultural de la mayoría de hablantes de espanglis no pone mucha resistencia a ello.
Lo malo de esto, que deploran la mayoría de los académicos de uno y otro idioma, es que no perjudica por igual a las dos lenguas. Es el español y su hablante el que se degrada, pues imita con el espanglis palabras inglesas. Las voces anglosajonas siguen su camino mientras que el hablante castellano llega a dudar realmente si a una alfombra se la puede llamar “carpeta”. El imposible escape pasaría por campañas a gran escala de alfabetización, primero, y educación, después, que, como no se van a hacer, dejan el problema con una nula solución y como una transformación en una degradación del español de EE.UU. –creciente y en expansión, eso es cierto-. Concluyo reiterando que el espanglis no es una anécdota o excepción en EE.UU. Lo hablan millones de personas (lo que, dicho de paso, además de atención urgente, quizá merezca también una entrada en el diccionario).
En la península, Baleares, Canarias y Ceuta y Melilla también hay espanglis. Cierto es que está más próximo de los últimamente habituales préstamos y anglicismos, pero también tiene componente y razones sociales. Pero de la mojigatería de los links y los chateos hablaremos en próxima ocasión.
Etiquetas:
Cultura y lengua hispánicas,
Hablar bien
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